jueves, 2 de marzo de 2017

Adolfo Couve y la belleza de lo fome, por Daniel Hopenhayn.



En Nueva York, según contaba, tenía una promisoria carrera de pintor por delante. “Pero como yo no puedo ganar; entonces me dio lata y me volví. No me gustó ese éxito, porque te acerca a la muerte. ¿Por qué? Porque te saltas el entremedio. Lo maravilloso en la vida es tener una gran aspiración, pero si desaparece el entremedio, te encuentras con la muerte altiro”

“Es de muy mal gusto para un artista entrar en la vejez. Un pintor de cincuenta años sentado delante de un caballete pintando un paisaje es un espectáculo horripilante”, decía Adolfo Couve (1940-1998) a los 53 años. La cita resume su obsesión por el buen gusto y su terror al envejecimiento, al desgaste, a la grandeza reducida a poca cosa. “Tengo una angustia y hasta mirar el mar me cuesta, porque la naturaleza me duele. Un gran panorama duele, no lo puedo mirar mucho. Porque inmediatamente sabes que tienen un fin, que te estás despidiendo de eso”.

Son algunas de las citas que entrelaza “La tercera mano”, libro publicado hace unos meses por Alquimia Ediciones que compila extractos de entrevistas a Couve, similar a los que la misma editorial había publicado de Nicanor Parra (“Chanchullos”) y Gonzalo Millán (“La poesía no es personal”). Un inventario de declaraciones que, agrupadas por temas y no por cronología, permiten seguir la pista a la minuciosa trama en la que Couve intentó ubicar cada una de sus fijaciones y contradicciones: la pintura y la escritura, la luz y la sombra, América y Europa, Chile y Cartagena, la belleza y la muerte, lo que deja huella y lo que no.

“Me molesta mucho hablar de mí, ocupar el verbo yo”, dice la cita que abre el libro, y es seguro que Couve se está refiriendo a sus novelas. Fuera de ellas no le resultaba especialmente molesto –y “La tercera mano” así lo confirma–, aunque nunca para ventilar intimidades sino para explicar su travesía como artista, condición que se atribuía de nacimiento (“nací mareado”) y que en su caso era sinónimo de “realista”. El realismo implacable, casi despótico, que adoptó como única fe posible ante esa conciencia de ser “casi nada” que le hacía tan difícil completar el día: de puro sentimental, reprimir sus sentimientos para poder “traducir sin traicionar” la belleza que tenía enfrente, tan próxima a esfumarse.

Traducir, no reinventar. Enemigo de la imaginación y de la anécdota extravagante, alérgico al surrealismo y al realismo mágico (“el que le pone apellido es porque no se la puede con el realismo”), Couve se quiso curar de la muerte ganándole no en inventiva, sino en rigor. “El problema del realista es que es muy agnóstico, muy escéptico y muy amante de la vida al mismo tiempo. Entonces tiene que encontrar una fe… de eso se trata”. Como dijo muchas veces, esa fe era el arte y la religión de esa fe, la belleza. Suena empalagoso, pero no. No es la belleza del esplendor o de lo reluciente, sino una mucho más áspera y modesta que sólo emerge ahí donde el tiempo ha hecho su cotidiano trabajo. Si Baudelaire habló de incorporar al canon de la belleza la fugacidad de lo mundano, el centelleo de la modernidad que pasa al vuelo, podríamos decir que a Couve le interesaba el sedimento posterior que cuaja cuando la modernidad ya mira para otro lado. “La economía que hago es para que salga una cosa fome, porque lo fome para mí es lo entretenido. Está todo saturado de entretención. Veo una película entretenida y altiro me aburro, pero si aparece por ejemplo una persona de clase media preparando sánguches en la televisión, ahí me enchufo. Donde no pasa nada, pasa todo”.

***

Antonio Machado había dicho que el poeta es un pescador de peces que puedan vivir después de pescados: sacar del tiempo lo que ocurre en el tiempo para que sobreviva. La noción moderna de la obra de arte que el siglo XX, desde las primeras vanguardias pero sobre todo en su segunda mitad, vino a reemplazar por la simbiosis más etérea donde vida y arte serían parte del mismo flujo, o de la misma performance. Couve, que quizás sólo compartía con Machado una profunda indiferencia por las vanguardias de sus respectivas épocas, creía en esos pescados vivos con palabras muy similares: “ecuaciones de perfección” a las que el realista se afirma “para poder creer en algo y para poder rescatar del tiempo lo que les sucede a las personas con el tiempo […] Eso es lo que vemos en ´Las meninas’, el intento por sacar del tiempo a esas niñitas”.

Lo difícil es saber si Couve logró creer en sus propias Meninas más que en ser un Velázquez ya imposible, que se sacrifica por una religión en crisis y paga en este mundo el costo de no traicionarla jamás. “Yo creo que lo único importante es no coger el camino fácil, a pesar de que por eso uno caiga a la cama y lo vea todo negro. Aunque la exigencia sea enorme, uno tiene que hacerle siempre el empeño a eso que le queda grande”. Aunque la exigencia sea enorme, y aunque asumirla lo obligara a buscar constantemente una posición frente al éxito y el fracaso en la que pudiera acomodarse. Sus elucubraciones al respecto fueron insistentes. “No me habría costado nada ser un gran pintor, pero me habría transformado en un gran mediocre con éxito”, podía explicar vanidoso, pero también pasar por confesional: “Todo mi trabajo durante toda mi vida ha sido descalificado. Así que cuando a mí me califican bien yo me sonrojo”. Por eso aseguraba admirar, incluso más que a Leonardo o Miguel Ángel, a quienes no pretenden nada: “Lo que no dejó huella es lo que más deja huella en mí”. Quizás una fórmula más exacta hubiera sido “lo que sí dejó una huella, pero no pudo dejar más que eso”. Él mismo lo deja entrever en este curioso apunte historiográfico: “Me gustan los perdedores o, más bien, los perdedores-ganadores. Y a Almagro le creo, así como no le creo nada a Pedro de Valdivia […] Almagro trae la poesía a Chile. Él debiera estar en la Plaza de Armas, porque él fue el visionario. Y le fue mal”.

Detrás de esas jugadas de ataque y repliegue que Couve ejecuta con su tercera mano, al lector de este libro le resulta natural preguntarse si su realismo nacía de una devoción por la realidad o de una constante huída de ella, aunque probablemente se trate de la necesidad de conjugar ambas cosas, de mantener despejado el camino que permite ir de una a la otra. Así describía sus años de infancia en la avenida Brasil: “Un día me propuse no mentir más porque yo era lo más mentiroso que te puedas imaginar, para poder sobrevivir. Entonces qué pasa: que cuando llegaba del colegio en la tarde, lo que yo buscaba era la posibilidad de no estar en la vida y eso era largarme a la vereda. Yo salía para afuera y me iba para donde unos amigos en la esquina, donde la vieja que tomaba trago y a la casa de la otra que era separada y trabajaba en la Lan. Todo un grupo de gente marginal que no me correspondía, pero yo desde chico tuve que estar en una vida que no fuera la vida”.

Después de egresar del colegio San Ignacio de Alonso Ovalle, Adolfo Couve estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile y luego en París y Nueva York, donde, según contaba, tenía una promisoria carrera de pintor por delante. “Pero como yo no puedo ganar, entonces me dio lata y me volví. No me gustó ese éxito, porque te acerca a la muerte. ¿Por qué? Porque te saltas el entremedio. Lo maravilloso en la vida es tener una gran aspiración, pero si desaparece el entremedio, te encuentras con la muerte altiro”. Más tarde, en los años 80, decidió ir a buscar la vida real radicándose en Cartagena, a modo de huir de Chile pero no de su tierra ni de su sueño de encontrar lo universal en lo local, así como de trasplantar el antipático rigor francés a la experiencia más sutil y contradictoria de vivir en América. En esa Cartagena blindada por su pobreza, vivió haciéndole empeño a eso que a uno le queda grande y se quitó la vida el 11 de marzo de 1998. “Soy muy valiente y le tengo miedo a todo”.

The Clinic, 26 de mayo de 2016.

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