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sábado, 26 de abril de 2014

Semblanzas del Cuzco

"Vista en el Cuzco". Tinta sobre papel, 17 x 12 cm. 1978.


                                                                                     Para María Luisa Bombal


Ahora se perfilaban nítidas las montañas que circundan la ciudad imperial de los incas. El verdor de sus campos inundados trepa las laderas a competir en intensidad con el azul profundo del cielo, en donde gigantescas nubes luminosas permanecen horas sin que el viento las desfigure ni desplace. La atmósfera más diáfana del mundo engaña a los sentidos percibiéndose como cercanas, profundas hondonadas y escarpadas alturas que en realidad están muy lejos. Al fondo de las quebradas, el extenso valle sagrado alberga el río Vilcanota que pierde su nombre cuando la sierra se interna en la selva. Ahí la vegetación cubre enteramente la tierra roja y abundan enredaderas de flores blancas que carecen de olor. Sin embargo, en los parajes más hondos hay limoneros y naranjos que conservan todo el año el azahar. Cedros, álamos, sauces, olivos y nogales desalojan a los molles y viejos pisonayes, de cuyas ramas cuelgan helechos parásitos. Es la región del Urubamba, que limita por el norte al cercado del Cuzco.




(Texto publicado originalmente en El arco y la lira No 5, Universidad de Chile, Santiago, 1980, p.34; y en las Obras Completas, Tajamar Editores, 2013, p.803)

sábado, 16 de noviembre de 2013

El Retrato de León X, de Rafael Sanzio (1978), por Adolfo Couve




La forma lograda, perfecta, que se advierte en este retrato magistral se opone en cierto modo a la biografía de los personajes que esa misma forma encierra. Fueron ellos protagonistas de una de las épocas más llenas de miseria, inestabilidad y desórdenes que conoce la historia.
Tentado se siente uno de pensar que si alguna religiosidad presenta este cuadro, ella se encuentra mejor representada por el trabajo del artista, por la hermosura de la obra, que por los personajes mismos.Estas formas retenidas construyen, por medio de la línea exacta, a los personajes, y no es posible desviar ni un milímetro el circuito que hace el contorno de las figuras. Nunca en Rafael se da el desdibujo. Cada uno de esto volúmenes posee un centro de tensión que, al mismo tiempo que deja estático el total, dinamiza cada parte del trazado.
El dibujo implica forma, color. En esta obra el artista no conecta unas formas con otras, abriéndolas, como hacen los pintores del barroco y los claroscuro, para crear otras nuevas y así ubicar en el plano vertical varios puntos de interés. Tampoco recurre a la solución del color-valor de los realistas, que relacionan los distintos elementos a través de traducir sus calidades, logrando la unidad a partir de las diferencias.
En este retrato la forma absolutamente cerrada y rotunda va configurando cada objeto, cada figura, limitándose por un arabesco infranqueable. Rigor y conocimiento del dibujo que, de tan preciso, arma el volumen, el peso, el centro de gravedad de cada elemento. Los volúmenes en este caso no están dados por la degradación de tono, o sea, el paso armónico de las sombras hacia las luces, sino por la exactitud de las formas. Se trata de una obra abstracta, ya que ésta es la naturaleza del dibujo. Dibujar con una sola línea una circunferencia basta para insinuar su volumen. Así, el artista que domina la realidad de la forma sabe que cuando todos los puntos que la completan están bien situados, manteniéndose equidistantes de su centro, ésta reproduce lo que se propone, ya sea volúmenes, parecidos o distancias, sin tener que recurrir el pintor a soluciones que involucren a la luz, la sombra o la atmósfera. Es privilegio de muy pocos representar a la naturaleza con una línea.
La plenitud de la forma invita a la plenitud del color. El color puede, entonces, delimitado por zonas precisas, lograr toda su intensidad. No corre el peligro de ser sometido a los deterioros a que lo expone la luz. Cuando la forma que encierra al color es imprecisa, para obtener el artista una completa expresión debe castigar la intensidad de éste, exponiéndolo al fenómeno lumínico que esparce la atmósfera y conecta las formas abiertas en el plano.
No es el caso de este retrato notable en que el color no pierde nada su intensidad, y el claroscuro que muestra la esclavina del Papa León X, por ejemplo, es sólo aparente, ya que por sobre el interés de los pliegues está la vibración del rojo.
Sólo cuando se tiene tal dominio formal se puede ejecutar esa variedad de rojos que ni se mezclan ni confunden. Cada cual encerrado, vibrando aisladamente, formando en conjunto un concierto de bermellones, rojos de cadmio y lacas granzas. Con el tiempo aprenderán los pintores coloristas que está de más en sus obras el empleo de la tercera dimensión y que al perseguir la forma y asilar por ello el color, el interés de su trabajo radicará en las relaciones que se establezcan entre los diferentes planos coloreados. A fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX se enuncian las primeras teorías del color, y será ara algunos artistas tan apasionante lo que les revelará la descomposición de la luz a través del prisma que se opondrá a los adeptos al claroscuro y al color-valor, considerados por ellos como pintores sensoriales, no conceptuales..
Los coloristas requerirán de la bimensionalidad para la ejecución de sus verdaderos ejercicios de colores exigidos o complementarios, primarios, secundarios y todas las alternativas que esta ciencia encierra. La escuela veneciana, posterior a este retrato, buscará para su color las formas planas.
Los retratos de esa época irán perdiendo el volumen. Sucederá lo mismo con los retratistas barrocos. No todos, desde luego, sino aquellos que guiarán a la pintura, como es el caso de Velázquez, hasta la experiencia de Cézanne. Matisse, continuar de la escuela colorista, hábil dibujante, sostendrá al final de su vida que el colorista incluso puede reemplazar el color pintado sobre la tela por papeles de color impreso y recortar éstos con tijeras para formar maravillosas composiciones ornamentales. El término ornamental “ornamental” indica el peligro en que incurren algunos coloristas al usar la forma y el color puros al servicio de otras artes.
Cuando hay una concepción previa, la intención del creador da siempre resultado, éste, coherente y bello, puede llegar a mecanizarse, deshumanizarse, y perder así, a pesar de sus logros, todo interés. Otras artes, entonces, como la arquitectura, ocuparán sus servicios, engalanando sus limitaciones. En estos tiempos grandes pintores decoran obras públicas, y un conocido escultor inglés pinta aviones.
Se ha invadido el campo de las artes aplicadas. Contradicción a que todo esquema preconcebido conduce. Estos artistas puros se ponen al servicio de lo funcional. Un avión, una fuente de soda, la promoción de un desodorante, etc.
No es el caso de Rafael Sanzio, artista insobornable, que maneja esta ciencia en provecho de un retrato impecable. Es capaz de humanizar la solución formal y colorista convirtiéndola en figuras que expresan matices sicológicos, contradicciones, ansiedades, ambiciones.
Al enunciar algunas tendencias y escuelas que adhirieron a esta solución del color y la forma puras, deliberadamente soslayé a os pintores neoclásicos, David y sobre todo Ingres. Este último, quien requiere un estudio aparte, durante su vida se declaró discípulo incondicional de Rafael, intentando emular a su maestro sin lograrlo. No he querido referirme a ellos, porque su aporte a la historia de la pintura, a pesar de considerar a Rafael como su única guía, resultó muy diferente de lo que se proponían.
El efecto teatral, literario, hueco y escenográfico de sus obras, que si bien tienen el valor de replantear el rigor después de la inconsistencia del siglo XVIII, se aparta bastante de la sublimidad del maestro, que no se propone reparar nada, ni emplea dogmatismo alguno para realizar los cuadros formalmente mejor resueltos de la historia de la pintura universal.
En retrato de León X, junto con el de Baltasar de Castiglione, y otros, así lo prueban. Sobre todo éste que analizamos, en el que utiliza un color primario, el rojo, magníficamente sostenido, Como es imposible que el rojo pueda estar separado de su color exigido, o complementario, veremos que el fondo del cuadro es frío.
Para el geranio, por ejemplo, la naturaleza ha hecho lo mismo, roja la flor, verdes las hojas. El preciso tono cálido para ese verde. De este modo, los rojos del retrato se equilibran. El blanco que recorre el bonete y la esclavina y aparece ocupando importantes superficies en las mangas de la sotana de brocato, juega el papel de neutro para descanso de tanta vibración. Lo mismo hacen la esfera del respaldo del sillón, la campanilla de plata, la lupa y el infolio.
Magnífica naturaleza muerta que denuncia los gustos del pontífice.
Tanto en las mangas como en la campanilla, el libro y la lupa, o sea, donde no hay lugar para que el color vibre en toda su intensidad imitación de la realidad a través del dibujo y nos hace sentir el relieve del metal. La transparencia del vidrio. La calidad del papel y del brocato. Porque allí, en esos detalles, no existe el color puro y los blancos y los platas permiten utilizar a la luz para cincelar el metal o dibujar el género.
Los rostros no escapan a la inmovilidad del cuadro y apuntan en tres direcciones opuestas. El parecido no cabe duda que es total. Lo denuncia la prolija factura de los objetos. León X y los cardenales aparecen aislados y cada uno mostrando una personalidad tan distinta, que inevitablemente hace pensar en su incomunicación. El aislamiento de las cabezas parece mayor que el de los cuerpos, unidos pro rojos en gama.
La figura central, obesa y refinada, es la del Papa León X, quien tiene a su izquierda a su primo Julio de Médicis, el futuro y controvertido Clemente VII, y a su derecha, al cardenal Luis de Rossi, pariente lejano de ambos.
A estos dos papas Médicis correspondió soportar los peores acontecimientos del siglo XVI, LA Reforma de la Iglesia, las guerras de Italia, asesinatos, derrotas, humillaciones y males inimaginables. Sin embargo, el cero férreo que Rafael les ha tendido por medio de su forma inamovible, muestra a estos turbulentos personajes presos dentro de las reglas de su oficio de pintor, y la tensión feroz que se produce entre la personalidad de los Médicis de Roma y la sublimidad de la forma y el color impuestos por Rafael, ofrece un espectáculo violento dentro de una aparente quietud. Esta contradicción entre forma y contenido hace pensar en la dualidad del alma, tentando al espectador a pensar que el orden de estas categorías estaría alterado, ya que veríamos lo inmaterial en lo externo, vale decir, el color y la forma, y lo material en esos seres de apariencia tan mundana. A este mal pensamiento nos conduce la religiosidad que surge del cuadro mismo, del conocimiento absoluto que Rafael tenía de su arte.
LEON X Y CLEMENTE VII
Esta obra no sólo tiene el valor de un retrato. Es, además, uno de los documentos más ricos y fundamentales de una época y una familia extraordinaria, a las que mucho debe el mundo del arte.
No se puede ignorar la dedicación que León X tuvo por gran cantidad de poetas, dramaturgos, músicos y artistas de todas las tendencias. Protegió la obra de Rafael con más interés que el mismo pintor. Segundo hijo de Lorenzo el Magnifico, fue educado con esmero en la corte de su padre y tuvo como maestros a aquellos destacados humanistas que acogieron como nuevo el pensamiento antiguo. Su padre, el estadista y mecenas más destacado del siglo XV, modelo de reyes, tiranos y emperadores, lo consideraba, de sus tres hijos, el más dotado esto hizo que influyera ante la Santa Sede para obtener para Juan el capelo cardenalicio cuando este niño contaba sólo trece años.
El futuro León X conoció en su juventud el debilitamiento del gobierno de su padre, su enfermedad y su incompetencia para detener la devastadora proposición de Savanarola, que en nombre del castigo eterno, obligó a la ciudad de Florencia a destruir cientos de obras de arte y volvió a la fuerza el corazón de sus habitantes al arrepentimiento. Los mismos artistas que habían servido a la casa de Médicis, como es el caso de Botticelli, acataron las imposiciones del monje dominico.
El odio despertado por Savonarola en contra de las nuevas manifestaciones del arte provocó en este niño una reacción que hizo que durante su reinado diera especial relevancia al estímulo y protección del arte y sus creadores.
En su juventud conoció los trastornos de la invasión de Carlos VIII, el temible rey adolescente que abrió para la cultura occidental las ciudades italiana sin encontrar resistencia. Deslumbrados los franceses ante este arte nuevo, el renacimiento volvieron periódicamente a Italia para destruir, imitar y conocer.
Muerto Lorenzo el Magnífico, su primogénito, Pedro el Infortunado, heredero de la Casa Médicis, perdió el gobierno, y la familia conoció un prolongado destierro. Tiempo después Savonarola era excomulgado por Alejandro VI, el Papa Borgia, luego ahorcado y quemado en la plaza de la Señoría. Colón descubría América.
Entre los familiares que erraron casi catorce años por las cortes de Europa se contaba un primo de León, Julio hijo de Julián, el asesinado en la Catedral de Santa María de las Flores, en la famosa conspiración de los Pazzi. Este es quien aparece a mano izquierda del pontífice en el retrato. Fue, luego del breve reinado de Adriano VII. A él correspondió asistir al pero período que recuerda la historia de la Iglesia; la rivalidad de Carlos V y Francisco I, las invasiones sistemáticas de sus ejércitos de mercenarios, el avance de los turcos sobre Hungría hasta las puertas de Viena, Lutero y la separación de la Iglesia, el problema conyugal de Enrique VIII y la pérdida de la Iglesia de Inglaterra, y finalmente, el horrible saqueo de Roma, en que las hordas de Emperador, defensor de la cristiandad, se dejaron caer sobre la ciudad e hicieron de ella durante meses el escenario de los actos más deleznables que se recuerdan. Clemente, que había pactado con todos, en esos difíciles momentos no recibió ayuda de nadie. Refugiado en el castillo de Santángelo, logró evadirse disfrazando de vendedor ambulante.
Más tarde, habiendo recuperado el favor de Carlos V, emprendió con su ayuda la reconquista de Florencia. Asediada la ciudad de los Médicis por las tropas españolas, se rindió, y Clemente puso en el gobierno a su presunto bastardo Alejandro, asesinado más tarde por Lorenzaccio.
Antes de morir, Clemente casó al último retoño de los Médicis, la pequeña Catalina, con el segundo hijo de Francisco I, luego Enrique II. Viuda del rey y madre de tres reyes, rigió los destinos de Francia hasta muerto.
Al admirar este óleo, todos esos acontecimientos se nos hacen presentes. Cuando pidieron a clemente VII el retrato, que se guardaba en el palacio Médicis, en Florencia, envió a hacer rápidamente una copia para obsequiarla, ocultando el original.
RAFAEL
En toda la obra de Rafael se mantiene una misma tendencia: eliminar lo superfluo a favor del total. Preocupa y apasiona a este artista despojar de todo detalle a sus creaciones, para alcanzar así una síntesis tan plena y humanizada que no hace perder a sus formas nada de su universalidad. Este afán de dar la sensación de que lo accesorio, el detalle, estuvo antes, pero ahora has sido eliminado, lo logra por la riqueza invisible que se advierte en todo lo que pinta. Esto es lo que hace tan difícil analizar su obra. Cuando lo intentamos, al observar una de sus madonas, por ejemplo, las encontramos simples y elementales, y, sin embargo, no es imposible desentrañar las múltiples conexiones ocultas, las secretas relaciones que o vemos y están latentes. Tienen, como las culturas griegas, todos los detalles, pero ninguno a la vista.
Cuántos observadores, incluso estas. Críticos y artistas, han caído en la trampa que tienden estas obras, censurándolas duramente. Sin embargo, admiradores y seguidores, sin prejuicios, premunidos a veces de un gran talento creador, como el mismo Ingres, no alcanzaron siquiera a imitarlo. Intente cualquier pintor copiar el simple rostro de alguna madona y verá que no logra el óvalo, ni mucho menos colocar los rasgos en su sitio volviéndolos, como en el modelo, de esa inexpresividad aparente que hace que el observador lo modifique según su propio estado de ánimo.
Ya en Leonardo y el Perugino, aprendió Rafael a despojar las formas y a utilizar el sutil “esfumado”, que enriquece sin tener que recurrir a los detalles para lograr la expresividad.
Rafael fue más lejos. Sus madonas, pilares del arte occidental, muestran estas cualidades, pero les falta el rasgo aparentemente anecdótico y hasta ilustrativo que logra en sus célebres “Estancias” del Vaticano. Pinturas murales éstas que Rafael realizó bajo los reinados de Julio II y León X. En “La escuela de Atenas”, “La Disputa”, “El Parnaso”, “Heliodoro” y tantas otras, verdaderas epopeyas pintadas, la forma pierde aparentemente su seriedad y, libre, siempre dentro del rigor y la coherencia, se vuelve el testimonio cumbre de la época de oro del arte renacentista romano. Es pagano, ameno, hasta superficial por la simpatía que irradian los personajes de la antigüedad clásica, musas, filósofos, guerreros, invasores, toda una galería de recuerdos que, al ser revividos, hicieron de Rafael el primer pintor de escenas históricas, el primer ilustrador de la historia. Sin embargo, tras estas frivolidades y anécdotas, la simpatía de as formas anuncia una madurez y habilidad tales que la seriedad de las soluciones queda oculta por ese aparente afán ilustrativo que sí es una trampa para quienes no advierten la rotundez formal que oculta lo literario de los temas.
La libertad que alcanza Rafael en sus “Estancias” intimidó al mismo Miguel Ángel, a quien se le había encomendado el “Juicio” de la Capilla Sixtina. Sin embargo, este genio, este artesano genial, iba a influenciar a Rafael en su último período, arrastrando no sólo a este artista sino a todos los que vendrían, a la forma distorsionada que rompe la armonía, aparentemente inexpresiva, que se logra por la forma plena.
Miguel Ángel impondría como norma la expresividad, postura en que el artista se retratara en cada abra que emprende, siendo difícil discernir entre obra maestra y autobiografía. El siglo XVI conocerá el fin del apogeo renacentista, y el manierismo, obra de Miguel Ángel, conducirá el arte italiano a la decadencia.
Leonardo no quiso acudir en Roma a conciliar su personalidad rebelde con la recuperación de la Iglesia y prefirió expatriarse en Francia. A Rafael, en cambio, le correspondió ese momento previo a la Contrarreforma en que le fue posible sintetizar todo el movimiento libertario del siglo XV. Recuperada la Iglesia en el siglo XVI, ocupó los servicios d Miguel Ángel y, entre la huida de Leonardo y la construcción de la cúpula de San Pedro, pudo Rafael pintar la forma despojada de toda utilidad. Ella por sí misma, el color por el color, el arte por el arte, con libertad, sin compromisos, con la euforia de la realidad presente, sin las amenazas de los que quieren descalificar la existencia, empañar la lícita alegría de vivir.
Fue el Papa León X quien supo comprender la naturaleza de Rafael, estimulándolo para que rindiera lo mejor de su talento, sin reclamar nada en cambio. En este retrato, el artista se esmera por retribuir a sus mecenas. Lo pinta en un momento de esparcimiento en que revisa un infolio. Era lo que más encantaba a este pontífice con alma de artista.
Sobreviviría al pintor en tan sólo año. La muerte de Rafael conmovió hondamente a la población de Roma. Moría un genio, un joven, un poeta, un amante de la vida, un cultor de la belleza y de la forma, un inconsciente, un desaprensivo. Moría el presente.


(publicado originalmente en El arco y la lira I, Universidad de Chile, Santiago, 1978 y parte de la compilación Escritos sobre arte, Ed Universidad Diego Portales, Santiago, 2005)

El perseo de Cellini, por Adolfo Couve





FLORENCIA
Los atardeceres sucesivos han aletargado para siempre la otrora próspera ciudad de los Médicis, la majestuosa Florencia. Hoy deambulan por sus calles empedradas turistas que, atraídos por la fama de su historia y de sus obras, acuden a admirarla, ajenos, ignorantes la mayoría de las veces, respetuosos en exceso, conmovedores por el sacrificio que les significa llegar desde tan lejos.
Calles que conocieron el silencioso paso del Dante meditabundo, deslumbrado ante el bullicio de la obra que ensordecía su mente. Calles turbulentas, no de forasteros, como ahora, que sólo siguen itinerarios impuestos.Calles que supieron de crímenes, revoluciones, resistencia, pillaje, fiestas, desfiles, procesiones, amor, saber y milagros. Calles que vieron transportar al David gigante de Miguel Ángel, sobresaliendo
Perseo (1545-54)BronseLoggia de Lanzi, Florencia
la enorme cabeza por sobre el techo de las casas o asomándose a las ventanas de los grandes edificios, hasta ser depositado junto a las puertas de la Signoria. Calles que escucharon el grito de Lorenzo clamando venganza contra los asesinos de su hermano. Torreones almenados y cornisas desde los que pendieron boca abajo los cuerpos mutilados de los malhechores. Calles que llevaron al pueblo aterrado junto al púlpito de Savoranola, demente, sediento de justicia apocalíptica, iracundo en su imposibilidad de doblegar las conciencias. Plazas que sirvieron de plataforma para hogueras de incrédulos y herejes. Ciudad que una noche, alumbrada por las antorchas, vio girar sus enormes goznes para dar paso a la invasión de Carlos VIII, niño aún, perverso, ofuscada la razón por ensueños irrealizables, empeñado en emular a los héroes del pasado. Excesos, pendencias, comercio. Visitas, no de un bus de grandes ventanales, repleto de equipajes y audífonos en cada asiento, que aguarda en una esquina a que sus pasajeros, una vez cumplida la excursión a tiendas y museos, se vuelvan al interior para continuar el viaje, sino visitas del Patriarca, el Emperador y los sabios de Bizancio, esos grandes perturbadores del pensamiento medieval.
Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, Pico de Mirándola, Dante, Botticelli, Brunelleschi, Verrocchio, Maquiavelo, Masaccio, León X, Clemente VII, Donatello, Lorenzo y tantos otros, actuaron en la vida cotidiana de esa pequeña ciudad del norte de Italia. Hoy no queda rastro de sus voces y sus gestos, ni se sabe el lugar preciso en que habitaron. Hoy el Palacio del Bargello es sólo un ordenado museo y no acontece en su patio otra cosa que la lluvia torrencial que a veces lo inunda. Ni se escucha por las noches la cabalgata de Lorenzacio sobre uno de los puentes del Arno, acudiendo a adular a su víctima, ni se oye el dulce canto de Policiano enamorado, ni caen desde los balcones flores y tapices al paso de los carros alegóricos de los torneos que organizaba Lorenzo. Calles que conocieron la miseria de Botticelli, abandonado, sin recursos, apoyado en dos bastones. Lugares que fueron testigos de las amargas recriminaciones que hiciera Miguel Ángel a Leonardo. Ciudad que con las puertas de un Bautisterio "dignas del cielo" abrió el renacimiento al mundo y levantó una cúpula tan espléndida que detuvo el sueño gótico para siempre.
Hoy los turistas buscan allí de preferencia, en vez de puñales, oro y renimbre, abrecartas, cofres vacíos, láminas objetos de cuero repujado, menelería de hilo.

EL PERSEO
A pesar de que la ciudad de Florencia es más bien hoy un recuerdo, que sus palacios, iglesias y conventos están convertidos en museos, que el nombre de sus tiranos condotieros y mecenas ya no amedrenta a nadie sino que, por el contrario, divierte y excita la imaginación del visitante, de que el David de Miguel Ángel que resguarda a la Señoría es una mera réplica, a pesar de todos estos cambios, sorprende un testimonio del pasado que ha quedado intacto, libre de las modificaciones que produce el tiempo, como si los viejos florentinos, orgullosos de su fuerza, le hubieran confiado para siempre el cuidado de su ciudad. Resulta incomprensible que esa obra maestra permanezca aún a la intemperie. Se trata del Perseo de Benvenuto Cellini, ejemplo cumbre del manierismo italiano, escuela transitoria entre el fin del renacimiento clásico y los comienzos del barroco.
Erigido bajo las arcadas de la Loggia dei Lanzi, empuña desafiante su espada corva, en tanto sostiene en alto en la otra mano la cabeza horripilante de Medusa, coronada de serpientes. Sus pies de calcañar alado se posan sobre el cuerpo inerte de su víctima, el que arroja por el cuello rebanado un torrente de sangre. La postura arrogante y sumisa al mismo tiempo de formidable mancebo recuerda a un gladiador del circo en el momento de recibir el veredicto del César.
El Perseo es el reto de un artista corrompido perniciosamente influido por su maestro Miguel Ángel, quien supo disimular el germen corrosivo que encerraba en sus obras. Cellini, en cambio, tocado por esta distorsión oculta y contagiosa que se advierte en las grandes realizaciones de Miguel Ángel, sin percatarse de que aquella expresión atentaba contra la placidez formal del renacimiento, difícilmente conseguida a través del siglo XV y principios del XVI, se entregó ciegamente a los cánones que pregonaba el maestro, convirtiéndose, junto con sus contemporáneos, en un realizador ambiguo, preciosista, artífice y artesano de fallidas esculturas que se le volvieron objetos, que perdieron su dimensión de tales, pasando de obras de arte a joyas de sobremesa, de volúmenes sujetos a la realidad del espacio y de la luz, a tesoros celosamente guardados en una vitrina.
Manierismo se denomina este estilo, impuesto por Miguel Ángel, encubierto por su genio, requerido por la contrarreforma. Significó el enlace adecuado para que el arte medieval, el gótico tardío, pudiera continuar en el barroco, expresión análoga que sacrifica la forma en pro de su contenido. Dos siglos de expresión no comprometida, de arte por el arte, había cumplido su tarea. La muerte de Rafael, último creador, según estas normas, deja el camino abierto a Miguel Ángel, quien sostiene que la belleza ha de estar al servicio de una determinada causa. Como él es sólo el iniciador de este postulado, se advierte en sus obras colosales la lucha encarnizada entre esas dos tendencias, lo interno y lo externo, la forma y el contenido, ambigüedad que refleja las dudas, angustias e inquietudes espirituales del escultor. Profundamente afectado por el desacuerdo entre los hombres de la Iglesia, aquel mal entendido dogmático repercutió en la concepción estética heredada de sus predecesores Donatello, Masaccio, el Verrocchio, Rafael, Leonardo, Botticelli y tantos otros. Estos le habían enseñado a evitar la proyección subjetiva cuando el artista se aboca a la belleza.
La reforma adquirió dimensiones imprevistas. Miguel Ángel no vaciló en combatirla y, desequilibrando esos postulados, insufló ira y reproche en sus mármoles para reprender y advertir a los herejes, agigantó el David más allá de las dimensiones de un Goliat, enfureció sobremanera a Moisés, perturbó las conciencias con un panorama aterrador de lo que sería el juicio final.
Como acontece siempre en los precursores, las innovaciones que propulsan no alcanzan a alterar totalmente las concepciones heredadas y, como en el caso de Miguel Ángel, ellas sirven para enriquecer lo que había, resultando sus obras terriblemente favorecidas, ya que se benefician de lo aceptado y garantido e insinúan sólo cambios, sin que éstos comprometan a atenten contra el total.
Cellini no tomó las debidas precauciones. Tampoco tenía el talento de Buonarotti. Sin embargo, su arrojo y la desaprensión con que puso su genio al servicio de sus amos que lo obligaban a fundir, esculpir y grabar sellos y monedas, tallar y montar gemas, esmaltar camafeos, moldear medallones, bajorrelieves, copones, cajas, armas, joyas, recipientes, cubiertos, no le impidieron lograr una obra significativa y maestra: el Perseo. Bronce que se yergue soberbio frente a la plaza de la Señoría como protesta y testimonio del inmenso talento de su creador, obligado por las circunstancias a ocupar sus dones al servicio de la codicia de sus contemporáneos, que necesitaban palpar, esconder y poseer oro, perlas, jade, marfil, diamantes y ámbar, plasmados en objetos preciosos. Ningún pontífice, mecenas o monarca trepidó, llegado el momento, en reducir esas obras de Cellini cuando las circunstancias lo requirieron. Más pudo el oro de un vaso que el trabajo que contenía. El relieve de un objeto precioso fue derretido para devolver a su dueño el metal empleado. Sólo se conservan contados objetos suyos. Afortunadamente lo que protegió y salvó al Perseo de la codicia es que es una joya disimulada que tiene las dimensiones y la apariencia de una escultura, y no es de oro.

LOS MECENAS DEL ORFEBRE
Ni la ninfa de Fontainebleau, ni el salero de Francisco I, ni el busto de Cosme, alcanzaron esa ambigüedad única que hace del Perseo una obra verdaderamente inclasificable. A quien crea ver en ella una escultura, se le vuelve un objeto precioso, y quien así lo considera, comienza a vislumbrar la obra escultórica. Cumple ésta sólo de una manera indirecta con el espacio de los problemas de la luz, ya que los volúmenes deben soportar una doble función, la de obra escultórica y de orfebrería. Aquí la parte decorativa, lo accesorio, lo banal, los detalles no perjudican a la obra, como sucedería en una escultura, sino que se justifican debido a que están utilizados en favor de la expresividad y el sentido del personaje, quien por su porte y dimensiones imponentes lo necesita, pero no por esto se deja dominar por ellos. Este afán decorativo y preciosita, a pesar de todo, envuelve a la obra y la sostiene. El plinto sobre el que descansa es una joya.
El Perseo es una recompensa, un premio para el gran artista que fue Cellini, hombre de carácter difícil, pendenciero, huraño, a quien la historia señala incluso como autor de algunos crímenes. El mismo, en su célebre Vita, así lo declara. Creador infatigable, generoso, más preocupado del trabajo a que obliga la belleza que en buscar renombre, perturbado por los acontecimientos y los hombres de su tiempo, por los artistas tan tremendamente dotados que le antecedieron, buscó refugio en el trabajo menudo, cincelando, fundiendo y modelando, en los abismales senderos del mundo diminuto en donde los sentidos se embriagan de igual forma que al contemplar los astros en el cielo. Poco antes de morir el destino le llevó a fundir, venciendo muchas dificultades, su Perseo inmortal. Obra que resume y premia su trayectoria y el número incontable de sus obras perdidas.
Dos hombres, un pontífice y un rey, con problemas similares a los de Cellini, lo estimularon: Francisco I y Clemente VII. Ambos conocieron las humillaciones, el fracaso, lo que hizo que en cierto modo se identificaran con el artista. Con qué vehemencia defendió Francisco I a Cellini de sus adversarios, y Cellini, con qué abnegación acompañó a Clemente VII en el encierro del Castel Santángelo durante el saqueo de Roma. Clemente, el Papa que al subir al trono de San Pedro había sido objeto de grandes elogios y expectativas. Francisco I, por otra parte, antes de la derrota de Pavía, fue el joven monarca más promisorio de Europa. La suerte les fue adversa. Cellini se entendió con ellos. Tanto el rey como el pontífice demostraron por este hombre, unánimemente considerado como intratable, un aprecio incondicional.
El Perseo vengador sobrepasó su condición originaria de simple objeto decorativo para significar, en su época, el triunfo de Cellini y sus benefactores sobre tanto enemigo. Hoy sabemos, sin embargo, qie su misión fue decapitar el arte clásico del renacimiento a la vista y paciencia de una réplica del David de Miguel Ángel, que aguarda celosamente las puertas de la Señoría.

MANIERISMO
Este nombre de "manierismo" no deja de ser significativo. Corresponde a una de las comprobaciones más claras -por tratarse de una catástrofe de orden visual- de que ningún estilo permanece vigente sin que una nueva fuerza atente contra él y, finalmente, lo destituya. El manierismo y sus seguidores alteraron los logros del clasicismo renacentista, que terminó por sucumbir. Resultado por lo demás previsible. Antinatural habría sido que los cánones de ese período quedaran resguardados, ajenos al devenir, al movimiento y a los cambios. La forma plena e intemporal de las obras de Leonardo y Rafael, en las de sus seguidores se hizo artificial. Un germen dinámico, de acción distorsionadora, asistía ya a Miguel Ángel. Como si la energía, al ser reprimida en las obras denominadas clásicas, arremetiera con fuerza renovadora en las de los que a este período siguieron, moviendo los volúmenes, destacando los escorzos, variando las proporciones, exagerando los rasgos, acentuando las fisonomías, revelando nuevas facetas del espíritu. Dos pintores manieristas, el Bronzino y el Pontormo, parecieran inmiscuirse en el modelo, insinuando personalidades equívocas, temperamentos alterados, y no la virilidad externa, esa arrogancia ingenua que muestran los condotieros del Donatello y el Verrocchio. Los personajes manieristas son de aspecto mórbido, sugiriendo sus rostros y actitudes rasgos literarios, atmósferas románticas en que la desdicha o el mal de la melancolía les permite desenvolverse en ámbitos prohibidos o alimentar hábitos dudosos. La perversidad, el nervio central de estos sujetos, enturbia su apariencia y nos inquieta. Hay un leve parentesco entre el movimiento que analizamos y esa expresión integral del siglo XIX, el romanticismo. Cierta literatura exarcebada, tremendista, del siglo pasado, y algunas pinturas posteriores al neoclasicismo parecieran mostrar igual tendencia. El virtuosismo de algunos músicos de la época romántica coincide también con el estilo afectado que analizamos.
Removida la forma y dinamizada la belleza, estática en los discípulos de Rafael, este movimiento se entrometió en sus obras, intensificando la expresividad más interna de ellas. El movimiento barroco, el expresionismo y el surrealismo se han servido más tarde y en mejor forma, con mayor autonomía, de la acción manierista que, por colindar con el clasicismo, aparece como su antítesis. Si bien es cierto que Rafael logró excluirse de este movimiento, es causante de la reacción violenta que produjeron sus obras, las que repercutieron en la expresión de Miguel Ángel, Cellini, Juan de Bologna, Tintoretto y otros. Tal vez el caso más patético de contagio y sometimiento a este estilo vitalizador fue el del Greco. Da la impresión de que el manierismo se hubiera apoderado de este pintor para finalizar en él su trayectoria. La locura de sus composiciones, la desproporción de las formas, la acidez del color, lo muestran bajo el dominio total de esta corriente.
El barroco, movimiento más rico y coherente, momento de la madurez de las artes plásticas, se sirvió de este período transitorio sin caer en sus excesos, sobre todo, quedó exento de la responsabilidad de haber atentado contra un siglo de genios.

CONCLUSIÓN
El análisis de la concepción estética implícita en el Perseo, las referencias a la época en que se originó y los datos biográficos de su autor, resultan insuficientes para descubrir el secreto que esta obra encierra.
Quien preste la atención debida percibirá esa transformación constante que se opera en ella, esa lenta redención que sufre su maligna imagen. Obligado proceso de toda creación gestada en la adversidad. ¿Acaso no ha sido la constancia del sol ante las pirámides, lo que hace que estas figuras aparezcan, por el aspecto que hoy presentan, como objetos de innegable belleza, de testimonio de lo eterno? El tiempo, el desgaste, distancian al Perseo y lo eximen de la impureza de su autor. Sin embargo, es a sus fechorías, a la historia de sus pasiones, a las que esta obra debe su existencia. En ella, como en ninguna otra, está latente su origen perverso, más evidente que en la encubierta participación de otros autores en sus obras. Shakespeare tiñó de sangre las manos de Macbeth. Baudelaire disimula el demoníaco poder seductor de sus versos. Cellini, en cambio, manchó sus propias manos y con ellas configuró los volúmenes de los que emergió el Perseo. Obras de un malhechor que, lastimado por quién sabe qué circunstancias, en embargo, tuvo el valor de rendirse a la belleza y plasmar en ella toda la fuerza de su suerte adversa.
El líquido hirviendo que ocupaba el molde del que ya se había escurrido la cera, una vez terminado el proceso y descubierto, dejó a todos atónitos por su hermosura. La escultura, indiferente, ingrata para con su desacreditado autor, intentó desde ese momento lograr la sublimidad de otras obras de origen menos oscuro. Y en ese afán se entrega al tiempo, deseosa de olvidar sus comienzos. ¿Conseguirá el deterioro divinizarla como a las pirámides del desierto? ¿Podrá disimular del todo su vergonzoso origen? Y, cuando los cambios la vuelvan otra, cuando ya de su autor olvide el mundo incluso el nombre, ¿no requerirá entonces del vigor que le dieron esos desórdenes?
Que en su lícito camino hacia la luz no olvide el Perseo que la hermosura de sus manos lleva también las pruebas de un crimen.

(publicado originalmente en El Mercurio, 13 de noviembre 1977 y en El arco y la lira I, Universidad de Chile, Santiago 1979. Parte de la recopilación Escritos sobre arte, ed Universidad Diego Portales, Santiago 2005)