sábado, 16 de noviembre de 2013

El no-lugar de Adolfo Couve: notas para su rastreo en el canon literario chileno por Loreto Casanueva Reyes -Univ. de Chile-



(fragmento)



La presencia del ausente es la peor de todas.

Adolfo Couve, El picadero



I



Adolfo Couve fue un escritor y pintor chileno tan alabado como poco leído y objetado.
Atendiendo a sus relatos, su estilo narrativo, la resistencia de ellos a calzar en una categoría
genérica determinada y la “soledad” de su narrador dentro del panorama literario de su época,
incomodaron (y aún incomodan) a la historiografía literaria de corte “archivístico”.
 Esta incomodidad trasciende la disciplina, instalándose tanto en la recepción de su obra como en la crítica en torno a ella y, con ello, relegando su producción a márgenes o intersticios del canon literario chileno, “dentro de un claroscuro asfixiante” (Couve, Narrativa completa,“Alamiro”). 


Para Leonidas Morales, Couve ha sido –injustamente– considerado como una “figura impertinente”en ese espacio de recepción, Gonzalo Díaz lo califica de “outsider” ,mientras
que Ignacio Valente afirma que “nada semejante a Couve se encuentra en la narrativa de su generación” (s.p.). En esa misma dirección, Adriana Valdés declara que “la inquietante obra de Couve resiste la simplificación de las clasificaciones, hace pedazos algunas certezas y generalizaciones, invita a una reflexión abierta” (“Adolfo Couve” ). Aceptando esa invitación, el presente trabajo se plantea como una suerte de rastreo del lugar (o no-lugar) de Couve dentro de los discursos historiográfico-literarios y críticos del circuito chileno, para tentar una respuesta del porqué de su presencia (parcial o total) u omisión en ellos. Con ese fin, no solo se recurrirán a parte de esos discursos, sino también a la poética de Couve y a sus propias consideraciones en
torno a su obra literaria. 



II

Si se quieren tentar respuestas a la problemática planteada,
 es prácticamente ineludible comenzar a buscarlas por las vías tradicionales: las positivistas nociones de “género” y “generación”, cuyo sustento biográfico-cronológico data de los siglos XV y XVI europeos, y que aún pesa –con 
algunos matices– en las historiografías literarias de las últimas décadas. Este tipo de
historiografía archivística está conformada, según Rodríguez Cascante, por “baúles [que] se
llenan y se vacían con rostros determinados por sus fechas de nacimiento”. De ahí que esta
orientación se alíe con una visión “naturalizante” de la historia literaria, determinada por períodos
de nacimiento, crecimiento y declive. Estas nociones entroncan, en algunos casos, con un método
selectivo-interpretativo, caracterizado por la valoración crítica de las obras y su interpretación a nivel inter y extra-textual. Los manuales e historias de la literatura chilena se mueven entre esos dos polos, combinándolos a veces. El examen de la obra de Couve se ha hecho mayoritariamente
–como veremos– desde una orientación biografista, integrándola forzosamente a una generación que no se ajusta a su medida, mientras que su valoración crítica ha sido más bien somera e ingenua: en muchas ocasiones se le ha tildado de “incomprendido”, al parecer, por mera comodidad de la órbita de recepción de su narrativa. En su fondo –y en su superficie también– la obra couveana contiene muchas piezas que han de comprenderse a partir de los mundos narrativos ambivalentes propuestos en ella, en la medida en que son autónomos y, a la vez, dependientes de referentes provenientes, especialmente, de la esfera de la pintura y la plástica.

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