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viernes, 25 de septiembre de 2015

"La Ronda Nocturna" por Adolfo Couve





    LA LUZ

  Hace unos meses, un desconocido que recorría el Rljksmuseum de Amsterdam apuñaló con saña esta tela dañándola seriamente. Luego se entregó a la policía. Hoy la obra maestra del claroscuro se exhibe otra vez al público prolijamente restaurada. 
   Este hecho, lleno de significado, obliga a meditar en la atracción desmedida que ejercen algunas obras de arte en ciertas personas y, asimismo, en el rechazo profundo que las mismas les provocan al ver quizás en ellas retratada la propia conciencia, y expuestos a la vista de cualquiera, secretos del alma. cuya delación les resulta intolerable. 
  Curiosa facultad la del artista que, a través de una búsqueda intuitiva, logra la belleza en obras resueltas, en formas plenas que a unos encantan y a otros hacen perder la razón. Estos últimos, más lúcidos tal vez que el resto, reaccionan con inusitada violencia al ver ante sí reproducido el espectáculo mismo de la creación. Sobre todo, si se trata de una obra magistral como ésta de Rembrandt en que el pintor holandés ha plasmado la eterna dualidad entre la luz y las tinieblas, asunto que preocupara a tantos artistas ilustres como Milton, Leonardo, Masaccio, Durero, Turner, Georges de La Tour o al último de los trovadores, el Dante, obligado a alternar entre Infierno y Paraíso.
 "La Ronda Nocturna" es la representación más lograda de este antagonismo, y en ella la luz se deja caer con toda su violencia sobre la poderosa sombra, disputándose ambas a un grupo de arcabuceros que pierden su corporeidad de la noche a la mañana, se arrebatan a ese puñado de personajes a los que les es imposible mostrar los ricos paños de sus uniformes, la consistencia de sus armas, el lugar donde se encuentran e incluso el rostro que poseen, ya que la luz enceguecedora no respeta ni las calidades del vestuario, corroyendo la materia, violando las formas, abriéndolas, perdiendo lugar en ellas al entregarlas al dominio de las sombras que quieren poseerlas. Sólo pueden oponer resistencia al poder del claroscuro los metales, que devuelven destellos cuando la luz los alcanza. En esta obra no sólo se pierden un tanto las formas, sino también los colores, y todo lo que no pertenece al dominio de las sombras adquiere un tono dorado, un color local homogéneo. 
   No obstante, la Ronda Nocturna de Rembrandt, no deja de ser un todo coherente al abordar tan sólo uno de los problemas del oficio de la pintura, como es éste del claroscuro. Desde el punto de vista estrictamente plástico, es de una realización impecable. Este ejercicio del claroscuro está sustentado en una extensa media tinta, base sobre la que ha elaborado Rembrandt un sinnúmero de sombras y de transparencias sin densidad, para dar a las luces finales grandes empastes y texturas que las destacan. A las sombras, por el contrario, las hunde en el fondo de la tela. Los pasajes y pantallas que muestra la obra son magistrares, y así, por medio de formas abiertas, logra la unidad de esta composición.
    También ha querido simbolizar alegóricamente a la luz y a la sobra, las que si se observan, encarnan los dos personajes centrales: aquel vestido de negro que vemos en primer plano representa a la una, y el que le acompaña y empuña el espontón corto, a la otra. 
  Ha mantenido Rembrandt, a pesar de la audacia que le significó colocar a sus personajes inmersos en la inestabilidad del claroscuro, los gestos hieráticos que contribuyen a dar intemporalidad a la forma, condición de lo bello. Por esto, el capitán que posa al centro acciona de manera inoperante, y su ademán como el del Marco Aurelio del Campidoglio, no corrersponde a ningún movimiento trivial e intrascendente. A quien está dirigido no conmueve, ya que el teniente, el segundo personaje importante, no le atiende, absorto en su propia actitud que a su vez lo inmoviliza. Quien ha hecho una demostración sublime de estos ademanes, al parecer inútiles, es Leonardo en La Última Cena, en la que los apóstoles gesticulan sin comunicarse entre sí, preocupados sólo de lograr la armonía. 
  Los gestos sin posibilidad de cambio que se advierten en Rembrandt elevan a este gran artista por sobre los maestros barrocos holandeses de su tiempo. Las actitudes en Vermeer de Delft, por ejemplo, son de tipo cotidiano, no logrando éste pintar sino escenas de la vida diaria, testimonios de las costumbres y hábitos de una época. 
  Por el contrario, jamás en Rembrandt hallaremos un solo gesto que no responda a una intención superior, a una voluntad de atemporalidad que busca en sus obras. De allí que la mayoría de sus temas sean bíblicos y no costumbristas, como lo son los de los pintores Ter Borch, Pieter de Hooch, Jan Steen o  Franz Hals. Y cuando se trate de encargos, retratos Individuales o colectivos, desestimará el interés del cliente para utilizar los modelos, como en el caso de la Ronda, de pretexto para resolver la realidad de un problema plástico. Debido a esto, el maestro descuidó en esta obra la jerarquía de los personajes, y ellos, al encontrarse mal situados, la objetaron. Había costado 1.600 florines: por lo tanto, cada uno de los representados ahí debió pagar alrededor de 90, cantidad exigua para la época.
   "La Ronda Nocturna" marca el fin del apogeo de Rembrandt. Este fracaso le significó la pérdida de su prestigio. Más tarde, arruinado, solo e incomprendido, iniciará el camino sin retorno hacia la luz que encandila. Para enseñarnos ésta transformación interior nos lega una numerosa colección de autorretratos patéticos, mordaces, irónicos, en que nos advierte que se ha convertido en un mendigo voluntario.
   El tema, los arcabuceros al mando de Cocq saliendo del cuartel para iniciar una ronda, es eminentemente realista, como en muchas de las obras del pintor, pero, como su interés radica en el problema lumínico, éste sublima en la tela ese carácter y lo transforma. Por ello, el cuadro del buey desollado, tratado por un maestro de la escuela realista propiamente tal, no adiestrado en el problema del claroscuro, nos resultaría insoportable. La luz transforma a la res y espiritualiza el tema. Asimismo, si observamos la niña que, en la Ronda Nocturna, cruza tras el primer plano de arcabuceros, veremos que lleva un gallo muerto atado a la cintura, detalle que adquiere otro sentido al recibir, como el vestido de su dueña, una iluminación dorada que hace homogéneos a ambos objetos y los enciende.
   A pesar de lo estático de sus obras, Rembrandt sabía que al abordar el problema del claroscuro incursionaba en el del tiempo. Es a la pintura de un maestro de la misma escuela, a un paisaje de Vermeer de Delft, adonde acude Marcel Proust en reiteradas ocasiones para meditar sobre lo transitorio e irrecuperable de la condición humana. Se entiende esta afinidad del novelista francés con el autor de La Dama del Cavicémbalo, ya que a ambos les interesaba la recuperación del detalle, de los pequeños actos, trascendentes en cuanto a perdidos. 
  Rembrandt. por el contrario, lleno de violencia y desasosiego, enfrenta el tiempo presente, la luz del momento. Es a ésta a la que inmoviliza, y así, exento de melancólicos recuerdos, se adentra en la acción de la luz en el caos. Su averiguación es arriesgada, y en "La Ronda" acciona y promueve una energía que hace a la materia transformarse, cediendo las sombras ante su avance. El secreto de la vida se cierne sobre esta pintura magistral y sus personajes, sustentados por aquello que la otorga y la quita, la energía y la muerte, no caen en el desgaste al refugiarse en ademanes Inmóviles donde la síntesis, la economía de medios, la exactitud y amabilidad de las formas, la composición perfecta, vuelven a esta experiencia de vida en indiscutible obra de arte. Digo "la amabilidad de las formas”, ya que este cuadro podría caer por ello en lo anecdótico, en lo Ilustrativo, fenómeno que suele sucederle a toda obra maestra por no distorsionar y alejarse de la armonía, de lo natural, como ha ocurrido con el expresionismo irrespetuoso, gratuitamente agresivo de los últimos tiempos. 
   Cuanto artista menor que hoy se refugia en técnicas forzadas y busca ir más allá de los modelos de la creación, debiera meditar cuidadosamente en la lección, por ahora interrumpida, de algunos grandes maestros del siglo de Rembrandt, como Velázquez, Caravagglo, Poussin, Rubens, Bernini y otros. La madurez del barroco no ha sido aprovechada. Abiertos están los caminos del realismo de Velázquez y del claroscuro de Rembrandt, como tantos más. 
  Al comienzo intentaba explicar la actitud que había tenido un visitante frente a este cuadro y la agresión de que fue objeto la obra. No se justifica de ninguna manera un arrebato semejante. Pero creo, en todo caso, que la indiferencia o la falsa interpretación de una pintura es casi peor.


  LOS PERSONAJES DEL CUADRO 

  El tema deja obra es la salida de la Compañía de Tiradores de Amsterdam a través de las puertas de la ciudad para ir al encuentro de la Reina de Francia, María de Médicis. Entre arcabuceros, jóvenes, damas de honor, sargentos, alabarderos, alféreces, abanderados, escuderos, lanceros, cómicos, tamborileros, mosqueteros, guardias de corps. y otros, se cuentan más de treinra personajes, incluyendo, desde luego, a las dos figuras centrales, el capitán Cocq y el teniente Willemn van Ruytenburch, y al perro. 
  La tela, originariamente, fue más grande y tal vez contenía otras figuras, pero por desgracia, después de las guerras con España, al decaer la Sociedad de Tiradores y pasar el cuadro a manos del Ayuntamiento, sufrió mutilaciones en los extremos y la parte inferior.
  En el primer capítulo hemos visto Incidir la luz (el personaje invisible del cuadro) sobre el grupo de arcabuceros, mostrando como ellos le sirven sólo de pretexto. En este capítulo es necesario invertir el punto de vista e intentar ver la obra a partir de los personajes, aun cuando el problema del claroscuro es el tema mismo, y la subordinación de las figuras a éste es completa. 
  Sin embargo, podemos recorrer los personajes uno a uno y ver de que manera cada cual participa y contribuye, ya sea por medio del color o de la forma, a lograr ese gran movimiento estático­-escénico, inmaterial, que es la Ronda de Rembrandt. Digo el color y la forma, ya que estos elementos primordiales de la pintura son aquí también relevantes, aun cuando el primero pierde un tanto su intensidad por la sobrexposición a que se lo ha sometido, y el segundo, la forma, es un tanto abierta, no guardando los contornos originales, obligada a fundirse—ya sea en las zonas Iluminadas o en las paredes oscuras— con formas vecinas, lo que da como resultado otras nuevas, de imprevisibles contornos.
    La figura central, el capitán Cocq, señor de Purmelant e Ilpendam, viste de negro, y en la insustancialidad de ese color flota una gorguera blanca, aislada, con mucho empaste que, como el puño, la mano que ordena, y el rostro, contrasta con el sombrero y el traje. Ambos detalles hacen perder el contorno a esta figura, la que continúa en el muchacho que corre detrás con la trompeta, y en los arcabuceros que tiene a sus espaldas. Tercia una banda roja sobre el pecho para no hacer tan rotundo el contraste del blanco del cuello y el negro del traje. El gesto hierático de la mano Iluminada determina una actitud corporal estética, en tanto que la otra descansa en un bastón de mando que colabora a establecer los ritmos de la composición. La figura se sostiene en la parte inferior por el vano iluminado que vemos entre las piernas, trayendo el fondo a primer plano. Este capitán simboliza a la sombra. 
   La segunda figura importante es el teniente Willen van Ruytenburch, señor de Vlaerdinger, quien aparece recibiendo indicaciones del capitán. Viste un llamativo traje amarillo, muy empastado, en donde no sólo se ve representada la luz, sino que también el volumen. La figura del capitán es, por el contrario, plana. La mano enguantada del teniente empuña un espontón corto donde la luz encuentra resistencia y queda subordinada al acero. Detalle de hermosa solución de contraste y escorzo. 
  Es curioso que el tratamiento del teniente sea en todo antagónico al del capitán, lo que sucede también con los vanos de entre las piernas. Mientras el capitán se construye con la luz de éste, en el caso del teniente el vano es oscuro, destacándose iluminada una de las botas y la otra fundida en las sombras que se extienden hacia atrás. 
   El otro personaje que envuelve la luz es la niña, dama de honor que lleva un vaso y un gallo atado al cinto, símbolo heráldico de Cocq. Figura que a pesar de estar en tercer plano, acude al primero, contribuyendo a la bidimensionalidad de la tela, aun cuando este cuadro es absolutamente tridimensional y atmosférico. 
  También sobresale, al Igual que el capitán, el sargento Kemp, al extremo derecho del cuadro. Es quien aparece detrás del tamborilero, con la pica al hombro. El tambor hace un fuerte contraste de volumen a este personaje plano, y la actitud del que lo toca devuelve la atención del espectador hacia el centro de la obra.
   El resto de los soldados configura una extensa mediatinta que sustenta la concavidad de las sombras y los empastes de las luces.
   Destacan los dos tiradores de rojo, el que se inclina detrás del tentente para soplar la pólvora, y el de la izquierda que camina cargando su mosquete. Entre este último y el capitán, sobre la muchacha, se yergue la figura del alférez Jan Visscher Cornelisz enarbolando la bandera. Rembrandt usa en él colores fríos, para contrapesar en él la gran profusión de cálidos. La actitud del abanderado, con la mano en la cintura, es típica de la escuela holandesa del s. XVII. A su lado aparece un escudero con casco. 
  Siempre los metales ­ el pintor era un gran coleccionista de armas y objetos preciosos ­ detienen la acción devastadora de la luz, la que realza el trabajo de orfebrería que en ese tiempo tenían los cascos, corazas y petos. A continuación, y sobre el sombrero de fieltro de anchas alas del capitán, se observa un extraño personaje con chistera, gracioso que divierte a esta compañía de arcabuceros. No olvidemos que estos militares eran simples ciudadanos, burgueses que prestaban servicio voluntario y se complacían en portar armas y vestir vistosos uniformes en ocasiones como la representada. Este personaje está resuelto con gran economía de medios y es una lección de síntesis. Sobre el perfecto equilibrio de luz y mediatinta del rostro, el pintor ha puesto de manera precisa la mancha oscura de los ojos. Es un rostro patético, plásticamente muy bien logrado. Hace recordar a Goya y a los pintores románticos. 
  Para finalizar, el perro que ladra al tamborilero se confunde con el color local de la acera y está construido tan sólo por las líneas del lomo que se contrasta con el negro que envuelve al sargento. El resto de su cuerpo se vuelve ingrávido, como el de un fantasma. 
    La luz resalta yelmos, alabardas, escudos, cascos, birretes, carabina, ricos paños, atuendos, antiguos trajes y armas que el pintor coleccionaba. 
  También se ha querido descubrir al propio autor entre los rostros del segundo plano, aquéllos menos importantes. 
  Después de la reciente limpieza a que ha sido sometido el cuadro, se sostiene que no se trataría propiamente de una Ronda Nocturna alumbrada por antorchas, sino de un desfile de arcabuceros que van saliendo del cuartel en pleno día. Especulaciones ociosas como ésta demuestran cuan lejos están ciertas personas que analizan obras de arte, de comprender su verdadero sentido, ya que este cambio de horario no altera la intención de la obra. 
  También se declara que este cuadro, por su gran despliegue escénico y alboroto de los tiradores que parecen estar ordenándose para iniciar el desfile, superaría la rigidez de los cuadros colectivos anteriores, contribuyendo así a “movimiento” en la pintura. El movimiento de un cuadro es siempre aparente, ya que las formas, por dinámicas que se muestren, deben resolverse en la quietud de la intemporalidad. Esta contradicción, este misterio, este intento de detener, al menos fugazmente, el tiempo, es lo que hace al arte ajeno a los fenómenos transitorios. Hablar de "movimiento” dando a entender que los arcabuceros se desplazan por la tela, es tener un sentido literario de la pintura y un desconocimiento profundo del oficio. Nada se mueve en una gran tela, nada se cae. 
   Claro que estas confusiones se deben en parte a la libertad e imaginación con que está concebido este gigantesco retrato colectivo. Comparado con los de su época nos resulta una verdadera ópera por su amenidad, por los ademanes y actitudes de sus personajes. Cada rostro es un retrato sobresaliente, cada gesto está cargado de teatralidad. Y cuando nos familiarizamos con la escena, con estos arcabuceros que poco a poco se van ordenando en una composición magistral dentro de un aparente caos. emerge el real protagonista, la luz que esfuma, disuelve, desmaterializa y arrebata a tan decididos personajes para mostramos por sobre ellos su formidable consistencia, su inmenso poder.


CONCLUSIÓN

   La mayoría de los pintores barrocos, exceptuando a los de la escuela francesa, conmovidos por la lección y el legado de Da Vinci de iluminar aisladamente los volúmenes en un espacio que emula al infinito, distribuyeron dentro de la superficie de la tela varios puntos de interés. Así, el Renacimiento, después de dos siglos de investigaciones y descubrimientos. permitió al hombre continuar en la conquista interior y exterior del secreto de la existencia. En el siglo del barroco pudo encontrar la solución a sus aspiraciones el gótico, que se vio interrumpido a fines del siglo XIV. 
  Ya no es catedral medieval la que aspira a las estrellas. Es ahora, entre otras manifestaciones importantes, la pintura de Rembrandt, la que calca en una superficie la geografía del cielo. Los puntos luminosos aislados de la tela representan a los del firmamento. y entrecerrando los ojos vemos galaxias radiantes, polvo de estrellas, abismos, energía, sonoridad, formas que engendran otras nuevas, sombras que invaden, sombras que retroceden, zonas frías y lejanas, otras cada vez más incandescentes que derrotan, y se muestran palpitantes o serenamente iluminadas.
    El firmamento, el infinito que no colinda, la ambición de luz que ciega a Milton y deja fuera de sus dominios a Virgilio, que arrebata a Elías y envía a Ezequiel, trastorna a Rembrandt, desciende hasta la Ronda Nocturna y en ella reproduce lo que sucede en todo lo que vive y muere.



(Suplemento Cultural El Mercurio, Santiago, 16 enero 1977; en El Arco y la lira III, Universidad de Chile, Santiago, 1979; en Adolfo Couve, Escritos sobre arte, ed Universidad Diego Portales, Santiago, 2005 y en Obras Completas, Ed Tajamar, Santiago, 2012)

martes, 2 de junio de 2015

La poesía nos va a salvar, por Adolfo Couve



Es muy difícil resumir en una hora, treinta años de todo lo que ha sucedido: crisis, contradicciones, viajes, análisis, investigación, hasta llegar a La comedia del arte. Este libro tiene una libertad que yo me gané porque tuve que trabajar muy duro durante muchos años para hacer bien la tarea. Ya se han vendido cinco mil copias y se va a publicar el próximo año en Buenos Aires con una segunda parte que acabo de terminar, apartándome bastante de la narrativa tradicional y de mis compañeros novelistas, porque este es un libro arquetípico, cosa que voy a explicar después.

Yo tenía muchas habilidades como pintor y como escritor, pero no le daba mucha importancia a mi literatura. Fui un niño que siempre escribía y lo iba guardando todo en un saco. Pertenezco a una familia que se oponía a que estudiara estas cosas, tuve que estar quince días en Leyes para después poder entrar a la Escuela de Bellas Artes, tarde, cuando ya se habían matriculado todos. Otra complicación fue no poder usar mis habilidades de pintor, porque se venían encima el mundo del informalismo, toda la pintura española, Feito, Millares, Tápies, echando por tierra las habilidades convencionales de la pin-tura; muchos pintores se perdieron en eso. A los veinte años estaba en Nueva York con una exposición de mucho éxito, y le di a guardar mi literatura a la persona con la que me casé, y ella me escribió: «no pinte más, usted es un gran escritor». Fue muy difícil pasarse de la pintura al mundo literario y más aún que me aceptaran. Pero he ido llegando finalmente a una síntesis y después de estos veintitantos años de trabajar en mis novelas, se dio La comedia del arte. Me gustaría centrar en eso la conversación, en cómo trabajé la narración de ese libro, que es un arquetipo, y que es muy importante, porque creo que en el país nadie ha hecho algo semejante. Lo digo con humildad, tal vez me tocó a mí porque estuve trabajando mucho en esa tarea realista, porque asumí una cosa que había que asumir que era la literatura francesa. Así como existe un siglo de oro de la literatura latina en tiempos de Augusto, así como existe el teatro isabelino, también los franceses tienen un siglo de oro en la prosa, que es extraordinario, y del cual nos alimentamos todos los escritores del siglo XX, sodios todos hijos de Balzac, Flaubert también es hijo de Balzac. La prosa francesa es impecable porque la Revolución Francesa fue muy exigente, y el Imperio de Napoleón necesitó testimonio.

Hago referencia a esos trabajos impersonales porque la escuela realista es muy impersonal; el autor no se involucra, describe, muestra, siempre usa la tercera persona del singular. Es muy difícil trabajar así, pero cuando leemos a Flaubert o Maupassant, a Balzac o Stendhal, a Renan o Mérimée, o a to-dos esos escritores extraordinarios, vemos que ellos guardan distancia y muestran como un friso la literatura. Eso significa anularse, esconderse, lo que es muy duro porque no pueden proyectar cosas personales. El escritor realista tiene que buscar el tema universal, que es algo difícil de encontrar. Si escribo una cosa extraordinaria que me sucedió a mí, ustedes lo leen con curiosidad, y una vez lo han leído no lo leen más; pero sí escribo un tema universal, algo que me sucedió a mí y que también le sucedió a ustedes, entonces tienen interés en leerlo. Ei más limitada esta manera, más castigada, pero le pertenece lector.

Primero, escribí un libro bastante deficiente que se llama Alamiro, ahí me di cuenta de que no sabía nada. Entonces, de ese libro —cercano a la poesía, porque los jóvenes escriben bien, pero después lo arruinan todo— pasé al cuento en En los desórdenes de junio, pero todavía no era capaz de pasar a la no-vela, sabía que ese era un desafío muy grande. Cuando escribí El picadero, estuve muy contento porque además me fue bien, pero era una epopeya familiar, cosa que la gente joven 'Siempre hace; tenía veintisiete años cuando la escribí. Después me pro-puse hacer una novela que es El tren de cuerda, un novela de la luz, que opone una casa oscura a la naturaleza. En La lección de pintura, quise hacer un dibujo neoclásico, un David, un Ingres; y finalmente escribí El pasaje, que fue una novela de la ciudad y eso me hizo bastante daño, porque trabajé el tiempo y el espacio de la novela y eso es muy peligroso para un escritor, si uno se despersonaliza demasiado, después no puede volver a su propio asunto. Entonces dejé de publicar por diez años, incluso le tomé aversión y pinté un tiempo para sanarme. Tras ese periodo pude retomar todo y seguir escribiendo, hasta que un día sucedió esto del arquetipo, que es extraordinario y me tiene muy contento, además me tiene atrapado porque no puedo volver a la novela realista, no puedo volver atrás, el que toma una arquetipo no lo suelta. Guardando las enormes distancias, un arquetipo son El Quijote, Fausto, los grandes temas de la litera-tura universal, y si uno roza eso siente un remezón muy grande.

El escritor realista, por lo general, castiga el contenido y el lenguaje, y si se castiga esas dos cosas, el resultado siempre es la suma de esos dos castigos y apunta a la belleza. Vemos la estatua de Baquedano en la Plaza Italia, y miramos el bronce, aparece el general Baquedano, y si miramos al general Baquedano aparece el bronce. El proceso de un artista es muy complejo, a veces uno no está haciendo nada, y está haciendo más que si estuviera haciendo; está trabajando por dentro todo el tiempo, en el inconsciente, armando analogías, buscando soluciones, y de repente sale. Corregir también es muy difícil, este arquetipo no se podía corregir a la manera de las novelas realistas, no tenía esa perfección, tenía que tener una soltura. Está el Olimpo entero, porque una persona que hace un arquetipo puede invitar a Apolo a la Playa Grande, todo cabe en el arquetipo. Es como Jerusalén libertada, como esos libros enormes llenos de alegorías.

La parte más lograda de La comedia del arte es cuando el pintor pierde a su modelo porque se ha ido con el fotógrafo; este ensaya un amor convencional, la llama, vuelve y la busca en el barco del fotógrafo. Es un delirio. Él cierra los ojos y hace todo este viaje que es muy concreto, para buscarla, y es muy emocionante porque se baja del barco y ella dice: «¿me vienes a buscar?», y él responde: «para llevarte a casa», es decir, él se sube como pintor y se baja como persona. Este delirio no tiene nada que ver con el realismo mágico, es la violenta necesidad interior de saldar y de encontrar un amor que se ha roto. Comondo dice esa frase, se queda con ella e intentan vivir de nuevo. Sigue en la tercera parte.

Cuando llevé el manuscrito, dije: «aquí traigo un best seller», y se rieron todos porque sabían que no se iba a vender, porque ha costado mucho vender mis libros. Y, sin embargo, fue una especie de best seller.

Así como existe la comedia del arte italiana, yo jugué al revés, a hacer La comedia del arte porque estamos en crisis en la pintura. Tendríamos que ahondar en ese problema, en la famosa reforma de Cézanne. La pintura ha descansado en dos grandes reformadores que fueron Masaccio y Cézanne. El primero, desde Altamira hasta el Renacimiento, porque el hombre necesitaba testimonio, Carlos V y las batallas necesitaban retratos, Napoleón necesitaba pintura para su coronación. No había fotografía y, había que hacer la cosa creíble, entonces surge la tercera dimensión. Pero cuando aparece la fotografía el mundo se va con ella, se acaba el retrato, son los fotógrafos quienes se hacen cargo de la iconografía mundial. Cézanne puso una cortapisa, volver a la bidimensionalidad. Es decir, Cézanne es un egipcio. Y eso ha hecho que Picasso, el más grande pintor del siglo, esté tan atomizado, aunque haya tenido épocas rosa, azul, o cubista, no pudo salir del yugo de la reforma cézanneana; toda las academias mundiales son cézanneanas. El problema que tiene el mundo plástico actual es Cézanne, porque hizo del lenguaje, el tema.

No es sólo la fotografía, sino también el cine, la televisión, es todo un mundo que se viene encima de lo visual. No hay quién no vea televisión por la tarde. Entonces tenemos que salvarnos, buscar una fe grande en estos arquetipos, esta poesía, es ella la que nos va a salvar, no la novela. Si la novela es grande y es entretenida, la toma el cine y la hace guión, cae de nuevo en lo mismo. En el momento que aparece la fotografía todas las otras disciplinas se tuvieron que retrotraer a sus esencias, se acabó la poesía lírica. La poesía hoy día tiene que tener connotaciones históricas, tiene que tener lenguaje coloquial, tiene que alimentarse de muchos planos para que nos represente. La resonancia de una rima no nos satisface.

Una novela es mucho más complicada que un cuadro. Podría haber sido un hombre rico y con éxito, he tenido más demanda como pintor que como escritor, como escritor me ha costado enormemente. Sin embargo, ustedes me han invitado como escritor hoy día, y yo estoy transmitiendo un mensaje de arquetipo, de poesía, de solución a la televisión. ¿Qué estaría diciéndoles si hubiera venido como pintor?

Moderador: En relación a lo mismo, hablabas de un espacio sagrado en la escritura, de que los Evangelios no están pintados, sino que están escritos

Claro, es el verbo y es muy grave. En Grecia se mataba a la gente que escribía mal, un poeta malo era delito de muerte. Lógico, la literatura es muy delicada, porque uno dice cosas, emite juicios, y quedan impresos, y se repiten, y van a los veladores y no se sabe dónde están. El cuadro lo compra una señora si le viene a su sillón y luego lo esconde en el living. Tal vez los pintores tendrían que volver a su esencia, pero eso les duele, porque durante quinientos años han tenido mucha importancia, si han podido pintar a Napoleón no quieren pintar ahora cualquier cosa, y en vez de irse contra la fotografía se asocian con ella, con lo que los pierde.

M: Has dicho que tienes preocupaciones por tres temas principalmente, el lenguaje, el aislamiento de Chile y el problema de América como entidad.

Sí, el problema de Chile es muy grave porque estamos muy aislados, el avión no nos comunica, no nos acerca a nada. La realidad nuestra es que hemos nacido acá con un desierto enorme, un océano inmenso, una cordillera desproporcionada y el hielo eterno al fondo. Todos mis alumnos quieren ir a Europa, sin embargo, también en Europa se han caído mu-chas cosas; tenemos el ejemplo de Juan Francisco González o de Pablo Burchard que son verdaderos mártires, han dado la vida aquí en América. Juan Francisco González es mucho mejor pintor que Monet, pintor muy inflado por la burguesía, ¿cómo podemos convencer al mundo de que Juan Francisco González es un pintor mucho más grande que Monet? Y don Pablo Burchard, hizo su primer viaje a Europa a los setenta y cinco arios. Gracias a ellos el señor Matta puede vivir en París, un pintor monotemático que jamás ha pintado una cabeza, una mano, que nunca le ha dado nada a un joven chileno.

El problema de América se suma al chileno. Está dividida por la mitad, nada tiene que ver el Cono Sur con el Caribe tenemos un premio Nobel que ha pervertido el Cono Sur, aceptó masivamente a García Márquez y se arruinó a Bo Yo les pregunto: ¿qué es Buenos Aires?, ¿es una ciudad cana o europea?, ¿dónde hemos visto Camondos (Macondos),en Buenos Aires o en Santiago? Yo nunca he visto eso sin embargo, él es premio Nobel. Son problemas injustos porque el Cono Sur es muy sutil, pero no es Europa, es América. Entonces una de mis grandes ambiciones era tomar esos padres realistas franceses, hacer un realismo en el Cono Sur y devolverlo a París para que lo tradujeran allá, pero en París leen a García Márquez.

M: ¿Qué te parece el boom editorial que hay ahora en Chile, con la narrativa chilena?

Bueno, hay mucho esfuerzo, encuentro extraordinario todo lo que se ha hecho, y no sé más.

M: Pero, ¿te sientes dentro de una generación?

No, yo soy mayor, pero me he mantenido con ellos. Ha sido harta gracia.

Público [...]

Yo me siento orgulloso de estar aquí, porque a Neruda lo admiro enormemente, la Residencia en la tierra es puro arquetipo.

Público [...]

Los siglos de oro duran muchos años, muchos siglos. No podemos decir que Balzac o Stendhal estén pasados de moda, no, recién están llevando su influencia al mundo. Vargas Liosa viene directamente de Madame Bovary, de Tolstoi, y de todos esos escritores realistas del siglo pasado. Estamos muy cerca de ellos todavía para podernos alejar.

Público [...]

Yo no estoy de acuerdo con que Cartagena produce de-presión, al contrario, es un lugar con mucha vibración, un lugar muy antiguo de América. Se acaban de descubrir en los arenales unas vasijas que tienen dos mil quinientos años, es decir, Cartagena ya estaba habitada en tiempos de Pericles. Todos sabemos que el hijo de Almagro vino a Cartagena, que el primer mestizo de América se bajó ahí. Es un lugar muy antiguo, eso es lo que tiene.

P: Yo lo encuentro depresivo por la suciedad que hay en Cartagena en el verano.

Bueno, son dos meses. Hay otras suciedades peores. Cuando yo vivía en Santiago estaba muy aislado del mundo, y en Cartagena estoy muy comunicado. El otro día, me llamaron desde Washington, a los cinco minutos me llamaron des-de Barcelona, después me llamaron a los diez minutos de la Selva Negra. No resultó ninguna de las tres cosas, pero no importa, lo importante son las llamadas. En Santiago estábamos en el Tavelli o en el Mulato, arreglando el mundo y no pasaba nada. El escritor realista tiene mucho que ver con la provincia, es la escuela del realismo.

Público [...]

No, yo nunca he sido promotor dé festivales. No sé yo, a veces voy y cumplo.

Público [...]

Yo no propongo ninguna revolución. Primero, la experiencia del lenguaje es una fe, cuando se hace un párrafo bien hecho, una descripción bien hecha, es una cosa inamovible en la cual tú puedes creer. Si yo describo algo bien en donde no aparezco más que como autor, puedo construir una fe, puedo creer en algo, eso es lo importante que tiene la literatura. El trabajo mío no es lo coloquial, es más complejo, tiene que ver con esa formalidad en la cual uno puede creer y puede apoyarse.. Me baso más en la descripción, en mostrar; ahí aprovecho b del pintor, mi parte visual.

P: ¿Y de alguna manera ese «mostrar» no está sujeto a fotografía, como recién decías?

Sí, pero esta vez es una imagen abstracta, que tú cuando la lees, por lo tanto, es más fina que la fotografía.

M: Hablabas recién de la experiencia del lenguaje una fe, y hay, al parecer, un momento de tu vida en que adquiere una. importancia muy grande.

Lógico, porque nosotros entramos en este mundo sin pedirlo y todos con clases sociales distintas, con distintas taras, con distintas aptitudes, en un mundo que no entendemos de qué se trata. Nos imponen una religión, el cielo es una pregunta que nos angustia, y estamos en la Tierra, un planeta que está flotando, con leyes que no dependen de nosotros. Uno se pregunta: ¿qué puedo hacer en mi vida? Tengo que descubrir de qué se trata. Por eso escribo, no para estar en las librerías ni para ser famoso, a mí que me da lo mismo ser famoso entre nosotros mismos. Pero sí creo, porque no creo en el azar, creo que estoy aquí por algo, hay algo en los encuentros y hay algo en el lenguaje y hay algo en el verbo que trabaja como algo misterioso.

M: Esa dependencia del sentido que buscas en el arte, ¿hay alguna relación profunda en eso?

Sí, porque la belleza no se me presentó como todos creemos que es: linda, reluciente, brillante. La belleza es marginal, es dura, es muy amarga, es maravillosa, por eso no se gasta. Si tuviéramos una belleza extraordinaria nos aburriría, la belleza es una cosa para siempre. Como dijo Keats: «una cosa bella es una alegría para siempre».

P: Para mí la pobreza no es bella.

No, no es la pobreza a la que me estoy refiriendo, si vieras La quimera del oro con muchos recursos hechos por Chaplin, sería un bodrio. La pobreza, la modestia, bien llevada, es sagrada.

M: Yo creo que este es un punto fundamental, me atrevo a decir, de tu vida. La correlación que hay entre el arte —la pintura, la escritura— y el descubrimiento de este sentido profundo y trascendente, debe ser un momento cúlmine de tu trabajo.

Es un desafío muy grande porque yo llegué a La comedia del arte y después lo perdí todo, lo entregué todo, y no podía volver atrás, por eso me ha costado mucho la segunda parte, me he demorado un año en treinta páginas. Y también se la van a llevar los argentinos este otro año Todos sabernos que se nos presentan a diario caminos-fáciles y caminos difíciles, y el fácil no lleva a ninguna parte, siempre hay que escoger el duro.

Público [...]

Estoy terminando, estoy puliendo esa segunda parte, que es muy difícil. La pintura me ha enseñado a mirar, yo no puedo hablar de una puesta de sol como un escritor cualquiera, porque la he hecho con mis manos. Cuando describo, describo cosas que sé cómo son. En La comedia tomé la pintura como tema por primera vez, lo miré desde lejos y lo ocupé, por eso algunos filósofos se han entusiasmado con lo que hice, pasó a otro plano. Pero el mundo del pintor y el mundo del escritor son muy distintos. El del pintor es más fácil porque tiene que ver con lo sensorial. A veces cuando me voy muy para dentro, pinto un cartoncito y me saca para afuera.

M: La lección de pintura y El tren de cuerda están en el plan de lectura del Ministerio de Educación. Y ahora La comedia del arte lleva una segunda edición. ¿Cómo te sientes tú siendo leído por los niños y por los jóvenes chilenos?

Es una alegría muy grande, mayor a la del premio Nobel. Que un niño me lleve en el bolsón y que mire por la ventana y que estén arando el campo... pero los escritores somos muy solos y no sabemos si nos están leyendo, se pierde mucho el contacto. Yo no sé qué está pasando en Buenos Aires, en tres mil veladores argentinos. Uno siempre escribe para el lector, porque lo hace con una especie de ánima que lo está mirando por atrás, todos los artistas tienen un curioso que está detrás. Y uno se lee como lo leería el otro, uno siempre está leyendo sus propias cosas con otros disfraces.

M: ¿Eso influye mucho en las decisiones que tomas?

Claro, porque los textos los aprendes de memoria y tienes que guardarlos porque para poderlos revisar hay que tener distancia. Es todo muy difícil.

P: ¿Entonces, es inevitable tener un tipo de público al le escribes?



No sé eso dicen, no sé. Durante muchos años fui tildado de anacrónico, cuando aparecían mis novelas era siempre una persona anacrónica que no estaba nunca en la vanguardia. Y de repente pasé a la mayor vanguardia, ahora soy más vanguardia que ningún otro escritor chileno vivo. Y ese paso fue abrupto, de la noche a la mañana. No sé si han entendido la exposición que he hecho, no sé si he sido claro. Estoy bastante cansado. ¿Lo damos por terminado? ¿Sí? Gracias. ¿Estuvo bien?


(Ponencia presentada en el ciclo de conferencias La creación literaria en el Chile de hoy. Introspección al proceso creativo, celebrado en mayo-junio de 1997 en el Centro Cultural La Sebastiana (cassette). Transcripción y edición de Catalina Porzio en Adolfo Couve.Entrevistas escogidas (libro en preparación). La primera parte de esta ponencia corresponde a la lectura de un texto para continuar con un diálogo con el moderador (Sergio Muñoz). Se ha decidido incluir esta conversación para no alterar la fuente y por considerar que ilumina ciertos aspectos de la obra de Adolfo Couve (Nota del editor, Obras Completas, Tajamar Ediciones, Santiago, 2013)

viernes, 22 de mayo de 2015

Raúl Vargas por Adolfo Couve


  Raúl Vargas pertenece a la estirpe de los escultores de la discreción y del silencio, como lo fueron otros grandes talentos: Sergio Mallol, Lorenzo Domínguez, María Fuentealba. Estos como él, rehuyeron las exposiciones continuas, los premios internacionales, los viajes, la permanencia exagerada en el extranjero, las becas, las entrevistas que anuncian cada pose de la vida a veces de más relieve que las obras mismas. 

   Estos escultores recluidos tienen otra sala de exhibición, otro público, diferente propaganda. 

  ¿Quién no conoce el efebo de Raúl Vargas, que en me-dio del Parque Forestal, conmemora la obra de Darío? Un adolescente de volúmenes armónicos, repartido el interés en cada punto del bronce que equidistan con igual intensidad de su centro, volviendo todo ese peso ingrávido, como exige la adecuada composición y relación con el espacio. 

   Una obra de equilibrio acertado, en donde la representación figurativa no excede en importancia a la materia que la contiene y deja al bronce el lugar que se merece. Ambas realidades en igual ponderación, noblemente castigadas, para alcanzar el todo que es la regla insoslayable de lo bello. 

   Entonces, y con el respeto que me merece la galería que hoy lo exhibe., me pregunto: ¿De qué retrospectiva se trata? ¿No ha ocupado acaso aquel bronce una sala mucho más vasta, de puertas abiertas no sólo a ininterrumpidos años de público sino al viento y a las cuatro estaciones?

    Y lo que ha dicho la crítica ordinaria, ¿no es acaso un comentario de más valía que lo formal de los libros? Promesas de amor, cuitas, confesiones, todas las formas de ilusión.

   Cuánta historia ha soportado el efebo en su fortaleza quieta; cuánto hecho ha pasado junto a su fuente. ¡Qué mejor premio que la sombra de esos árboles añosos; qué más grande custodia que la de aquellos que rondan la noche! Conocedor de méritos y fechorías, planes, sueños, alianzas y guerras, permanece incólume emergiendo del agua que recorre e inscribe su sombra. 

  Este es el premio de los artistas que como Vargas no buscaron el éxito. ¿Existe algo ,más grande que estar representado por una obra añadida a la vida cotidiana de una ciudad, familiarizada a la historia de sus habitantes? 

   Integrada al paisaje, en ese rincón del parque, ha adquirido el valor de un tronco, de las nubes, de los caminillos de grava, de la atmósfera que lo envuelve. 

   Que esta retrospectiva en donde él público tal vez verá entre otras obras, la maqueta de esta que aquí menciono —mascarilla funeraria de la viva—, sirva para identificar a esa escultura maestra con el nombre de su autor, porque hace años que se da a conocer dejando de lado a quien la modeló. Modesto artista ejemplar en su actitud de reserva. 

   Bien se merece nuestro escultor los versos de Darío cincelados en una de las caras de ese plinto: 


             De desnuda que está 
             brilla la estrella. 

(Publicado en el catálogo de la exposición Raúl Vargas, es cultor. En el nombre del padre, Galería Arte Actual, Santiago, 1990/ Obras Completas, Tajamar Editores, 2013)

viernes, 6 de junio de 2014

CUANDO PIENSO EN MI FALTA DE CABEZA (La segunda comedia) Tercera Parte


Odilon Redon "Beatrice" (1885)


 POR EL CAMINO DE SANTIAGO





EL DEMONIO HILA FINO



Iba rumbo a Cuncumén.

¿A quién no se le ha presentado un compañero cuando transita un largo camino solitario? Fue mi caso. Cerca de Sepultura, en la cuesta de Los Tordos, un hombre de edad incierta, piel tostada, cabellos igualmente oscuros, barba hirsuta, apuntando en ella el destello de las primeras canas, me interceptó el paso. Vestía un terno virado, también negro, zapatos que evidentemente no andaban con su número; me habló de sus hermanos, con quienes vivía, dijo llamarse Albrecht, sólo Albrecht, evitó el nombre de pila. Un vaho a alcohol emergía de sus palabras. Como advirtiera que yo notaba ese detalle, se justificó argumentando que venía de un bautizo, que la fiesta había durado la noche entera.

Su ocupación consistía en buscar muebles antiguos en las casas de campo, los balnearios viejos, las iglesias rurales, cualquier sitio donde el tiempo se hubiese detenido. Nada inquirió sobre mi pasado, y yo, para impedirlo, indagué. todo lo que se me antojó, sobre su oficio. En medio de estos interrogatorios, me habló de un aparador con cubierta de mármol, una mesa frailera, la piña central, otra de correderas, los tableros adicionales, una de alas, dos sillas enjuncadas, un mueble chino, y siguió enumerando la lista completa de hallazgos que yo escuchaba con deleite, como un poema.

De pronto, luego de un velador Imperio y coronaciones, se refirió a una cabeza de cera de factura impecable, una verdadera obra de arte.

Creí desfallecer, sentí que se reducían mis piernas, que el camino se volvía pantanoso, me tomé de un brazo, me transpiraba la frente a borbotones.

-¿Una cabeza de cera? - le dije.

-La adquirí en una botillería de Barrancas, estaba rebanada en el cuello, el pelo natural, los ojos de vidrio, mas vivaces que los suyos - al mirarme presentí le turbaba el parecido, pero se sobrepuso y continuó su historia-. La envolví en unos pañales, la metí en una bolsa, me la llevé y la vendí al cura de Cuncumén, quien, al verla, la adquirió pensando que con ella podía armar un santo e introducir entre sus ropas una reliquia de tiempos inmemoriales que no había encontrado su lugar apropiado en el templo.

Reunió el cura a un grupo de mujeres, beatas todas, encargadas del altar, del cambio del agua de los floreros y el remiendo de los ornamentos sagrados; entre todos acordaron confeccionar el muñeco, un San Tarcisio, abrir un espacio bajo el altar mayor y allí reclinar tras un vidrio, en un cojín de felpa, al santo, o sea, la cabeza de cera vestida. Tuvieron problemas con las manos, pero una de las feligresas, la encargada del armonio, les sugirió enguantar unas de madera que andaban sueltas por la sacristía. Hicieron un traje de mártir romano; como la cabeza les pareció un tanto adulta, le rebajaron un poco las mejillas, dulcificaron la expresión de la boca, cubrieron las arrugas de la frente, afilaron la nariz, todas estas reducciones efectuadas con sumo tino. De ello se encargó el sacristán, viejo amigo mío, que fabrica las velas sumergiendo cordeles en cera hirviendo. Una vez que estuvo con su traje rojo, toga viril de mangas acuchilladas, la cota de malla y las sandalias, le abrieron el costado y allí dentro cosieron la astilla del fémur, traída directamente desde Roma en tiempos de Benedicto XV. Ciñeron sobre la frente una corona de laurel, también de cera, tan perfecta la imitación de las hojas, tan igual el color, que parecía real.

El mantel del altar, que antes llegaba hasta las mismas gradas, lo acortaron para dejar a la vista el santo tras la vitrina, y como la misa ahora no se oficia como antes, nada perturba su exhibición; además, dentro de ese nicho han conectado una ampolleta eléctrica para realzar sobremanera el efecto del cuadro plástico.

i Mi cabeza, mi cabeza!

Me cubrí 1los ojos, no quería oír más sobre el asunto, pensé suspender el viaje, ¿quién lo diría? Vendida, transportada, como la de Holofernes, la del Bautista, la de Medusa, la de Dioniso, Sorel, Dantón, Capeto y tantas otras; al abrirlos, mi sorpresa fue todavía mayor, el comerciante en objetos antiguos no estaba en ninguna parte, se había hecho humo, me pareció increíble. Acudí a un bosquecillo que corre paralelo al camino, nada: el hombre había desaparecido. No soplaba una brisa y, sin embargo, un arbusto comenzó a agitarse como si lo remecieran. Temblé, paralogizado, lívido, vi de pronto una rama que colgaba sobre el sendero, incendiarse sola, una llamarada que hizo crepitar las hojas y el gancho, como si un rayo le hubiese caído encima.

Sobreponiéndome, eche a correr, sin mirar atrás, jadeante, llegué hasta donde el camino se bifurca, lugar desde el que se percibe el valle.

Un toro negro, salido de no sé qué escondrijo, me cerró el paso. Me santigüé, el animal se desinfló cual si se tratara de un globo, cogí un par de ramas, las até en forma de cruz y, con ella en alto, continué el viaje.

A mis espaldas sentía la voz del comerciante que no cesaba de susurrarme incoherencias, suciedades, sandeces, la lengua tan revuelta que expulsaba todos esos horrores a medidas. No me atrevía a volverme, sólo pensaba en llegar al bajo. Cuando divise las primeras casas de Cuncumén, se me puso por delante, las cuencas vacías, la boca verde, pútrida, las manos al revés y feas, le acerqué la cruz, arriscó los labios en un gesto de repulsión indescriptible, se volvió una rata grande y sarnosa. Me estiro un boleto, como no lo cogiera, lo dejó caer al suelo. De nuevo se esfumó, mi intención fue pasar de largo sin mirar ese papel que me atraía como una proposición deshonesta; al fijar los ojos en él, mi mano soltó el crucifijo y en su reemplazo tuve esa entrada. No supe más, perdí el conocimiento, el control, una fuerza violenta me llevó con una velocidad inaudita hasta depositarme bajo la marquesina de nuestro primer coliseo.

El gentío me empujo, me vi vestido como jamás en mi vida, hasta descubrí en mi diestra unos anteojos recubiertos de concheperla. El acomodador me abrió un palco de cueva.

Dentro, ese espacio bullicioso y perfumado me tranquilizó; las luces a medio encender mostraban difusos los bandejones repletos de público que cargaba una docena de ángeles dorados sobre el doblez de sus alas.

Todo fue muy repentino, tras el último timbre se oscureció esa inmensa herradura. Sólo permanecieron encendidos los ventanucos de los palcos como una fila de Polifemos atentos. El interés se centró en la obertura. La reconocí de inmediato, me era familiar, tanto, que alcé la voz para repetir, intentando dejar el lugar: ¡el Fausto, de Gounod! Pero me rendí; junto a mí se sentó el amigo Albrecht, afeitado, de etiqueta. Vengo de bacán, me dijo. Anclándome al apoyar su mano como una plancha sobre mi muñeca, me quemó. La representación ni siquiera era con los cantantes traídos desde fuera, se trataba de la versión local, criolla, así es que los trajes usados por el tenor, la soprano y el barítono se veían adaptados a la ligera en sastrería, brujones, pliegues, alforzas, recogidos, pespuntes, bastas, pinzas, ruedos de más, un par de zapatos de tacón rojo, que Mefistófeles usaba con dificultad y que torcía al dar el tranco, las puntas rellenas con papel de diario. Durante el entreacto, al intentar dejar el palco por segunda vez, la mano hirviendo me sujeto. Entonces me topé con un rostro congestionado por las Iágrimas, llanto copioso que se evaporaba al correr por sus mejillas.

La escena del jardín. El público no advirtió que Albrecht cantó espléndidamente todo el segundo acto, tan notorio el cambio, que el paraíso alborotado interrumpía a cada instante con vítores y aplausos (el barítono legitimó amordazado en el camarín). Aproveché que el diablo estaba en escena, con Fausto y Margarita, y salí al pasillo, pero al llegar a la puerta rotatoria de cristales, esta se transformó. Los grandes espejos del foyer no reflejaron mi persona; las estatuas y alegorías de mármol movían los labios. Perdí nuevamente el sentido y al despertar me encontré en medio de la plaza de Cuncumén. No tuve el valor de ingresar al templo y comprobar si realmente me encontraba de espaldas bajo el altar mayor.

Agotado de tanto ajetreo, me recosté en un escaño y me dormí. Al despertar, la tarde había avanzado, las puertas del templo aparecían abiertas, tuve temor de entrar y ver el San Tarcisio; desde mi lugar escuchaba el cántico ingenuo de los feligreses de un pueblo aún colonial, perdido entre cerros solos. Mientras me aproximaba, el sendero se iba volviendo polvo y viento entrelazado encima de ese terraplén pobre.

Entré, todo era penumbra, pátina en los muros, plintos de terciado, figuras de yeso, flores de papel; al fondo el altar sobre escalones y desniveles de madera.

Efectivamente, tras un vidrio, mi cabeza rejuvenecida reposaba, vestida de mártir sobre un cojín carmesí, las manos enguantadas junto al pecho. Entonces me volví y enfrenté a los fieles que, recogidos muchos de ellos, creían aquello un cadáver incorrupto, un milagro.

- i Ese soy yo, soy yo! -grité a voz en cuello.

El sacristán acudió en busca del párroco, un hombrecillo menudo, comedido, que se restregaba las manos; se acercó y me condujo mansamente hasta la puerta.

-Esa es mi cabeza -le dije-, ese soy yo -el cura asintiendo pensó que al llevarme el amén, el escándalo no pasaría a mayores. Me despidió frente a la plaza.

- Ese soy yo, es mi cabeza -el párroco me observó a través de sus gafas, unos ojos inmensos, y guardó silencio. Esa noche, cuando intentaba dormirse, rememoró el incidente. Intrigado cogió una linterna, fue hasta el templo y enfocó al mártir. Presa de un susto de proporciones, dio un grito y no se azotó contra las baldosas, ya que un feligrés rezagado emergió de las sombras y alcanzó a tomarlo.

Desmayado, el camisón arremangado, las canillas al aire, lo arrastré, hasta introducirlo en un confesionario. Una vez que lo acomodó, se hincó tras la ventanilla perforada y exclamó en medio de grandes risotadas:

- i Me confieso, padre mío, de ser el mismo coludo, el conocido diablo, el avieso, el malo!

Si en lugar de una linterna, el párroco hubiese llevado una palmatoria, de seguro que ese templo hubiese ardido como yesca por los cuatro costados.

Lo cierto es que desde que vi la cabeza tras el vidrio, tuve serias dudas de que fuese la mía; pero así y todo insistí en ello por el inmenso deseo que tenía de encontrarla. ¿Sugestioné al cura con mi vehemencia? i Y eso que la duda no era su fuerte!

- i Me duele tanto la cabeza!

-Ponte dos rodajas de papas en las sienes y una hebra de lana alrededor de la muñeca.





SAN TARCISIO



Todo sucedió de este modo:

Yo, Marcos Crassus, que por ese entonces frisaba los catorce años, fui quien inició a Tarcisio, algo menor, en el aprendizaje del oficio de acólito. Ambos éramos hijos de familias senatoriales, así es que nuestra fe cristiana debíamos disimularla, y muchas veces, Tarcisio como yo, estuvimos obligados a arrojar bolas de incienso o reverenciar el lar de la capilla familiar.

Sin embargo, al caer la tarde, las sombras favorecían nuestra huida a los escondrijos donde bajo la tutela del sacerdote, ayudábamos en la Santa Misa a escanciar el vino y el agua en el cáliz.

De mis labios aprendió Tarcisio las respuestas al oficiante, y a alumbrar con la lámpara el recorrido de Nuestro Señor, cuando iba al corazón de los hermanos; pero sabido es que no sólo los allí presentes tenían necesidad de la comunión, sino también los enfermos, y sobre todo los prisioneros que durante tantos meses el Cesar encerraba en las bóvedas de la planta baja del Coliseo.

Me refiero a los tiempos en que Celadus aglutinaba gran algarabía de público en el circo.

Tarcisio era un joven de complexión algo frágil, aunque flexible, debido a su desarrollo prematuro.

A pesar de ser dos años menor, me superaba en porte. Era loco por los perros, y con habilidad prodigiosa amaestró uno que le seguía a todos lados. Llevaba sus iniciales en un collar, prolijamente cinceladas por él.

Me aventajaba en la escuela. Sus tablillas eran dignas de un maestro, sabía de números, de poesía e historia, y con paciencia infinita recuerdo que reparó el mosaico del peristilo de su casa, que se encontraba deteriorado. Representaba los trabajos de Hércules. Yo, bajo la columnata, observaba su habilidad y gusto. Como el lucernario era mezquino y la puerta de entrada estrecha, escogió colores vibrantes para que en esa penumbra resaltasen.

A veces la pileta rebalsaba y el agua se escurría, lo que aflojaba las piezas recién ajustadas del diseño, pero Tarcisio jamás demostró impaciencia; por el contrario, sonreía y otra vez armaba la escena pagana y sus figuras, que el polvo y el trajín de los suyos habían estropeado.

Sucedió, en una de esas sesiones de restauración, que me pidió, conocer los Evangelios, como si ese afán, esa curiosidad fuese más fuerte que su propia voluntad de aprenderlos.

Me pareció una fe ciega, que pugnaba por volverse viva. Así es que muy luego que tomó el bautismo, hizo su primera comunión y desde ese día insistió en permanecer junto al altar y asistirlo en sus pormenores. Se ofrecía de voluntario para llevar al Santísimo donde quiera que lo requerían.

Innumerables veces los esclavos conversos de su casa mintieron cuando sus padres indagaban por su paradero. Sacrificó horas de recreación por asistir de ese modo a los ancianos y los enfermos; con que unción lo vi ocultar entre los pliegues de la toga el pan bendito, que sabía conducir con un primor y al mismo tiempo con una diligencia y astucia que superaba a los ojos que vigilan la calle.

Atravesaba Roma de noche cuando sus padres lo creían profundamente dormido, o se capeaba la temporada de los baños, de las cacerías, del mercado o los juegos de la plaza.

Incluso muchas veces descuidó la escuela para realizar esa encomienda urgente.

Esa tarde íbamos los dos; yo atrás, Tarcisio adelante, pero a corta distancia. Nos habían encomendado llevar el Señor al circo.

Era él quien entre sus ropas lo guardaba. Todo recogimiento. Una silueta agazapada, nítido su recorte ante el encendido y deshilachado ocaso del día.

La Vía Apia es dura de transitar por la irregularidad de su adoquinado. A diario dan cuenta de ello las legiones y los carromatos de provincia.

De una fiesta privada retornaban ebrios unos músicos tocando flautas de caña y trompas de bronce. Una mujer de aspecto ordinario y lenguaje soez nos interceptó el paso. Golpeaba los crótalos y bailaba al son de una flauta doble que tañía uno de ellos, que era ciego. Fue entonces que un gigantón mal vestido se plantó enfrente de Tarcisio, y provisto de unos címbalos de bronce, comenzó a amedrentarlo, ensordeciéndonos, impidiéndole continuar el camino.

Yo, debo confesarlo con vergüenza, me desligué un tanto de la situación, hice creer a esa comparsa delirante que recién me sumaba al bochorno.

Entonces la bailarina se acercó a Tarcisio y creyendo que este escondía algo de valor entre sus ropas, ya que contra el pecho oprimía ambas manos, intentó quitárselas de allí, pero Tarcisio no cedió, intensificando la protección al Señor.

La mujer llamó al hombre de la pandereta, algo le susurró al oído, y este le dio un empellón a mi amigo. Tarcisio vaciló entre esas peñas desiguales, pero se mantuvo en pie, las manos siempre custodiando con mayor ahínco aun lo que guardaban sus ropas. A esta agresión se sumó el de los címbalos, que parecía soldado, quien le propino otro empujón, esta vez desmedido, que hizo caer a Tarcisio contra el adoquinado. Como lo hiciera sin abrir los brazos, se azotó la cabeza y bañado en sangre, intentó levantarse, pero los músicos lo patearon sin tregua y en pleno rostro, tan sin freno, que la mujer en un momento intentó disuadirlos, pero ellos, enceguecidos, le daban al cráneo una y otra vez con la esperanza de que Tarcisio abriera los brazos y exhibiera el botín que con exagerado celo llevaba junto al pecho.

Sólo muerto los abrió, en tanto un hilo de sangre se escurría lento por entre esos desniveles.

Los delincuentes se abalanzaron como bestias hambrientas a hurgar entre sus ropas, pero no hallaron nada: el Señor ya no estaba ahí, había desaparecido junto a la vida del mártir.

La comparsa se miró desconcertada y huyó, dejándome solo con el cadáver.

Consternado lo cargué, y con la ayuda de un desconocido, y sin decir nada a nadie, lo llevamos hasta el cementerio de Calixto, donde esa noche le dimos sepultura.

Desde esa fecha y sin interrupción, he visto carros detenerse ante el sitio donde cayó Tarcisio, aurigas descender y mirar fijo esas cuatro piedras, mercaderes que al amanecer transitan la Vía Apia desviar las bestias al extremo opuesto, jinetes soslayar igualmente aquel tramo, carrozas, sillas, nunca pisar esas peñas, norma que muchos ignoran, pero que igual cumplen.

Esas piedras no se dejan tocar. Ni la más compacta de las legiones, o vistosa comitiva de un patricio, o el paso de los centuriones, deja de desorganizarse allí. Hasta los bueyes se desentienden de la picana, el caballo se encabrita y la mula ni siquiera con la cabeza cubierta con la capa y a tirones de la brida, adelanta el paso.

Todos hacen un rodeo, como yo, que lo realicé en el momento en que debí estar a su lado. Nada me consuela, no hay día en que no acuda hasta la Vía Apia, donde los animales me señalan, con su reverencia, mi imperdonable cobardía.



Esto me narró una sombra que acongojada solía yo encontrar de rodillas ante el Tarcisio de cera:

“No sabe usted, amigo Camondo -me decía-,cómo envidio el hecho de que su rostro de cera haya servido de doble a tan entrañable figura. A mí en cambio, los cielos me han asignado el Purgatorio, donde ni siquiera el dolor tiene fuerza. En mi estado neutro, sin embargo, encuentro un relativo consuelo en sentarme ante esta réplica, le hablo, me justifico, le imploro perdón, a veces pienso que girara la cabeza hacia el lugar donde me encuentro y perdonara mi traición. Pero sus facciones son tan distintas, este rostro nada se asemeja al genuino, no se ofenda usted, amigo, es que Tarcisio era tan diferente. Cómo será de grave mi culpa, que hasta esta falsificación burda hace oídos sordos, y no obstante, aquí es donde suelo permanecer la mayor parte de mi tiempo. Así es el Purgatorio, amigo Camondo, una mediocre replica de lo auténtico”.

Os dieron su nombre, os lo han prestado, como cuando el actor mejor, escéptico y vicioso, maquillado, se transforma e interpreta un papel modelo.





CUNCUMEN



Me instalé de allegado en casa de Filomena Salas, la Chica Nana, una vieja diabética que me encontró en el mercado de Cuncumén.

Ni siquiera me dirigió la palabra, se entendía con el resto por medio de musarañas, pero muy expresivas. De ese modo me invitó a lo suyo.

Vivía a las afueras del pueblo, en unos terrenos baldíos que enfrentaban una cancha de futbol, hundida, siempre anegada, y el cementerio. Este último, pequeño, circundado de muros bajos, que guardaban además de las tumbas, unos cipreses tristes, gachos, de luto, exentos de pájaros y viento.

La vivienda de la Filomena casi no se diferenciaba del lodazal que la sostenía, como si al barro le hubiesen añadido techo, puerta y ventanas. Se componía además de unas piezas con piso de tierra, un corredor de postes desiguales y un reducido jardín, el que por señas me indicó desmalezar y ocupar para partir la leña.

Estaba muy enferma, así es que antes de que el sol prendiera las lomas de Cuncumén, un practicante ingresaba a la pocilga, aromatizando el corredor con olor a alcohol, friccionando ese culo fláccido que pinchaba fríamente.

Hablaba a solas, al parecer se dirigía a sus padres cuyos retratos oblongos pendían a la cabecera de su cama.

En uno de los cuartos había un sofá victoriano cubierto el respaldo con un mantón de Manila. Ambos detalles contrastaban con el resto del mobiliario: media docena de sillas heterogéneas, cuyos travesaños servían de sostén a las gallinas, y una mesa rústica hecha como a cortes de lezna más bien que de guadaña.

Una serpiente en un frasco, que ingería leche y otras inmundicias, era el único animal doméstico de la casa.

Tal vez el sillón y la mantilla fuesen herencia de un pasado remoto que se hacía allí presente por medio de esas embajadas.

Comía en silencio papillas insulsas, manzanas, verduras, a lo lejos un trozo de carne, evitando una serie de alimentos que le estaban vedados. Tuve que adaptarme al régimen, porque era eso con lo que llenaba los platos que disponía sin ningún orden ni primor sobre la mesa.

Cuando almorzaba dejaba la puerta de calle abierta, y en lo que exhibía el vano, un peladero de piedras y un arbusto gacho, fijaba la vista.

Un día me explicó que sólo tenía ojos para ver el pasado y que mientras comíamos se entusiasmaba con evocar un verdadero corso de fantasmas.

Por las noches tampoco cerraba su puerta, y cuando me dirigía al dormitorio la veía siempre insomne, de espaldas, mascullando incoherencias, la mirada fija en el cielo raso de coligües.

El practicante se llamaba señor Reyes, usaba un parche en un ojo y acarreaba la jeringa en un maletín aporreado, cuyo broche sonoro me indicaba lo que estaba aconteciendo a esas nalgas escuálidas.

Mi trabajo consistía en picar leña y atar pequeños haces que iba acomodando bajo la alacena.

Además, barría el patio, podaba y en el tiempo libre, que era excesivo, me sentaba a la mesa, inmóvil, temeroso de que esa mano, de pellejo traslúcido y venas montadas sobre huesos, me mostrara la salida.

No me atrevía a echarme a dormir en el camastro. Al aproximarse la Navidad, me indicó por señas que bajáramos al pueblo. Como advirtiera que no estaba vestido en forma, sacó debajo de la cama un baúl y de éste una chaqueta de hombre, arrugada, hecha una ruina, con las solapas pasadas de moda, y me obligó a que me la pusiera.

Así lo hice, y descendimos, ella con un sombrero de pita picoteado en el ala, y yo con ese enorme vestón que me llegaba a las rodillas y me cubría las manos.

Me Ilevó a la iglesia, evité hablarle del San Tarcisio, lo que habían hecho con mi rostro, la historia del comerciante en muebles.

Llamó mi atención que afuera del templo, donde se inician las gradas, habían instalado un cuadro vivo del pesebre, una ramada de hojas secas de palmera. Bajo esa sombra, y sobre paja esparcida, una joven, alumna predilecta del liceo, permanecía inmóvil, un tanto gacha, las manos en actitud teatral haciendo el papel de María. A su lado, un joven con barba postiza y apoyado en un palo, también estático, representaba a San José. El niño Dios era un delicado muñeco de loza que, según el comentario de los curiosos, pertenecía a la mujer del alcalde.

En un corralón aparte, unas cuantas ovejas pastaban impávidas.

No había reyes, ni pastores.

En el momento en que la Filomena me tironeaba de una manga para regresar a casa, vimos con sorpresa a una joven hermosísima, envuelta en una túnica blanca que, portando un par de alas de cartón bajo el brazo, atravesó las varas y se integró al grupo.

San José se las colocó a la espalda de inmediato, y ella a su vez sosegó sus cabellos con un cintillo dorado en el que refulgía una estrella. Una vez completo su atuendo, se ubicó tras el niño en una actitud tan entregada que me sobrecogió.

Jamás había visto beldad semejante.

Se comentaba allí que se trataba de la hija de Pompeyo Carranza, millonario de la zona, que vivía también como nosotros un tanto a las afueras, pero en un verdadero palacete, cercado de imponentes muros, que no sólo guardaban a la vivienda, sino a un parque majestuoso, silencioso y sombrío donde convivían las más heterogéneas muestras de una naturaleza exótica.

Como la anciana advirtiera mi embelesamiento, me dejó y sin decir nada, regresó sola a su casa.

Cuando Ilegué, advertí que ya no era un huésped grato, la puerta de su dormitorio permanecía cerrada. A la hora de la merienda sólo desparramó pan duro en mi puesto. El señor Reyes se sumó al desprecio, la pinchó en medio de susurros que no cabía duda se referían a mi persona.

Incluso la vieja quitó del respaldo del sillón victoriano el mantón de Manila, también de los muros unos abanicos pintados, como queriendo dar a entender que me había perdido la confianza. Además, ella misma cogió el hacha y doblados en dos esos huesos, cortaron la leña.

Me impresionó la fuerza, la violencia con que efectuó la maniobra.

Al dirigirse a los retratos de la cabecera, lo hizo a voz en cuello, detalle que me obligó a enfrentarla. Entonces, sin darme una explicación satisfactoria, me dijo que necesitaba la pieza, y que allí se trasladaría una sobrina muy enferma, procedente de San Antonio.

Como no tenía defensa, un buen día me largué. Antes puse a horcajadas sobre el respaldo de la silla la chaqueta prestada.

Al enfrentar el cementerio, comencé a adivinar el trasfondo de estos insólitos hechos. La visión de esos pinos piramidales, que como deudos se sumaban a la desolación del entorno, me los explicaron. ¿No te das cuenta, Camondo, que has convivido a diario con la misma muerte?, ¿que te sirvió la mesa, que pernoctaste en un cuarto contiguo, que te vistió con la chaqueta de un difunto? ¿No sospechas acaso quién era ese tal Reyes, y si realmente pinchaba a la vieja, o sólo hacían el simulacro cuando se encerraban bajo llave? ¿No te intriga que se presentara con un parche en un ojo antes de que el sol asomara por sobre las blandas lomas de Cuncumén? La muerte te dejo ir, Camondo, estuvo a punto de traerte a este sitio húmedo, que hace que el viajero solitario que lo transita vuelva la cara, evite mirar las cornisas de las tumbas y parte de las cruces que asoman por sobre el muro desplomado y mezquino que, como a nosotros, las encierra. iCuántas veces no hemos visto de noche a esa vieja mala, esa tal Filomena, merodeando entre las lapidas!

La muerte al parecer no toleró que me prendara nuevamente de la vida, representada en ese cuadro plástico de Navidad, a las puertas de la iglesia.

Esa noche, una vez que el Ángel dejo el pesebre, lo seguí hasta la mansión sombría que guardaban esas gigantescas y solemnes rejas.

AI aproximarse la joven a esos barrotes, la alcancé. Ella no manifestó ningún temor ni rechazo; por el contrario, como si me hubiese conocido desde siempre, me pidió le sostuviera el par de alas mientras tiraba del cordón de la campanilla.

El mayordomo, vestido de uniforme, abrió y la condujo por un sendero enmarañado por el que ambos desaparecieron. La joven había olvidado sus alas, y yo con ellas en la mano, no atinaba a nada.

Rehusé dejarlas tras los barrotes, sentí unos deseos irresistibles de probármelas, así es que para evitar que me vieran, me oculté tras un enorme castaño que se levanta enfrente y me las coloqué a la espalda.

Apenas lo hube hecho, escuché otra vez la voz de la joven, que de vuelta en la reja, las solicitaba a gritos. Como vio que nadie le respondía, abrió y salió fuera. Permanecí agazapado contra el árbol, las alas apuntando al firmamento. Luego de transcurridos unos minutos, dio con mi escondrijo, me miró severa, dándome a entender que se las devolviera. Algo me retuvo, me resistía a quitármelas, pensaba que con ellas me cambiaría la vida. Entonces el ángel se retiró y regresó con dos matones, un par de bellacos que a empellones me despojaron no sólo de las alas, sino de la camisa.

Cuando quedé solo, vino hasta donde me encontraba un jilguerito saltarín que movía insistente su penacho, insinuando que me cedía las suyas, que eran mucho más efectivas que las del ángel, no tan ostentosas tal vez, pero más reales, que también servían para dejar la tierra y remontar el cielo.

“Soy Pacalito, soy Pacalito”, se dijo.

¡Marieta!



iOh réplicas de un destino, de una pena, de la decisión heroica de haber dejado atrás arte y belleza! Qué soy sino un sobreviviente de un castigo a medias, incompleto: la cera, artimaña fallida de un cielo vencido, Apolo, Zeus, las tantas musas, un Caronte impago, ya sin voluntad siquiera para mover los remos y completar la barca con sombras sin vuelta!

Conozco de vista el puerto de ese averno anacrónico, sus escalones de hierro pulidos, como nuevos, que baña la laguna, la puerta baja siempre abierta que llaman de la aduana, desde la que desciende un terraplén que abrupto se sumerge en quién sabe qué abismos. A la orilla de esa playa seca se vislumbran túmulos de ladrillos, grutas vacías, un gran espejo. Esos volúmenes, me explicaron, son simulacros de tumbas, hay criptas de familia, pirámides egipcias, pagodas chinas, moles que los diablos levantan con un dedo y distribuyen donde les place, armando cementerios de utilería. Se cuidan de las cruces y de las medias lunas, pero igual las fabrican con una cantidad impresionante de palos de fósforos que cubren con papel mantequilla.

Había un diablo joven al que se le iban las manos, y en lugar de esos símbolos ajenos, fabricaba aeromodelos; los había visto en las jugueterías ricas. Ellos desconocen los aviones. Carón se indignó porque sobre un panteón de alcurnia, encima de la cúpula, un helicóptero agitaba sus aspas como un remolino.

Ese panorama es el que se vislumbraba desde el portón abierto, junto a la escalera donde desembocaba el Aqueronte. iQué de sorpresas no habrá más adentro! iCómo saberlo si es un río que nadie puede atravesar dos veces!

Con el ejemplo de Flegias, convulso de ira y de orgullo, me basta. No quisiera yo hundir la barca, los traslúcidos no pesan. Flegias hizo de Marte rey de los lapitas, indignado de la afrenta que Apolo había hecho a su hija, incendió el templo de este Dios en Delfos y fue condenado al infierno.

Yo, Camondo, fui menos lejos, sólo osé devolverle respetuosamente su talento. Entonces me hizo de cera y me mostró la orilla del fétido pantano, la puerta de ese averno que tal vez en otra época habría yo traspuesto en el tránsito de la barca de los malos sobre el oleaje de las aguas estancadas.





LA SONÁMBULA



Me duermo, alguien que me remezca, mi pulso mengua, a trastabillones me arrimo otra vez a la reja inmensa que guarda ese parque solitario, imponente, sombrío; aferrada a los barrotes me aguarda el ángel, la joven bellísima, con el camisón blanco, el cintillo coronando sus sienes. Nos tomamos de las manos en un dúo de lágrimas, yo, el viejo Camondo, ella, la beldad sin par del pueblo.

-¿Me pintas mi retrato? -me dice como si una musa postergada susurrara esto al oído de su artista preferido.

- ¿Un retrato?

- ¡Inmortaliza mi parecido!

- Hace tanto que no tomo un pincel, ni embadurno el lino.

- ¿Acaso por mí no lo harías? - y su voz es tan tenue que no se bien si sale de sus labios o se trata de ráfagas del céfiro que silba entre los árboles.

- Un retrato, Camondo, ¿me lo prometes?

Sentí que esas manitas se amoldaban perfectamente a las mías.

Me dio curiosidad conocer su casa escondida entre el follaje, tras el primer recodo del sendero.

-¿Pintar yo de nuevo?, ¿negar algo a esa beldad, a esa virgen, esa sonámbula celestial que me lo pedía? A punto estuve de asentir, caer en tentación, pero tuve la suficiente entereza de oponerme, moviendo la cabeza en uno y otro sentido. Entonces me encontré solo de nuevo, los brazos estirados al vacío tras los barrotes. Nadie, la joven no estaba, apenas el sendero de grava; hasta el viento se había recogido.

AI darme vuelta y enfilar hacia Cuncumen, vi a la niña de mis sueños a mi lado, esta vez seria, sin el cintillo, el pelo suelto, siempre vistiendo la túnica liviana.

Se me echó al cuello, no me la podía quitar, la rodeé con mis brazos, la hice coincidir con mi pecho hecho una ruina. Ella, la ingravidez misma, la cintura de nada, el roce de sus senos, sus labios que buscan un beso, nuevamente me rogó una pintura, esta vez de cuerpo entero. Negarse ahora era hacerlo a unos ojos encima, a una palpitación que unía dos corazones.

-No puedo, rompo un propósito que responde a un pasado ya resuelto. No insistas, pídeme lo que quieras, menos que transforme la superficie de una tela.

Desapareció, me hallé perplejo, la verja estaba abierta, sobre los goznes chirriaron ambas hojas, una insinuación a transitar el parque y conocer la mansión.

En lugar de aceptar esa invitación temible, avance en dirección al pueblo. Entonces la joven volvió a interceptarme el paso, completamente desnuda, el par de senos en sus manos, el cuerpo más armónico y decidido a todo que he visto en mi vida, no se trataba de la actitud de una modelo, era la hembra que se insinuaba con una necesidad imposible de no satisfacer; iba a aceptar, ponerme bajo sus órdenes, quitarme la ropa, ir a su carne, sentarme al caballete, manchar, bosquejar y completar el boceto.

- i No -dije-, aparta, no puedo! -y la reja se cerró de golpe, no la volví a ver, sólo una lechuza dio un grito de muerte y cruzó el vano del cielo entre el follaje, con ese vuelo acompasado característico de esas aves de rapiña.

Iba sobre mi cabeza, llevando en sus alas la luz de la luna, la espuma del mar, las nieves eternas, todos los blancos que resisten la oscuridad de la noche.

Se alejó veloz hacia otros derroteros, vastas lejanías, en dirección quizás del entusiasta Sandro, que a esas horas, desvelado en el camarote de un barco, pensaba que con su arte deslumbraría al mundo.

Cuando observé el vuelo de esa última musa, insistente como ninguna, lejana, para siempre desilusionada de mi persona, retrocedí hasta la verja, empujé sus barrotes, me introduje en el parque, Ilegué hasta el recodo y pude ver el palacete, una simple fachada de utilería, una maqueta, repleta es cierto de toda suerte de ornamentaciones, pero sujeta por atrás con enormes soportes y tirantes de madera. Adelante órdenes, columnas, hasta un balcón sobresaliente encima de esa puerta principal que se abría hacia ninguna parte.





EL BAILE DE LAS SOMBRAS



De ese sueño insólito, la virgen en las rejas, la lechuza en su vuelo sigiloso, me despertó el ruido ininterrumpido de una caravana de automóviles que iban ingresando al parque. Me acerque de árbol en árbol para no ser visto, y pude observar atónito, como Ali Babá ante la cueva secreta, el esplendor con que Carranza recibía esa noche en su casa.

Cuatro mozos de librea daban las instrucciones a los choferes donde debían estacionar dentro del imponente parque.

Tras las ventanillas, un tanto desfigurados por la rapidez, vislumbre invitados de gala, peinados sofisticados, diestras enguantadas aferradas a las manillas.

Un mayordomo con un elegante candelabro facilitaba el acceso, aunque sobre las mochetas donde giraban las rejas, un par de farolas iluminaban como de día esa noche sin luna.

Ese recibimiento sí que parecía un sueño; el que recién había tenido con la joven en un dúo tras los barrotes, carecía de la irrealidad del que estaba presenciando. Había conocido dioses de otros cielos, las vicisitudes del arte, la intensidad de la provincia, la majestad del mar, al mismo diablo, el martirio del Tarcisio, el pasado histórico, muchas situaciones, pero era la primera vez que me encontraba ante la opulencia, el poder, la seguridad que otorga el dinero.

Nunca antes sentí vergüenza de mi modesta apariencia, el descuido de mis ropas, mis cabellos en desorden, un montón de trapos lejos de la moda.

Pompeyo Carranza era sin lugar a dudas el hombre más rico de la zona y como tal no se media en gastos cuando abría su casa.

Bajo el porche existía un terraplén techado donde los automóviles se detenían. Un botones abría la puerta y Carranza, erguido, enfundado en un smoking encintado, una camelia en el ojal, se precipitaba con la amabilidad estudiada de un príncipe a recibir al que ingresaba.

Más atrás Cynthia, su mujer, y su hija única, de cabellos dorados, recogidos; ahora había cambiado las alas y la túnica por un vestido de gala, discreto, pero en esa sencillez podía uno apreciar el gusto refinado de un diseñador experta. La guardarropía acumulaba pieles, capas, abrigos, sombreros, un hacinamiento que despedía un efluvio de perfumes revueltos e intensos.

La gran escalera era el punto clave. Sobre su alfombra, sujeta por barras de bronce, iban y venían verdaderos maniquíes, figurines, mujeres intocadas, cuidados escotes, generosas espaldas, sonrisas distantes, miradas soñadoras, frases hechas, un observarse sin poner ninguna atención alrededor. Una verdadera pasarela.

Cruzando los salones se salía otra vez a la intemperie, ahora nos invitaba un extenso long de pasto bajo un toldo amarillo que cubría a la orquesta, al buffet, un par de braseros gigantes encendidos, atenuado el fuego, y mesas interminables de largos manteles repletas de exquisiteces y centros engalanados interrumpidos por candelabros de varios brazos, velas prendidas por puro gusto que hacían a la cera de colores chorrear sin freno, adhiriendo a la plata o derramándose sobre la flamante mantelería.

Dentro, en los salones, deambulaban figuras de oscuro, personajes que con nitidez reflejaban los grandes espejos, duplicando el cansancio, la soledad que a veces acarrea una fortuna importante, un apellido de alcurnia.

Se fumaba, se bebía, se armaban ruedos entre íntimos, que de pronto se dispersaban.

La gente más alegre rodeaba a la orquesta bailando en forma discreta.

Carranza, para amenizar el evento, comenzó a dejar caer monedas de oro dentro de las copas de champan, una jugarreta mal vista por los hombres, pero que sin embargo excitaba la avidez de las mujeres, que olvidando la compostura, se atrevían incluso a introducir la mano enguantada en el licor cuando el anfitrión se unía a ellas con el puño cerrado, repleto de esa calderilla de relucientes quilates.

A medida que las horas avanzaban, los invitados, relajados y al son de ritmos más movidos, se cogían de las manos y formaban enormes ruedos o, tornados por la cintura como un tren interminable, recorrían la casa, saliendo a la intemperie, subiendo las escalas, reingresando al parque, atravesando los salones.

Los dormitorios eran itinerario obligado.

El grito de una dama que se torcía un tobillo, un beso furtivo dado en una espalda al cruzar la penumbra del vestíbulo, indicaban el punto álgido de la chacota.

La cera encima de la mantelería, el amanecer subrepticio anunciando su arribo, palidez nefasta para el retoque facial. El rostro a esas horas sostiene mal los afeites, el negro de los trajes de etiqueta exhibe visos verdes, más de un tul desprendido de su ruedo, el sueño circunda de oscuro las cuencas y los parpados, sobre el plisado de las pecheras manchas feas, las corbatas de rosa pierden el nudo. Pero la orquesta, a prueba de cualquier fatiga, redoblaba sus bríos, dirigida por un animador falso que tras una sonrisa alquilada, cuenta las horas para pagarse y dar la espalda a esas comparsas que desprecia.

A medida que la noche avanzaba, me fui acercando a ese resplandor que emergía tras la copa de los grandes árboles.

Otra vez me pegué a los barrotes, nadie reparó en mí. Visto desde dentro parecería un prisionero en plena libertad.

Entonces, sin querer, al afirmarme contra esa verja, esta, que estaba sin candado, cedió, se abrió, desafiando a los matones que la hija de Carranza el día anterior enviara a quitarme las alas. Entré.

El desorden me facilitó el recorrido; arribe hasta el porche donde me sorprendió ver dos cabezotas de mamut empotradas a cada lado de los arcos, trofeos de continuos safaris. La mampara de cristales estaba abierta; la traspuse, y ya en el amplio vestíbulo, observe a esos grupos de invitados que andaban tan en lo suyo que no repararon en mi atrevida irrupción. Incluso un mozo se me acercó con la bandeja y me ofreció una copa que rehusé. Envalentonado, crucé hacia la gran escala y en uno de sus peldaños, me senté. Un seguro escondrijo desde el que podía observar cómodamente sin ser visto.

Fue en ese momento que se escuchó la voz de Pompeyo Carranza, que golpeando las palmas ordenaba apagar las luces. No alcanzo a insinuarlo y nos vimos iluminados por los candelabros.

La orquesta redoblo sus sones y el dueño de casa, dando el ejemplo, se tomó de la cintura de Cynthia y otra vez se formó la cuncuna interminable a la que se iban integrando todos, tal así que una mano enjoyada de mujer me arrancó de mi lugar para sumarme a la cola. Me colgué de una cintura, en tanto la dama lo hacía de la mía y deslumbrado, fui circulando por esos ambientes mullidos, tapizados los muros de brocado rojo, los dinteles de las puertas recubiertos de carrara, los cielos pintarrajeados con escenas mitológicas de Marte, Venus, divinidades por mi conocidas, que al verme huían hacia unos escorzos solucionados a medias.

Los grandes espejos frente a los que atravesábamos, pesados, inclinados, sus marcos dorados con coronaciones complicadas, elevaban el piso, dándole un ángulo novedoso. El conjunto de retratos, la mayoría severos, almas en pena cuyos ojos nos seguían donde quiera que el alegre culebrón nos contorneaba.

Cansados, algunos renunciaban, y al salirse cortaban la cuelga, pero inmediatamente esta se proponía, y continuaba esa alocada carrera donde el tul de los vestidos iba quedando ahí, rezagado, lejos del ruedo como vendas, bruma artificial.

Para dar por terminado el juego, de pronto regresó la luz a las arañas de cristal y todos reaccionaron, evidenciando su cansancio.

Fue cuando me encontré frente a frente al dueño de casa, quien sorprendido me examino de pies a cabeza:

- ¿Y este pililo quién es?

Una mujer de sus años, muerta de risa, un tanto entonada por los copetines, cogiéndome de la barbilla, subrayo la interrogación con una frase mucho más caustica:

-Amigo, ¿es usted chancho que da manteca?

Busqué en ese momento un rostro al que pedir socorro, pero sólo vi expresiones solidarias para con el señor Carranza.

Entre los trajes negros y los de gran ruedo, la joven, el ángel, se abrió paso, me miró fijo y señaló con su índice acusador, forrado en cabritilla, un guante interminable que cortaba una pesada pulsera de oro de un antepasado. Ni siquiera abrió la boca.

Iban a cogerme del cuello, cuando ocurrió un hecho insólito. Irrumpió en el salón un invitado que recién Ilegaba, había perdido las señas del camino por la torpeza del chofer.

– i Aníbal ! -fue el grito unánime, y la atención viró hacia un robusto hombre, que bajo el dintel de la puerta que lo enmarcaba, parecía un retrato de época.



Se trataba del Cónsul General de Chile en Nueva York, destacado diplomático de vasta trayectoria internacional. Para deslumbramiento de la concurrencia, exhibía una condecoración terciada al pecho, y, a diferencia del resto, sus modales cuidados, y una cierta distancia que cautivaba sin disimulo, le otorgaban esa típica actitud del diplomático de carrera, que para todos tiene una falsa y estudiada sonrisa a flor de labios.

Carranza dio unos pasos hacia el importante invitado, mientras con la mano daba instrucciones por lo bajo para que me expulsaran de la presencia de tan excelso visitante.

Pero no sólo para mi sorpresa, sino para la de toda esa concurrencia, el cuadro se revirtió, ya que el Cónsul miro por sobre el hombro de Pompevo y fijándose en mi deteriorada apariencia, exclamó:

- iCamondo, vaya que orgullo, pero que haces aquí con toda esta burguesía! ¿Son acaso mecenas o sólo coleccionistas? ¿No sabes, Carranza, a quien cobijas bajo tu techo?

Terminando este sorpresivo elogio, se me vino encima, echándome los brazos, palmoteándome. Acto seguido, me tomó por los hombros, en tanto una doble fila atónita se formaba, por donde lentamente me condujo ante el desconcertado Pompeyo.

- Ahora usted, mi célebre Camondo, me va a explicar, uno por uno, los cuadros de esta casa. Estoy deseoso de escuchar de sus labios la interpretación juiciosa de los diferentes maestros y sus respectivos estilos.

Así, atravesamos esa corrida de mujeres y hombres sorprendidos. A medida que avanzábamos, iba mi vista inquieta, deteniéndose en piochas, broches, cuentas caras, perlas, pedrerías, aros, gargantillas, dijes, cadenas, solapas de seda, botones, pulseras, solitarios, diademas.

Dejamos atrás el salón absolutamente inmovilizado, en completo silencio, todas las miradas fijas en nosotros, que nos dirigimos al escritorio donde Carranza poseía una pinacoteca de conocidas firmas.

Pompeyo, aprovechándose de que el Cónsul indagaba sobre sus deseos, ordenó le prepararan una mesa aparte, donde con gran empeño se dispuso la mejor vajilla.

-¿Por qué no me acompaña usted, Camondo? No me agrada cenar solo -expresó el diplomático, obligando a Carranza a ordenar otro puesto.

Y así, cenamos como si un rey lo hiciera con su artista favorito, solos, rodeados de la corte estupefacta, que en completo silencio seguía cada corte del cuchillo en el pavo, los labios en el borde del cristal, la punta de los dedos en el aguamanil.

Como la fiesta languidecía, y ya no había modo de detener la luz diurna que irrumpía por cuanto orificio comunicaba el salón con el exterior, el Cónsul me ofreció gentilmente llevarme de vuelta en su limusina, que aguardaba la primera ante la puerta de la mansión.

Nos despedimos de tan selecta comparsa, y sin advertirlo, me vi sentado atrás en un coche de lujo, las cortinas corridas, un vidrio biselado aislándonos del chofer, quien, de riguroso uniforme, conducía.



- ¿Adónde lo llevo? -me preguntó cuando ya habíamos dejado el parque.

Como viera que le respondía con un prolongado silencio, los ojos bajos, tristes, tratándose de un hombre cauto, acostumbrado a saldar situaciones difíciles, acotó en forma muy natural:

-Descuide usted, mi amigo, ya me lo dirá, tenemos todo el tiempo del mundo. Piense que el camino es largo, se ve cansado, deberíamos aprovechar de dormir, “hacer un cachorrito”.

Y sin agregar más, se acomodó contra el respaldo de cuero. Cayó.

Por el camino de Santiago.

Cartagena, 1996-1997