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sábado, 16 de noviembre de 2024

Adolfo Couve: El dolor de no ser poeta, por Graciela Romero

 


Gran pintor y gran escritor según él mismo se considera, Adolfo Couve está libre de la falsa modestia, pero no de la mala suerte de haber nacido con dos talentos. Para colmo, ambos igualmente apremiantes. Doce libros publicados -muy valorados por los entendidos, pero poco leídos- y otro más ad-portas, revelan en forma elocuente que las letras son su obsesión. Pero también los pinceles empujan lo suyo y pese a su reclusión en Cartagena, hasta allá lo persiguen los compradores de sus cuadros. Impredecible, a menudo él se niega a venderlos, porque quisiera reunirlos para una exposición. La última la hizo en 1986.
“El arte es un medir del conocimiento”, dice, y como su intención no es llegar al museo sino entender el proceso de creación y así morir tranquilo, prefiere su vida de ermitaño, con la austeridad de quien desdeñó haber podido ser inmensamente rico, como lo fueron muchos de sus antepasados.
Con la pintura y la literatura disputándole la inspiración, él trata de atender a ambas y cree haber
encontrado la solución.
- Yo les pregunto -desafía - ¿qué es mejor, describir mi jardín o pintar mi jardín? El dilema sigue en pie, pero así nació mi libro recién concluido: La comedia del arte (Planeta, 1995), la historia de un pintor, su amante y el fotógrafo que se la levanta. El triángulo puede parecer trivial a primera vista, pero ahí está todo. Incluido el hecho de que la fotografía, junto con el cine, arrinconó a la pintura, la cual ha debido remitirse a su síntesis. Napoleón tuvo que hacer pintar su coronación, porque entonces no había fotógrafo que la inmortalizara.
- Pero usted no se siente pintor arrinconado...
- No, porque soy precisamente de los que van a la síntesis. La literatura me enseñó a concentrarme, a la economía de medios para contar y ambientar. La literatura es mi fe. Opto por el camino duro. Todos escribimos mal, las palabras son una moneda burda debido al desgaste diario. Hay que trabajar mucho para volverlas monedas de oro. Y todo ello en beneficio de la pintura, que es mi deber cumplido.
- O sea, usted es, cosa rara, un artista satisfecho con su quehacer.
- No del todo. Si bien soy un pintor que hasta ama visualmente, y un escritor que ama atmosféricamente, así de intenso en ambos quehaceres, y grande en ambos, me duele no haber llegado a poeta. Hasta nombre tengo de poeta. No habría tenido que buscar seudónimo como Neftalí Reyes y Lucila Godoy Alcayaga. Pero me faltó el talento. Envidio a Ezra Pound, a Elliot, a Rubén Darío... Todos somos envidiosos, es claro. También envidio a los que lo hacen mal y les va bien, y que mejor no nombro, porque son escritores, más bien, escritoras, muy leídas.
- Y usted no.
- Hasta cierto punto. La lección de pintura, El tren de cuerda, son lectura escolar. Esas lecturas me recompensan más que el Premio Nobel. Las cosas son relativas. Antes soñaba comprar una pieza en París para devolver a los grandes -Balzac, Flaubert, Stendhal- lo que ellos me dieron. Ya no vale la pena. Estoy conectado al mundo con el cable. Si quiero saber si mañana que voy a dar mi clase a la universidad debo llevar paraguas, pongo el Tiempo en España o en Nueva York, donde jamás se equivocan, mientras aquí no le apuntan jamás.
Ingresado a la cincuentena, con su facha y cara de niño irreverente pese a la barba blanca, Couve confiesa que la soledad empieza a acompañarlo. "Ya pasó lo peor", agrega.

Revista Paula n°711 (Sept.1995).


martes, 18 de junio de 2019

Manzana y plato, 1986.

Creo que los objetos, como no se mueven, esperan el acontecimiento de la luz. Ella los toca, los invade, los abandona. La luz escurre por ellos y los objetos son como verdaderos cuerpos celestes. Es lo mismo que sucede con la tierra respecto del sol. Viendo esas películas desde la luna, uno observa que la tierra no tiene seguridad tampoco, no tiene soporte. Es una esfera que está sostenida en un milagro, que es la luz. No hay diferencia entre la tierra y una taza. 

De "Yo quiero ser un viejo bonito", entrevista realizada por Maria Elena Aguirre, El Mercurio, 8 de octubre de 1995. Fragmento citado en Perder la cabeza, Ensayo sobre la obra de Adolfo Couve, Francisco Cruz, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2019.

Manzana y Plato, abril 1986.

miércoles, 18 de junio de 2014

"SOBRE LA CUERDA FLOJA (un itinerario)" Prólogo a "La comedia del arte" por Claudia Donoso



               


SI POR EXCÉNTRICO se entiende a aquel que vive lejos del centro, en la barriada, entonces Adolfo Couve se recorta como tal en el mapa cultural chileno. No sólo porque se acogió al exilio interior y escogió un balneario de provincia que no figura entre los que están de moda para vivir, sino porque además y desde que empezó a publicar a fines de los 60, su literatura marcó una completa diferencia respecto de sus pares de generación.

Como señaló el crítico Martín Cerda “Con El picadero (1974), la novela chilena se desentiende de ese interminable monólogo interior en que la habían precipitado algunos coetáneos suyos, emulando ritualmente a los repetidores criollos de un Joyce mal leído.”.

Perteneciente a la generación post-boom latinoamericano, Couve tampoco adhirió a esa filiación vanguardista y, por el contrario, desarrolló una escritura ajena a modas y tendencias afincada en la tradición de la novela realista francesa del siglo XIX y especialmente en Gustave Flaubert.

Sus relatos, siempre acogidos a un formato breve, son concentrados y precisos engranajes mediante los cuales pone en movimiento personajes y mundos sumidos en atmósferas de fugacidad y melancolía.

Tras el artificio de una descripción que se atiene a una supuesta “objetividad”, el narrador da cuenta de la callada catástrofe envuelta en lo cotidiano. Mientras los personajes cursan los deslucidos lugares comunes propios de toda existencia, las casas, los objetos y los personajes recogen como imanes toda la subjetividad, a la vez que anuncian la perturbación y la extrañeza.

El picadero (1974), El tren de cuerda (1976), La lección de pintura (1979), y El pasaje (1989) forman la tetralogía de Couve. Son cuatro infancias: la primera en tanto íntima epopeya en torno al origen, la segunda como instantánea bajo el sol de la provincia, la tercera al modo de un dibujo neoclásico y la cuarta como opresivo recuerdo de unos tacos femeninos –los de la madre que regresa, tarde en la noche- sobre el asfalto.

Como si hubiese terminado una pesada tarea, el escritor sufrió una larga crisis después de emitir la última de estas narraciones. En el marco de una fantasía formal donde, como sostenía Flaubert, “los sinónimos no existen”, y tras haber nominado las cuitas pendientes con su memoria de la niñez, el autor llegó a un callejón sin salida. Es probable que otro gallo le hubiese cantado si en vez de buscar –como él dice- la dificultad en la literatura se hubiera contentado con administrar el talento que le sobra como pintor. Artista por partida doble, prefirió arriesgar su expresión en el territorio de la delgada palabra y apostó a ella lo que tenía. “Como vivo en medio de una total precariedad en materia de creencias, necesitaba agarrarme de algo. Eso lo encontré en la literatura y especialmente en la descripción realista porque ahí se acaba el “yo” y como yo no me quiero mucho, si dejo de ser yo, empiezo a poder estar vivo. Si escribo creo una realidad paralela en cuyo estricto código me puedo sostener. Es una alegría muy grande cuando sientes que vas armando un organismo fuera de ti y eso da una seguridad tremenda –aunque sea por algún tiempo- que a mí no me da ninguna otra cosa. Mi vida ha sido esta inseguridad-segura. Pero con El pasaje fue tal la introspección, tanto me desgasté, que más que una novela lo que hice fue un objeto y eso significó llevar las cosas demasiado lejos. Me acostumbré a vivir en la casa de ese pasaje donde transcurre la novela y olvidé cómo salir. Cuando la terminé, el texto me expulsó y quedé en una tierra de nadie”.

Entonces se refugió en la pintura y no volvió a publicar hasta fines de los 80. Lo hizo primero con La copia de yeso –novela que emplea el recurso epistolar- y luego con El cumpleaños del señor Balande, narración esta última de exiguas cuarenta páginas. A partir de entonces empezó para Couve una nueva indagación en el lenguaje que hoy arroja, con La comedia del arte, su emancipación respecto del formato realista y después de Balneario (1993) representa una etapa inédita en su escritura. 

En el prólogo a El cumpleaños…Adriana Valdés apunta con agudeza que la miniaturización formal elegida por Couve es “un recurso de caricatura, carnavalesco” respecto de la novela burguesa como género canónico, “una forma también de poder echársela al bolsillo”. Pero para eso, advierte la prologuista, “el miniaturista debe dominar el oficio hasta sus más mínimos detalles (…). Poner dos frases, una al lado de la otra, es aquí un procedimiento tan cargado como la poesía, o como las imágenes en secuencia de una buena película”.

Dicho sea de paso: al leer las novelas de Couve un “ve” todo. Tema, argumento y personajes se acoplan en escenas que se montan, unas sobre otras, como “tomas” perfectamente engarzadas. Aún no se ha hecho un filme, por ejemplo con La lección de pintura, pero sería quién sabe si una buena manera de soslayar la compulsión que afecta a la cinematografía nacional por coser con respuestas generales la tarea de resolver el falso dilema de la identidad nacional que, como decía Borges, “es una fatalidad o una máscara”.

La seducción de su propuesta estética es más sutil y por cierto nada tiene que ver las lágrimas que lloran los cocodrilos del realismo mágico de masiva venta en el mercado metropolitano de lo exótico.

Con el foco apuntando hacia una intimidad irreductible, Couve aborda en sus escritos un problema estético donde entre otras cosas se evocan particulares ecos de un mestizaje cultural cuyos movimientos se registran sobre todo en el lenguaje. Por eso Couve ha soñado con devolver a París, desde Latinoamérica y a partir de un tiempo y un espacio diferidos, la impronta literaria del realismo decimonónico francés.

Pero muy suyo es también el no haber abordado el avión al que recientemente casi se subió con el fin de llevar a cabo su empresa: “Estuve a punto de caer en la tentación de la maleta. Me podría haber comprado una pequeña pieza en París, pero una vez me arranqué a Cartagena y Hacerlo de nuevo hubiera sido rejuvenecer de mentira. Habría perdido mi lugar y lo habría mirado en menos. ¿A qué puedo ir yo a París? ¿A triunfar? Ya no triunfé, pero es bonito no haber triunfado y me estoy enamorando de eso también. Tengo un perro y un loro. ¿Qué hago con ellos? Y les debo harto porque no son literatura. Es un problema grande. Estoy enredado con el loro. El loro me quiere y dice mi nombre. Entonces yo no podría ser feliz en París sabiendo que el loro va a estar diciéndole “Adolfo” a alguien aquí en Chile. Porque el loro me ha acompañado diez años y no lo puedo hacer leso”.

Couve vive en Cartagena desde hace diez años en una casa que se le asemeja y que mira sobre el mar. Al sentarse entre el desorden de heliotropos, lantanas y suculentas se escucha al loro que lo llama. Ese loro es todos los loros, el de Tabatinga, el de Robinson Crusoe, el de Felicité; el ave parlante que acompaña a los náufragos y que Edgar Allan Poe suplantó por la solemnidad de un cuervo que, con la certidumbre de un oráculo y la precisión de un reloj, contesta a todas las preguntas con un “Never more”.

Con La comedia del arte lo que hace el escritor es cobrarse una libertad merecida tras haber hecho una rigurosa tarea literaria durante tres décadas. Como en otras de sus obras, también aquí está presente la pregunta sobre la verdad en el arte. Pero en esta ocasión el “tema universal” es superado por el mito y la parodia y los personajes ceden para dar paso a los arquetipos. Como en una ópera de Mozart, la farándula cartagenina se despliega como telón de fondo para el drama o la comedia protagonizada por Camondo, el patético pintor realista, Marieta, su modelo y musa que aprovecha los momentos de pose para desgranar porotos en su casco de Afrodita, Sandro, el joven artista dotado por los dioses con todos los atributos que le faltan a Camondo, un fotógrafo de playa, el coro de viejas de una residencial, un performer que dibuja efímeros Patos Donalds sobre la arena, los artistas del hambre que trabajan en una tirillenta carpa de San Antonio y la mujer barbuda encargada de ejecutar la implacable sentencia de los dioses del Olimpo.

Novela contra la capital y sobre la provincia farandulesca, La comedia del arte es una rara pieza literaria mediante la cual el escritor como funámbulo efectúa, sin red protectora, una prueba radical sobre la cuerda floja. “Yo creo que el miedo a la muerte se le quita a alguien que trabajó en algo muy difícil. Me interesa ir del intento a la solución aunque sea fallida, merodear y merodear en torno a lo que quisiera hacer. A la perfección no se llega nunca porque como decía un amigo mío: nadie escribe bien”.



Claudia Donoso

Santiago, julio, 1995.



(“La comedia del arte”, Adolfo Couve, Ed Planeta Biblioteca del sur, setiembre 1995, Santiago, Chile)

martes, 29 de abril de 2014

"Adolfo Couve: El dolor de no ser poeta" por Graciela Romero







...................................................Gran pintor y gran escritor según él mismo se considera, Adolfo Couve está libre de la falsa modestia, pero no de la mala suerte de haber nacido con dos talentos. Para colmo, ambos igualmente apremiantes. Doce libros publicados -muy valorados por los entendidos, pero poco leídos- y otro más ad-portas, revelan en forma elocuente que las letras son su obsesión. Pero también los pinceles empujan lo suyo y pese a su reclusión en Cartagena, hasta allá lo persiguen los compradores de sus cuadros. Impredecible, a menudo el se niega a venderlos, porque quisiera reunirlos para una exposición. La última la hizo en 1986.

.......... "El arte es un medir del conocimiento", dice, y como su intención no es llegar al museo sino entender el proceso de creación y así morir tranquilo, prefiere su vida de ermitaño, con la austeridad de quien desdeñó haber podido ser inmensamente rico, como lo fueron muchos de sus antepasados.

.......... Con la pintura y la literatura disputándole la inspiración, él trata de atender a ambas y cree haber encontrado la solución.

.......... --Yo les pregunto -desafía- ¿qué es mejor, describir mí jardín o pintar mi jardín? El dilema sigue en pie, pero así nació mi libro recién concluido: La comedia del arte (Planeta, 1995), la historia de un pintor, su amante y el fotógrafo que se la levanta. El triángulo puede parecer trivial a primera vista, pero ahí está todo. Incluído el hecho de que la fotografía, junto con el cine, arrinconó a la pintura, la cual ha debido remitirse a su síntesis. Napoleón tuvo que hacer pintar su coronación, porque entonces no había fotógrafo que la inmortalizara.

.......... --Pero usted no se siente pintor arrinconado...
.......... --No, porque soy precisamente de los que van a la sínteisis. La literatura me enseñó a concentrarme, a la economía de medios para contar y ambientar. La literatura es mi fe. Opto por el camino duro. Todos escribimos mal, las palabras son una moneda burda debido al desgaste diario. Hay que trabajar mucho para volverlas monedas de oro. Y todo ello en beneficio de la pintura, que es mi deber cumplido.

.......... --O sea, usted es, cosa rara, un artista satisfecho con su quehacer.
.......... --No del todo. Si bien soy un pintor que hasta ama visualmente, y un escritor que ama atmosféricamente, así de intenso en ambos quehaceres, y grande en ambos, me duele no haber llegado a poeta. Hasta nombre tengo de poeta. No habría tenido que buscar seudónimo como Neftalí Reyes y Lucila Godoy Alcayaga. Pero me faltó el talento. Envidio a Ezra Pound, a Elliot, a Rubén Darío... Todos somos envidiosos, es claro. También envidio a los que lo hacen mal y les va bien, y que mejor no nombro, porque son escritores, más bien, escritoras, muy leídas.

.......... --Y usted no.
.......... --Hasta cierto punto. La lección de pintura, El tren de cuerda, son lectura escolar. Esas lecturas me recompensan más que el Premio Nobel. Las cosas son relativas. Antes soñaba comprar una pieza en París para devolver a los grandes -Balzac, Flaubert, Stendhal- lo que ellos me dieron. Ya no vale la pena. Estoy conectado al mundo con el cable. Si quiero saber si mañana que voy a dar mi clase a la universidad debo llevar paraguas, pongo el Tiempo en España o en Nueva York, donde jamás se equivocan, mientras aquí no le apuntan jamás.

......... Ingresado a la cincuentena, con su facha y cara de niño irreverente pese a la barba
blanca, Couve confiesa que la soledad empieza a acompañarlo. "Ya pasó lo peor", agrega.





en Revista Paula Nº 711 Septiembre de 1995

domingo, 17 de noviembre de 2013

COUVE Conversación Inédita, Claudia Donoso



Conocí a Couve en 1993, cuando publicó Balneario. Le hice una entrevista y nos fuimos haciendo amigos. No soy la única a quién leía pasajes enteros de sus escritos por teléfono -aparato del que era adicto- y eso incluye relatos extraordinarios que después desaparecían porque él los consideraba insuficientes o equivocados y los quemaba.

... Me tocó estar especialmente cerca de Couve mientras escribía La comedia del arte (1995) para la cual me encargó un prólogo que él mismo se encargó de ir soplándome, juego al que me presté gustosa pues era una fiesta compartir sus fábulaciones. Hablamos mucho durante esa época: su necesidad de ser escuchado era imperiosa y yo le hacía caso en todo porque era un ser encantador. "Hagamos hogar", decía a la hora del té, y partíamos a la esquina a comprar paltas y nos instalábamos luego a ver la teleserie del momento. Couve era entretenido, increíblemente divertido, de una comicidad que se columpiaba entre lo liviano y lo macabro y poseía el don de la memoria prodigiosa. Insomne, obligaba a los demás a mantenerse despiertos hasta la madrugada a punta de comentarios inquisitivos, fabulosos pelambres, historias vividas y elucubraciones. Era bastante médium, entonces, cuando se daba cuenta de que había abusado de la atención de su interlocutor, se daba a la tarea de retribuirle y se ponía a adivinarle el pensamiento, a inquirir sobre amores pasados y hacía preguntas que daban pie para que él otro también se pusiera a contar su vida.

... A las 7 de la mañana estaba despierto. Se comía una manzana y decía "One apple a day keeps the doctor away", y empezaba la risa de nuevo. Carlos Ormeño, su ayudante durante más de una década -a él está dedicado su libro póstumo-, le sacaba entonces la funda a la jaula del loro y cumplía con el rito de trasladar el plumífero al patio. Lo que seguía era la caminata matinal con el Moro, su perro negro, por la Playa Chica: seis vueltas matemáticas de ida y de vuelta: "Hay que cumplirle a la cuerpa", decía y seguía la chacota.

... Cuando se publicó La comedia del arte Couve, a diferencia de otras ocasiones, lo pasó bien. Fue celebrado por la crítica y además su libro tuvo bastante éxito de ventas; semana a semana apareció en los primeros lugares del ranking. Estaba feliz: "Yo siempre creí que me gustaba ser anónimo pero ahora me doy cuenta que ser rey de Inglaterra es bien entretenido también", bromeó por esos días.

... A diferencia de otras oportunidades -y tal como le había sucedido en el caso de El pasaje ( 1979 )-, La comedia... no lo castigó con el coletazo de una posterior catástrofe síquica, pero esa amenaza estaba siempre rondándolo: "Los artistas son, en el fondo, muy poca cosa, gente muy impresionable y muy hueca porque son propensos a ser volteados por fuerzas frente a las cuales no tienen defensas", decía y una de sus obsesiones persistentes era el paso del tiempo cuya flecha se le devolvío en contra. La vejez le producía horror.

... Terminó el manuscrito de Cuando pienso en mi falta de cabeza ( La segunda comedia) poco antes de suicidarse, el 11 de marzo de 1998. Dos años después, y coincidiendo con esta fecha aniversario, Planeta la publica.

... Un año después de la muerte de este artista, el más artista de todos los artistas que me ha tocado conocer, encontré en uno de mis cajones una cinta grabada que decía "Couve, por transcribir". Era una conversación de la que yo no tenía recuerdo, lo que hizo que escucharla equivaliera a una visita inesperada, aunque nada de casual, cuya intención hubiera sido la de acompañar -de acuerdo a antiguos pactos- la aparición del libro con que se despidió del mundo. Opté por no escamotear el carácter íntimo de esta interlocución.

... Es Couve quien empieza la conversación: "Tú te ríes cuando yo digo que no hay nada mejor que una película en blanco y negro pero lo digo, porque ¿qué es lo que lo hace feliz a uno?: arrancarse de la mamá y de la casa para irse por el barrio con los amigos cochinos y con la tía que toma trago, ¿a qué?: a las matinés vacías de los teatros donde no hay nadie y dan tres películas rotativas y donde hacen pipí de la galería para abajo.

--Eso es porque ahí está lo prohibido.
--¿Pero por qué tiene uno que ir a hacer esa odisea en la tarde y no hacer las tareas? Porque hacer las tareas es encontrarse con la muerte y eso uno no lo soporta no más. Tú me dices que yo no me quiero. No es que no me quiera. Yo no soporto no más. Yo no soportaba. Mi bolsón estaba siempre cerrado con los libros adentro. No porque fuera choro, sino porque era tan grande la angustia que me producía lo que tenía que hacer, lo que había que hacer...

--Que no veías cómo escaparte...
--Es que yo tenía que buscar una manera...Yo estaba en el mundo por mi mamá, sin haberlo yo pedido y como, si eso no bastara, tenía que cumplir y cumplir con una serie de cosas en una vida que yo no había pedido y eso eran las reglas, cachuchazos y un padre tremendo.

--¿Era muy estricto?
--Mi papá era... Era tan obediente mi papá. Era heroico: corría a pagar las cuentas antes de que llegaran. Era una gracia que tenía él. A mí me daba angustia la misa, entonces dejaba la misa para la tarde. Iba para cumplir y por el interrogatorio de mi papá. Todas las noches del domingo, yo estaba en cama, en mi pieza, y él decía: "Adolfo, venga para acá: ¿fue a misa?". "Sí". "¿Y a qué hora?". Ahí empezaba a sonar yo: "En la tarde", contestaba. "¡Ah, como las señoras", decía él. "¿Y de que se trataba el Evangelio hoy día?", seguía.

--Quería que fueras un niño pío y ordenado.
--¡Ah no! Mi papá no podía creer como era yo. Mi papá sufrió mucho conmigo. Entonces yo, para no equivocarme, mentía. Era lo más mentiroso que te puedas imaginar. Fui verdadero después. Cierto: un día me propuse no mentir más porque yo era lo más mentiroso que te puedas imaginar: para poder sobrevivir. Entonces qué pasa: que cuando llegaba del colegio en la tarde, lo que yo buscaba era la posibilidad de no estar en la vida y eso era largarme a la vereda. Yo salía para afuera y me iba donde unos amigos en la esquina donde la vieja que tomaba trago y a la casa de la otra que era separada y trabajaba en la Lan. Todo un grupo de gente margianl que no me correspondía, pero yo desde chico tuve que estar en una vida que no fuera la vida.

--Que no fuera la que te había tocado a tí.
--Era la única manera de sentirme bien porque ahí estaba lo terrible, lo horrible, pero también era la chacota, la guarida porque ahí yo estaba escondido de la vida en la vida, y eso me daba alegría. Entonces para mí tenían que ser: lugares escondidos, lugares pasados de moda, lo más escondido. ¿Qué es lo más escondido? Un rotativo. Colarse a un rotativo en el cine Alameda a las 3 de la tarde y verse tres películas al hilo.

--Que eran en blanco y negro. ¿Como cuáles?
--O´Cangaceiro (tararea la melodía ). Yo siempre creía que esa música daba suerte, es de las pocas supersticiones que tengo. A los 12 años yo estaba incrustado en el cine Alameda viendo O´Cangaceiro, con esa canción: una película brasileña vieja, pasada de moda que se cortaba a cada rato entonces, pjjjjjjjj: se prendía la luz, pero era una luz de mentira porque afuera había un sol tremendo, entonces era una ampolleta horrible con una luz que seguía siendo de otra vida. Así fue como desde chiquitito me acostumbré a vivir en contra de los demás. Pero no por pose: porque no soportaba esta vida que me producía angustia porque eran las notas, las operaciones, todo lo horrible estaba ahí.

--Y todo lo fantástico, por supuesto, en otra parte.
--Ahora, parece que mis amigos de la calle, por ser de clase media baja, no esperaban mucho de la vida. Ya tenían un ala rota pero no sé si estaban en el mismo cuento que yo. A lo mejor ellos estaban tratando de salir de eso para meterse en mi vida y yo, no era que quisiera meterme en la de ellos, sino acompañarme, descansar, porque ahí estaba el fracaso más a la vista.

--¿Te parecía que eso era más creíble, más real?
--Era más intenso y ellos no tenían ninguna posibilidad de exigirme nada porque los padres de ellos ya estaban fracasados, entonces ellos no me iban a decir ¿fuiste a misa? No. Ellos eran el descrédito, lo que me iba a pasar a mí si no hacía caso adentro de mi casa, y yo no tenía cómo sacarme un 7 cuando chico porque todo a lo que yo aspiraba era un descrédito.

--Y eso no se valoraba en tu casa.
--Ni en mi casa ni en ninguna parte, a pesar de que ir a ver O´Cangaceiro implicaba todo un trabajo adentro de ese teatro a oscuras, porque yo estaba aprendiendo algo, estaba reflexionando y algún día iba a estar devolviendo. Entonces a esa tarea que estaba haciendo yo adentro del teatro, en vez de estar estudiando la reproducción de las algas, no le ponían nota en ninguna parte. Todo mi trabajo durante toda mi vida ha sido descalificado. Así es que cuando a mí me califican bien yo me sonrojo. Soy el primer sorprendido cuando encuentran buenas mis cosas porque nunca esperé que algún día iban a entender que yo también estaba trabajando al revés.

--Porque está esa posibilidad de aprender de otras maneras.
--Es aprender en otro colegio, que no eso que dicen de "la universidad de la vida", pero es cierto también... Porque la gente que ha estado obligada a la calle... Es muy difícil que a mí me roben o que a mí me asalten. Es muy difícil. El mismo Carlitos me dice que yo hablo como la gente de su población. Se admira cómo yo puedo defenderme con la misma habilidad que los niños del block. Si yo no robo o no mato. Pero yo podría robar bastante bien porque yo estoy en esa ley. Estoy hablando de una cosa más dura y más íntima. Yo tenía la desgracia además de que mi papá había estado en el San Ignacio y los hijos de los compañeros de mi papá eran compañeros míos...

--Te sentías entonces vigilado y puesto a prueba por los hijos de sus amigos...
--Agrégale que mi papá fue el alumno más brillante del colegio de pé a pa: fue cónsul de Roma, tenía un cartucho de cemento lleno de medallas apolilladas que me daba vuelta a los pies de la cama cada vez que me quería decir algo y yo veía este cerro de polillas que eran un honor para él. Bueno. Y hubo un semestre en que yo me saqué todos los premios y fuí cónsul, no de Roma, sino de Cartago.

--Te pusieron medallas a tí también. ¿Qué sentiste?
--Premio en todo me saqué y yo sentí el horror de eso. Después de esa cuestión repetí curso porque eso no era lo mío. El éxito no era lo mío. Me sentaba siempre atrás y me echaban todo el tiempo para afuera. Porque yo quería aprovechar de reírme. ¿Por qué? Porque yo sabía que la risa era una cosa muy importante. Entonces reírse con ganas, pero con verdaderas ganas... ¿Dónde se puede reír con ganas uno?

--Cuando te sientas en la fila de atrás.
--En la fila de atrás, claro, y durante una clase que es la antítesis de la burla, porque uno está comprimido y es muy artificial tener niños sentados escuchando sandeces - que ni siquiera son tan comprobadas tampoco-, en completo silencio. Entonces esa situación de opresión hace que cualquier detalle, cualquiera cosa por nimia que sea...


--Pincha el globo
--Pincha el globo y se arma la grande, la chacota en cadena. eso quiere decir que a la intensidad de esa concentración le corresponde una intensidad de igual jerarquía que es la risa, la broma, la chacota. En clases la tentación de risa es enorme, porque no hay libertad para reírse y no se puede desaprovechar ese goce casi sexual de la risa que vas a tener en ese momento. Entonces lo primero que uno hace cuando entra a clases es sentarse atrás, para poder repetir de nuevo esa experiencia. Y yo la he repetido tantas veces que me echan para afuera de todas partes ( risas ). Pero yo no lo hacía con el afán de burlarme, sino con el afán de sentir de nuevo la risa, sentir la intensidad de esa alegría.

EL CREDO

--Tú crees que a tu padre lo defraudabas, pero lo que a lo mejor tenía era mucho miedo por ti.
--Yo creo, y tenía razón de tener medo por mí, porque yo tuve que armar una academia personal, un rigor personal, un orden personal, una moral personal, ¿te fijas? Porque no tuve la otra. Como no tuve la real, la convencional...

--No te pudiste guarecer ahí...
--Claro, no tuve norte yo. Soy la persona más poco convencional que existe. Hasta el día de hoy, en que me siento enrocado en una situación que no sé cómo desarmar, porque resulta que armé una cierta seguridad que me amarra mucho.

--Que es la que has podido sustentar..
--Entonces, ¿qué pasa con la literatura? La comedia del arte me abrió una libertad que me merecí, con un trabajo que son los otros libros anteriores. Una libertad ganada, aunque me hayan ayudado a corregir, pero no importa porque en un 99 por ciento es mía.

--Pero si a todo el mundo lo ayudan los editores y los correctores de estilo.
--Eso yo no lo puedo entender porque a mí me pasa que si tú me ayudas, me pasas en limpio y me corriges, me viene la paranoia de que tú me escribiste la novela. Porque yo tengo todas esas cosas también. Bueno. Pero la libertad que me dio La comedia del artetengo que aprovecharla. ¿Para qué? Para llegar a un credo que ya no sea debido al de un rigor convencional de la tarea bien hecha. Eso es lo que yo necesito: a través de este puente que es La comedia... llegar a eso que llegó Pound, no sé si Eliot. A lo único que aspiro en la vida es llegar a hacer este rigor en forma más suelta y metiendo ingredientes míos, de mi experiencia, de mi historia, que no tengan que pasar el examen del mundo. Que yo imponga al mundo una cosa mía. Porque hasta ahora he tenido que ser obediente, de todas maneras, a los géneros de la literatura. No he sido tan genial como para hacer elUlises, pero de eso tengo hambre.

--Tú dices entonces encontrar formas nuevas...
--Encontrarse con que la fuerza superior obra en mi trabajo. Ser no profeta, sino un canal lo más impersonal -porque yo para mí no quiero nada-, un canal receptor, receptor de una tarea, de una misión. No de una misión extraordinaria para cambiar a nadie, sino para que el día de mañana una persona que no crea en los valores convencionales encuentre en lo que yo hice y en otros- porque lo que uno hace lo está haciendo otro altiro: aquí en Chile deben de haber 4, en Argentina 2, en Colombia 8- estas señalizaciones de felicidad. Bonito lo que te dije, ¿o no?

--Bonito. ¿Qué estás tratando de escribir ahora?
--Estoy tratando de hacer ese libro que se llama Historia y geografía. Lo que quisiera es llegar a esta síntesis ya sin tema. Pero yo no sé si voy a poder hacerlo. De lo que estoy absolutamente seguro es que tengo que quitar todo lo que tenga que ver con lo que yo he quitado siempre y que es lo que no me interesa.

EL TORNIQUETE

--¿Cuándo te dan ganas de pintar?
--Cuando hay un sol que me está motivando. ¿Por qué pinto en verano dos o tres cuadritos y no pinto más en todo el año? Porque siento ese llamado de la luz. Pero el problema es que la pintura no refleja la historia, que es una cuestión que a mí me ha interesado desde chico, ni tampoco deja entrar las historias del corazón. Por ejemplo, en medio de todo ese parloteo del EL señor Ballande, hay una frase que dice: tal vez el amor no sea más que un encargo del recuerdo. Esa frase, te fijas, es de otro calibre que lo otro, esa frase no está en ningún cuadro del mundo.

--¿Y cómo es esa diferencia tan tajante que haces entre el escritor profesional y el artista?
--Los artistas son personas que no hacen nunca nada bien y que todo lo que hacen es genial. Esos son los grandes artistas. ¿Has visto algún diccionario aquí en mi casa?: los hombres de letras tienen el diccionario siempre abierto sobre el escritorio y están todo el tiempo hablando de los otros escritores y leen para estar al día, cosa que a mí me quita tiempo. Los hombres de letras tienen facilidades, en cambio para el artista es terrible cuando tiene que escribir, porque es lo más porro que hay y no le resulta la sintaxis. Pero -y esto es lo bonito- cuando de a pedazos le resulta eso que le resulta, no le resulta nunca a un hombre de letras. ¿Me entiendes?

--Tú hablas mucho de la vejez. ¿Qué te pasa con eso?
--Sí, porque mira: un niño no puede no cumplirle a la vida. Un niño no puede meterse a su pieza y no salir más, pero un jubilado se puede morir en su pieza tranquilamente. Un jubilado puede no tener amigos -qué terrible ¿ah?-, un jubilado puede no salir de su pieza, puede vivir solo, puede morirse de hambre, puede morirse solo, y yo conozco gente que se ha muerto sola y que la han encontrado varios días después. Lo que es una prueba de que con los años a la gente no le importan los demás. Y cuande les importan les importan mal. Porque es el abuelito que anda dando botes adentro de una casa o una vieja que se hace la simpática, porque las viejas se hacen las simpáticas.

--Para pedir perdón.
--Para pedir perdón por ser viejas. Yo no quiero eso. A no ser que me dé Alzheimer, porque ahí uno ya no sabe qué bola huacha anda acarreando muebles adentro de la cabeza. Yo encuentro que la vejez es peor que la muerte. Claro. Entonces o tú transformas la vejez o la vejez es lo peor. Porque hay viejos que se la pudieron y que no son viejos, sino seres humanos cargados de algo, ¿me entendís? Bueno, eso es lo que hay que lograr y eso se logra con caminos difíciles. No se logra repitiendo cosas. se logra como Pound.

--Te sientes atrapado acá, en tu situación.
--No. Yo siento que tengo que darle gracias a Dios que no me morí anoche, porque no me vino el dolor profundo al pecho que a veces me viene, y porque no me caí muerto en la alfombra. Porque yo siento que un día me va a venir un gran ataque, y yo no sé qué voy a hacer un lunes a las 3 de la mañana, llamando a la asistencia pública. Tengo confianza en que Dios no me va a dar espectáculos espantosos como el que una vez me dió con otro persona. Aquí era un domingo en la noche y vino la mujer de un cuidador que yo tenía, el Daniel, que vivía ahí en la casa del frente,gritando "Don Adolfo, el Daniel se está muriendo". Entonces yo no atiné a nada. Llamé a la asistencia pública de San Antonio y le dije: "Hay un hombre que se está muriendo en la vereda". "¿En qué vereda?", me dijeron ( se ríe ). Les expliqué. Salí para afuera y vi que Daniel saltaba como monito; de dolor, como monito. Ahí estaba Daniel saltando solo en una vereda en Cartagena donde no había nadie, en invierno a las tres de la mañana, y ahí estábamos los dos: él saltando y yo mirándolo y pensando: "qué bueno que no soy yo, a ver, ¿qué hago?". Entonces le dije a la mujer: "Anda al baño, moja una toalla y traémela". Me trajo una toalla, yo la estrujé y con ella le hice un torniquete en la cabeza a Daniel ( se ríe ). Y tan fuerte le apreté la cabeza que el tipo dejó de tener dolor. Mira lo que hice: no atiné sino que a llevarle todo a la cabeza. Hasta que llegó la asistencia y me dijeron "¿Qué está haciendo ahí?" y se lo llevaron al hospital con la señora.j




en Revista Paula, marzo 2000