miércoles, 23 de abril de 2014

Identidad y realismo en la narrativa de Adolfo Couve- José Alberto de la Fuente A.

Autorretrato 







Resumen





El propósito de este trabajo, en su aspecto medular, es analizar y valorar la narrativa de Adolfo Couve desde su opción de realismo descriptivo, en un contexto discursivo en el cual, identidad, realismo y modernización, convergen y divergen, influyen y explican ciertos cánones estéticos superados, vigentes y emergentes en América Latina.

¿Es Couve un escritor condenado a ser leído como premoderno?, ¿cómo se concibe la identidad a través de sus personajes? son, entre otras, preguntas que pretendo responder.


1. Introducción



El propósito de este trabajo es presentar, al lector interesado en la narrativa chilena, a un autor bastante convencional en sus técnicas y recursos escriturales, pero que supera sus propias opciones teóricas en la atmósfera de sus cuentos y novelas. Además, introducir y poner sobre la mesa crítica a un escritor omitido, deliberada o inconscientemente, por los estudiosos que tienen la posibilidad de relevar a los valores de la literatura y de contribuir en la difusión frente a los iniciados, sean estudiantes o seguidores de los buenos espacios novelescos.



No es fácil interpretar la narrativa de Couve. Su estilo hurga en el lenguaje y en la sintaxis hasta agotar la paciencia de sus propias correcciones; su narrativa es una forma particular de poesía, una operación fronteriza entre la síntesis que huye de la retórica y la intención de desbordar los límites de la experiencia, que el mismo narrador, a través de la forma de presentar y «esfumar» a sus personajes, pretende rescatar, enfrentando, desde el fondo de la memoria, a la bajeza y a la grandeza humana. Para Couve, como para los mejores poetas, el verso no solo está en el origen, sino en la restauración y misterioso desarrollo de la presencia del hombre en contextos sociales radicalmente insatisfactorios.



Pienso que Couve (1940 - 1998) es uno de los escritores chilenos más significativos y originales en la narrativa de los últimos cuarenta años del siglo XX. Su prosa es única y difícilmente clasificable en las tendencias tradicionales de la literatura hispanoamericana y nacional. Como es natural, en un país de negaciones y exclusiones como Chile, no figura en los índices de popularidad editorial y el periodismo cultural tampoco lo ha asumido como un fenómeno estético e ideológico para completar y analizar la evolución de la literatura nacional.


2. Un artista de dos talentos



Couve pertenecía a la especie de artistas solitarios, marginales y excéntricos, alejados de la parafernalia social de la calle, de los pasillos y de los salones del arte. El escritor Jorge Edwards lo califica como «el escritor de la penumbra, aquellos que se permitan salir a la luz y enseguida replegarse». En treinta años publica doce obras, algunas cercanas al microcuento o a la miniatura narrativa como producto incesante de la síntesis formal y precisión verbal. Su idea era crear «objetos verbales» más que discursos retóricos. Su obra publicada no alcanza a las novecientas páginas; su calificación de «artista de dos talentos» se debe a que cultivaba la pintura, la cual va abandonando paulatinamente para dedicar gran parte de su tiempo a la literatura, antes de decidir su muerte.



Entre sus obras más destacadas, se pueden nombrar: Alamiro (1965) ; En los desórdenes de junio (1974 ); La lección de pintura (1979) ; Balneario ( 1993) ; La comedia del arte (1995) ; Cuando pienso en mi falta de cabeza, la segunda comedia (póstuma, 2000) , etc.



Couve, inicialmente fue un pintor de notoriedad; estudió en la Escuela de Bellas Artes, prosiguiendo su formación plástica en el Art Student's League de Nueva York y en la Ecole National de Beaux Arts de París. Expuso en los museos de Bellas Artes y de Arte Contemporáneo de Santiago y en el Museo de Chicago. Fue docente de estética en la Universidad de Chile y consideraba que el pintor realista no copia la realidad, sino que la traduce con una actitud mística, absolutamente consciente de la muerte y con una fuerte necesidad de aferrarse a lo que ve. Esta misma consideración profundiza en su narrativa y, desde su lenguaje, trata de contar, saber del mundo y de sus circunstancias.



El día de su muerte, el mayordomo lo encontró vestido con la ropa que utilizaba para los eventos en los cuales debía asistir tanto en Chile como en sus estadías en el extranjero. Tal vez interrogantes no resueltas, además de su opción final y voluntaria para proseguir en la búsqueda del sentido de la vida, para terminar con la ansiedad de vivir en un eterno peregrinaje, del cual ni la literatura ni la pintura consiguieron librarlo, le obnubilaron la mirada que finalmente lo llevó al camino de la decepción. En una oportunidad, le declara la la periodista Cecilia Valdés,«Que la edad es terrible; una realidad en que la juventud se va, y a mí me importa envejecer. Creo que el estado de ánimo que rige al hombre es que va morir y la melancolía no es otra cosa que ello» (Diario «El Mercurio», E. 27, 6-9-1995).
3. Una perspectiva inconclusa



En el prólogo a El Picadero (1974) , el mismo Couve declara: «cuando comencé a escribir (...) no me importaron las vanguardias locales ni las modas; quería alcanzar una prosa depurada, convincente, clara, distante, impersonal, unos renglones donde tuviera que corregir y corregir, aprender a hacer bien la tarea, leerlos en voz alta, castigar el contenido y el lenguaje, intentar ese engranaje que da como resultado, más que un libro, un verdadero objeto» (pág. 8, Op.cit). Su estilo casi no permite separar o distinguir ficción de realidad; la identidad está siempre justificada en otros referentes, en otros lugares y personas anticipadas en el tiempo, recuerdos, sueños, herencias, dolores y fracasos por afectos no correspondidos. En El parque (1976) es casi patético el motivo sobre la configuración de una identidad por las influencias que imponen modos de ser ajenos a los individuos hasta conseguir su destrucción. Sofía uno de los personajes, chilena, debe metamorfosearse en alemana para congraciarse con su esposo que viene exiliándose desde Alemania como partidario de Hitler.



Couve cierra su círculo narrativo en la novela póstuma Cuando pienso en mi falta de cabeza, la segunda comedia . En esta obra predominan los motivos sobre la posibilidad del desquiciamiento, la fragilidad de las órdenes, la extrañeza de lo cotidiano, el asomo de lo macabro. La investigadora Adriana Valdés, a propósito de su última novela, ha señalado a partir de la factura psicosocial del protagonista: «adentro del capuchón no había absolutamente nada, solo tinieblas. La cabeza de cera, la falta de cabeza, el capuchón vacío y en el segundo episodio, el miedo de tener el cuerpo de otro, la falta de disfraces y luego una máscara igual a la propia cera. Todas estas son variaciones ornamentales en torno a una misma angustia, la pérdida del rostro, la de la desindentidad» (prólogo, página 21)


4. Localización del realismo couveano
¿una hipótesis?



El realismo de Couve hay que situarlo en oposición a las coordenadas del «realismo maravilloso o mágico» de Gabriel García Márquez, a partir del modelo realizado a través de la novela Cien años de soledad (1967), en el cual «Macondo», más que un lugar del mundo, es un estado anímico y el texto se concibe como «una representación cifrada de la realidad, una especie de adivinanza del mundo» (Márquez, 1982 en entrevista a Plinio Apuleyo en «El Olor de la Guayaba»); también en oposición de la incipiente propuesta de Luis Sepúlveda con la publicación de El Viejo que leía novelas de amor (1989), desde la cual, su presentador de la edición chilena, trata de superar la concepción del realismo precedente al referirse a «la magia de la realidad» como un hecho que transportaría, a los latinoamericanos, más allá de la ilusión y de la imaginación; y finalmente en oposición al «realismo virtual» acuñado por los escritores Alberto Fouguet y Sergio Gómez, en el prologo de la antología de cuentos Mc Ondo (1996) , quienes afirman que «el gran tema de la identidad latinoamericana (¿ quiénes somos?) pareció dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién soy?), y agregan que la realidad es individual y privada, una marca registrada, y Mc Ondo sería ya un chiste, una sátira, una talla» (Editorial Mondadori, pág. 15, 1996). Couve, por el contrario, centra la proyección de los personajes en sus conductas como producto de su alineación y cierta fatalidad de destino.



Couve no se plantea el problema de la identidad desde un estado de ánimo, de un lugar mítico o desde una simulación de la realidad; por el contrario, lo hace desde un personaje genérico, una especie de palíndrome denominado «Camondo», uno de los protagonistas de la galería de personajes que integra su Comedia del arte en las versiones temáticas de sus últimas novelas. El narrador se esfuerza por debatir simbólicamente el conflicto existencial de un artista (pintor) que es anulado por la técnica de la fotografía como representación de la modernidad que niega y resta alcances de vuelo de la imaginación y que simultáneamente sustituye la estética por imágenes mecánicos que demostrarían el fracaso del arte (de amar) latinoamericano. Al rechazar las imágenes «macondianas» en latinoamericana, «las suyas son imágenes del deseo frustrado, de la caducidad de las expectativas, de su propia sonrisa irónica, de antemano insatisfecha, la sonrisa que contiene dolo» (A. Valdés, 2000).


5. Los argumentos novelescos
que construyen una identidad



Couve, en una oportunidad, declaró: «todos somos inmigrantes. Nos sentimos un poco arrendatarios de América» (Revista de libros, Diario «El Mercurio», 2-2-89, pagina 20 ). El personaje Camondo en La comedia del Arterepresenta su visión europeizante, visión que permea la idiosincrasia y entrega los elementos identitarios de los latinoamericanos. Es, además, la representación del artista fallido, el cual se sumerge en un proceso de autoafirmación como hombre-artista, proceso no exento de dudas ni consideraciones, impedido de ir tras su cabeza a enfrentar dioses y demonios para lograr su cometido. Para Couve la narrativa es un arte temporal, pues implica sucesión y movimiento. En la narrativa el lector está obligado a internarse en un proceso, cuyo derrotero es casi siempre superado por su propia capacidad de asimilación e imaginación; en cambio, en la pintura, arte eminentemente espacial, asume una perspectiva más «geográfica» y de menos temporalidad. En las novelas más extensas de Couve, la identidad surge en espacios como expresión de sentimientos. Su prolepsis, es decir, los tiempos del relato, del recuerdo, de la (des)realización por cuestiones ajenas a la voluntad individual, la sensación de la finitud que saca a los sujetos de escena (de la vida) en la medida que transcurren las desavenencias, los alejamientos, las despedidas y los olvidos. Los reencuentros, los intentos por reconstruir las emociones perdidas, generan una sensación de extrañeza, desde la cual la identidad se desplaza hacia espacios vacíos y abandonados.



Los símbolos son aquellos imaginarios que representan algo más que su significado inmediato y obvio. Tienen un aspecto inconsciente que nunca está definido con precisión y completamente explicado. Explorar los símbolos en la narrativa de Couve es intentar reconstruir, con las herramientas de su realismo descriptivo, la necesidad de expresar lo que solo se adivina o se siente.



En una de sus primeros relatos, En los desórdenes de junio, los personajes están situados en la encrucijada de la apariencia y de la realidad. El hombre está distante de la figura que le toca representar en la historia; se siente como un trágico de pantomimas. Preguntarse por la identidad es tratar de saber dónde termina el disfraz y donde comienza el rostro. Son catorce cuentos enmarcados en la historia de la revolución francesa y en sus efectos para la modernidad. Varios textos carecen de mensajes claros; son como alegorías entre pedazos de espejos triturados por la incomprensión de los procesos históricos; sus finales son ambiguos; los motivos dominantes, son anticipatorios de los enigmas que no logra descifrar el hombre común. La identidad popular, la de los adherentes que necesitan del culto de la personalidad para dar cuenta de su existencia, se desconciertan y se pierden entre sus interrogantes no resueltas y en medio de la muchedumbre que los reúne en la soledad. En el cuento intitulado «El Ministro Blumer», la figura del político o del mandatario aparece al revés de lo habitual; Blumer es bueno, transparente, trabajador, humilde y muy alejado de la corrupción; en cambio, en El Picadero, el realismo y la identidad se asocian a la inmoralidad. El crítico Martín Cerda afirma que en esta obra se encuentran todos los gestos crepusculares de la modernidad, el mundo ya desacralizado tocando fondo en personajes oligárquicos, cuyas relaciones les provocan pánico en vez de amor; nihilismo y pensamiento sin consuelo, mundo fragmentado, degradación, sueños y frustraciones; el naufragio desde la nostalgia por la tristeza del mundo, la fugacidad del tiempo y la disolución de las pasiones en la vanidad y en los gestos inútiles de una familia, cuya identidad no se construyó con referentes sólidos. Los satisfactores, los anhelos, siempre están en otra parte y muy distantes; el amor, en los amantes y fuera del matrimonio; el hijo, en la distancia afectiva de los padres; los vínculos parentales, en la frialdad y en la indiferencia.



En «El tren de Cuerda», la identidad, en cambio, se consolida a través de los efectos, y cuando estos dejan de cultivarse, se desmorona la imagen de sí mismo que poseen los personajes y se diluyen en la naturaleza y en las cosas. Esta novela hace referencia explícita a la zona central de Chile hacia la cordillera de la costa. La presencia del ferrocarril es la encarnación del progreso que corta el patio de la casa en dos mundos, el de la identidad y el de la modernización, el del pasado bucólico y agreste frente al futuro mecánico y mercantil.



En la novela El Pasaje, su protagonista Rogelio, es un niño que descubre en sí mismo la vergüenza de su madre prostituta en una barriada regulada por el despotismo, la usura y el contrabando. El leitmotiv es la pena en todas sus expresiones afectivas y sociales; la pena por la forma de vida miserable; la pena por la muerte de la madre ancestral que será la marca emocional que hará que todo permanezca igual y continúe a la deriva y la sombra de un padre aventurero, irresponsable y desconocido. Es la huerfanía que impide la reconciliación consigo mismo y con los demás. Sin duda, a mi modo de ver, esta novela es la más lograda y representativa del realismo sustentado por Couve; se podría afirmar que debe leerse como un reportaje cinematográfico, cuyas fuentes se encuentran en los pobres de cualquier parte del mundo, donde la gran ciudad arrasa con los individuos, transformándolos en cifras de su propia negación.

En la novela La lección de pintura (difundida por el Ministerio de Educación para lectura de adolescentes), su protagonista, el niño Augusto, es parido detrás de la puerta por su madre avergonzada; jamás sabe quién es su padre y simbólicamente nunca habla durante todo el desarrollo de la novela. Es la identidad de la bastardía y de quienes valoran los talentos artísticos en medio de un imaginario cultural demasiado rústico, empobrecido e impelido por una precaria subsistencia; en «El cumpleaños del señor Balande», el tipo de familia es opuesta a la del protagonista de La lección de pintura; constituye la presencia desdeñosa de un narrador maldito y con mentalidad de coleccionista. Para Adriana Valdés, esta «es una novela contrahecha, una novela enana», con una gran densidad de matices. La identidad se conforma al interior de una típica familia burguesa arribista, superficial, banal, cosificada por objetos y por opciones que transforman la vida y la realidad en miniaturas que sustituyen la falta de afectividad y la dimensión natural de las cosas.



La comedia del arte y Cuando pienso en mi falta de cabeza , son novelas que están precedidas, en el orden de publicación, por Balneario, antología de cuentos y fragmentos de escrituras concebidos en diferentes tiempos y construidas en trece textos disímiles y de gran fuerza metonímica; Balneario y El pasaje son los modelos más consecuentes del realismo descriptivo. Angélica, el personaje protagonista, viuda, apuesta su identidad en la imagen de su esposo fallecido; su realidad, personal y social, se reduce a la añoranza de un amor desaparecido en un tiempo de felicidad y satisfacción sexual. En La comedia del arte , además de lo ya denotado, se plantea la tesis de que el arte (pictórico) es un intento fallido para salvar y darle sentido al oficio del artista y de su justificación por trabajar en la búsqueda de la belleza como la única verdad irrefutable. Fotografía y pintura se enfrentan denonadamente frente al desnudo de una modelo que enfría y paraliza la vida y las pensiones. Frente a la naturaleza, es muy difícil captar la plenitud: erotismo, ensueño, amor e infidelidad, son las conductas y valores que desequilibran la personalidad de muchos de sus personajes. Para el narrador, las técnicas son trampas, lo cual exige estar volviendo a los orígenes y a la recuperación del sentido común. En la novela Cuando pienso en mi falta de cabeza, la segunda comedia , la identidad es un sueño y una pesadilla; los referentes identitarios se reducen a una fantasmagoría con claros indicios de elementos biográficos y religiosos. Al parecer, el origen y la motivación de está ultima Comedia es la soledad frente al mundo, el cual no responde a sus interrogantes vitales. Lo grotesco aparece como la antípoda de lo sublime, aquello que no se puede desentrañar al otro lado de las máscaras. Esta «falta de cabeza» es una forma de conjurar la locura y la muerte, de desplazar la desesperación y el suicidio hacia otra temporalidad. En el texto, hay dos capítulos sobresalientes para sellar la sensación de expulsión y atracción en el dinamismo vital de los personajes, uno es «La cabeza mala (VI)» de la sección «Cuarteto menor»; y el otro «El demonio hila fino», de la sección «El camino de Santiago». La identidad es como un juego de espejos montados por una fina ironía. El protagonista, Enrique, le roba el espejo a Marieta; en ese movimiento, se refleja la imagen de ella, aquella que se le había desnudado en una calle. Es un relato mágico (que en cierto sentido contradice y pone en duda la consecuencia con la noción de realismo descriptivo). Las figuras que se han mirado o retratado en un espejo (la vida, los otros, la memoria, la vanidad, la confirmación de la presencia, etc.), reaparecen después en ausencia de las figuras que se han parado frente a ese espejo en otro tiempo circunstancia. Toda identidad se torna evanescente. Surge la pregunta ¿qué es y qué representa la imagen que aflora, por sí sola, en el espejo? ¿ Es un negativo, un positivo, una fotografía fantasmal que se borra con la ausencia y el olvido; una pintura que se «despierta»? ¿Esto es la identidad? ¿Reconocerse en aquellas situaciones y personas que nunca satisfacen a las expectativas de quién es cada cual y quiénes somos en la relación con el otro? Sabemos que sin alteridad no hay identidad; sin rostros, no hay presencias ni diferencias, pero en este relato «Cabeza mala (VI)», se narra una situación fantasmagórica frente a un espejo 'anormal' que termina siendo destruido a pedradas:





«Había colocado el espejo de Marieta sobre el lavatorio,
así es que debió quitarle el vaho con que el agua caliente lo empañara,
restregándolo con una toalla.
«Entonces creyó morir: la luna biselada mostraba el dormitorio
de su antigua dueña, el lecho en desorden, sus cortinajes,
la ventana que daba al jardín.
Al fondo, sobre una consola, un casco de diosa reluciente;
los ojetillos de una visera, muy expresivos, miraban de frente con una
intensidad inusual.
«Volvió el hombre a restregarlo con el paño y otra vez como queriendo
borrar ese reflejo porfiado, equivocado de lugar, pero fue inútil. Su
rostro no se reproducía, así es que con la barba de jabón intacta,
descolgó el espejo y lo cambió de sitio. Siempre el dormitorio de
Marieta reaparecía» (página 69, op. cit).



En el contexto de «El demonio hila fino» se presentan algunas situaciones premonitorias de la muerte de alguien, conjugadas con un transfondo religioso de sensibilidad teológica subyacente y oculta:





«(...) Los grandes espejos del foyer no reflejaron mi persona, las
estatuas y alegorías de mármol movían los labios. Perdí nuevamente
el sentido y al despertar me encontré en medio de la plaza Cuncumén.
No tuve el valor de ingresar al templo y comprobar si realmente me
encontraba de espaldas bajo el altar mayor.
«(...)Si en lugar de una linterna, el párraco hubiese llevado una palmatoria,
de seguro que eese templo hubiese ardido como yesca por los cuatro costados»
«Lo cierto es que desde que vi la cabeza tras el vidrio, tuve serías dudas de que
fuese la mía; pero así y todo insistí en ello por el inmenso deseo que tenía de
encontrarla. ¿Sugestioné al cura con mi vehemencia?
¡Y eso que la duda no era su fuerte!
«-¡Me duele tanto la cabeza!
«-Pónte dos rodajas de papas en las sienes y una hebra de lana alrededor
de la muñeca» (págs. 84 y 86, op. cit.)



En una ponencia leída por Couve en Valdivia en agosto de 1992, participando en el congreso de escritores Juntémonos en Chile, refiriéndose al «oficio del escritor en la sociedad contemporánea», citando a muchos y escogidos escritores de su preferencia, Couve llega a la conclusión de que la buena prosa es un lenguaje castigado y que la prosa contemporánea es producto del romanticismo, movimiento gestado en el país galo durante la revolución, el imperio y las monarquías constitucionales, del sufrimiento del «mal del siglo», la desilusión de una generación que nació después de una epopeya expansionista: «Nace la novela exacta, pero trunca, el castigo de ambas partes, forma a fondo, hacen posible el todo, y este todo apunta a la belleza, la única posibilitadora del conocimiento» (Couve, 1992).


6. Proyección de sus relatos y novelas



La importancia de Couve se verifica en su adscripción a la escuela realista francesa que va entre dos napoleones e incluye a escritores como Balzac, Stendhal, Flaubert, Maupassant, Merimée, Michelet, Rénan, etc. ¿Es posible que a partir de esta opción, teórica y práctica, un escritor de fines de siglo XX, pueda hacer una lectura adecuada e innovadora, diferente y disruptiva que dé cuentas de su tiempo, tan distante y distinto al origen de la tendencia adoptada? ¿Por esto es un escritor condenado a ser leído como premoderno? Lo interesante de su narrativa reside en tomar distancia de las tendencias típicas de la modernidad y de las vanguardias; con una gran economía de recursos formales, hurgando en lo universal, apostando por la recuperación de los espacios provincianos y un humor sutil e inteligente, en todos sus cuentos y novelas recrea los conflictos e incorpora los factores que intervienen en la conformación de la identidad de sujetos que no tienen clara conciencia sobre cómo se hereda, se explican las diferencias y qué elementos determinan el sentido de pertenencia a una imaginario cultura determinado. En su tetralogía Cuarteto de la infancia (1996) , la identidad se condiciona a la realidad de un pueblo que camina a otros estadios de su desarrollo sin haber consolidado y madurado en la etapa de su adolescencia. La búsqueda del padre, el desarraigo de la casa materna (por la necesidad de ir a educarse a otros lugares hasta abandonar las costumbres y las relaciones ancestrales), el dilema del sentido de la vida a través de la vocación artística y las rutinas de las familias de agricultores y de campesinos empobrecidos o dependientes del inquilinaje que han perdido su libertad, incluso al interior de sus propios hogares.



En la narrativa de Couve se plasma y se configura una visión global de la sociedad chilena entre la década de los ' 60 a la de los '90. A través de todos los componentes de su mundo novelesco, la identidad alcanza una concreción simbólica que involucra una sensación de incompletitud y de vacío. El pasado es el primer ingrediente de la ironía; la vida, nada más que «humo, fugacidad e ilusión». La figura trata de representar a un Chile ya demasiado cansado y agotado por las dictaduras, especialmente aquellas que actúan a través de la censura, el miedo y la seudoeducación de los valores cristianos traducidos en copia, repetición, tedio, dispersión y fuga hacia un horizonte que no satisface sus propias interrogantes. En efecto, estamos en presencia de un realismo transfigurador que no permiteencasillamientos en las clasificaciones que hace, por ejemplo, un estudioso como José Promis en su ensayo La novela chilena del último siglo (1993 ), en el cual trata de responder a la estructura general y a las características que han marcado la evolución de la novela. En este ensayo se proponen cinco líneas, dentro de las cuales la narrativa de Couve no calza estrictamente en ninguna. Promis se pregunta sobre cuál es la estructura general y las características que han marcado la evolución de la novela durante el siglo XX. Propone cinco agrupaciones que superan con creces los criterios orteguianos (de las generaciones) aplicados por Cedomil Goic y que predominaron, por mucho tiempo, en el ámbito de la crítica académica.El naturalismo es el inicio; luego continúa con un proceso de descristalización de la realidad histórica hasta llegar a desacralizar esa misma realidad. Afirma que la novela chilena es esencialmente crítica, identificada con los valores del cambio y del progreso, contestataria y polémica de aquellos referentes en los cuales, esta misma novelística, no se reconoce. El modelo de Promis agrupa a toda la narrativa del siglo XX en cinco grandes tendencias: Novela de la descristalización, de fundamento, del acoso, del escepticismo y de la desacralización.



La narrativa de Couve está distante de la novela de la descristalización, la cual, asimilada al naturalismo, pretende colaborar en la corrección de los errores humanos y sociales. Es la novela como documento, en la cual su narrador es una especie de observador científico, condicionado por el medio y abre los cauces al mundonovismo, al telurismo y al criollismo; ejemplos de ellas son Juana Lucero de Augusto D'Halmar y El Roto de Joaquín Edwards Bello. Couve, tampoco compagina estrictamente con la novela de fundamento, la cual plantea la resignación, la perplejidad y la búsqueda metafísica. Representantes de esta novela, en distintos momentos de la historia, han sido Vicente Huidobro, María Luisa Bombal, Juan Emar, etc. Hay cierta coincidencia, tal vez, en cuanto a un narrador que suele perder el sentido de la omnisciencia naturalista y narra historia transversales antes del momento de la enunciación, distanciándose entre la narración y el tiempo de la historia, como es el caso del conjunto de relatos breves Los desórdenes de junio .



En literatura es difícil encontrar una obra cuya génesis y originalidad sea única e inclasificable en tendencias que presentes rasgos comunes a otras novelas. En Couve hay rasgos parecidos a ciertas novelas de la generación de 1950-57, entre las cuales se advierten rupturas definitivas con el naturalismo. Aquí la realidad es una máscara, una especie de vacío en el cual se sumergen las formas y percepciones equívocas de la vida cotidiana, pero en Couve no hay un «narrador herido»; por el contrario, se aprecia como «muy sano» y dominando conscientemente el proceso de su escritura. Couve desarrolla y avanza el relato a partir de la aparición paulatina de sus personajes, los cuales se van esfumando y depositando y acumulando en la memoria de los que van quedando o apareciendo en escena. Hay, por otra parte, una clara coincidencia con el motivo de la nostalgia del paraíso perdido; es la nostalgia por la infancia.



Es probable que, en un estudio más acabado y con distinciones más finas, se llegue a probar que la narrativa de Couve compagine con una serie de elementos ideológicos y estéticos de la novela del escepticismo, pero en Couve la realidad no se puede asimilar totalmente a una máscara que conduzca a la pérdida del sentido de la existencia. Ya hemos dicho que el narrador se afana en la perfección formal y suele representarse a sí mismo en el acto de su propia enunciación. Esta es una segunda hipótesis que queda abierta a una futura investigación.

7. Conclusiones



Lo identitario y lo modernizador se articulan en la narrativa de Couve a través de personajes representativos que no controlan totalmente sus destinos, y son caracterizados por un narrador que los envuelve en una ternura desbordante, dentro y fuera de sus propias circunstancias y peripecias. Sus personajes suelen asumir y soportar la realidad desde un curioso platonismo.



Educado en Chile, Nueva York y París, la imagen del mundo que representa Couve en sus obras, sin omitir la influencia de la década de los '60, es una recomposición de tres perspectivas que lo circunscriben en el devenir de un discurso que se diluye en la negación de sí mismo ante la escasa sensibilidad y pérdida del sentido de lo humano en las últimas décadas del siglo XX. Couve muere suicidado, en triste coincidencia, en la mañana del mismo día que en Chile se declaraba senador vitalicio al ex dictador Pinochet.

La consecuencia de su realismo descriptivo sobrepasa las barreras de las escrituras francesas del siglo XIX; se yuxtapone a la atmósfera del realismo maravilloso de los '60 y no cae en la superficialidad programática delrealismo virtual que promueven aquellos que no alcanzan a ver, en el neoliberalismo, un estadio mutante y decadente de la cultura hegemónica, globalizante, desde el centro hacia la periferia.



Compartiendo el juicio de Adriana Valdés, Couve no es un narrador de vanguardias locales ni de modas emergentes determinadas por la mediática: sus textos no se entenderían si el lector no se sitúa en su contemporaneidad, lo cual, en cierto modo, depende de qué concepto se tenga de lo «real», no como simple representación, sino como una mirada compleja respecto a un imaginario cultural en su dialéctica histórica y en permanente recomposición de lugar.



En general, de la narrativa de Couve, se desprende, a mi modo de interpretar, una paradoja, una utopía salvífica como arte de contar y la decepción disolvente de la modernidad que lo cuestiona y complica con los efectos negativos del paradigma del progreso que ha regido en la modernidad. El hombre que creyó que el arte estaba o debería estar al servicio de la expresión de cada ser humano; que la política estaba al servicio de la libertad y que la ciencia al servicio del bienestar.



La identidad de sus personajes se conforma en la base de un territorio superado por las emociones que se cruzan entre la enajenación y «el olvido lleno de memoria». La modernidad es la representación de la técnica que anula al artista y de ese modo la vida pierde su sentido. La identidad es la alteridad, más la herencia cautiva en la generación de las vástagos, quienes vienen a repetir el ciclo del pecado original para el cual sus personajes no tienen explicación. La identidad de cada uno está hecha por y desde otro(s), en permanente movimiento y juego de espejos, lo cual plantea un interesante desafío para un trabajo de mayor aliento y que base su reflexión en el concepto de alteridad históricamente situado.

8. Bibliografía




Obras escritas y publicadas de Adolfo Couve:



Alamiro , Ediciones Extremo Sur, Chile, 1965.


En los desórdenes de junio, Editorial Zig-Zag, Chile, 1968

El Picadero, epopeya familiar, Editorial Pomaire, Chile, 1074

El tren de cuerda, (la segunda infancia), Ediciones de Galería Época , Chile, 1976.

El parque, Ediciones de Galería Época, Chile, 1976.

La lección de pintura (tercera infancia), Editorial Arrayán, Chile, 1979.

La copia de yeso, Editorial Planeta, biblioteca Sur, Chile, 1989.

El cumpleaños del señor Balande, Editorial Universitaria, Chile, 1991.

Balneario, Editorial Planeta, biblioteca Sur, Chile, 1993.

La comedia del arte, Editorial Planeta, biblioteca Sur, Chile, 1995.

El pasaje (cuarta infancia), Editorial Planeta, biblioteca Sur, Chile 1997-8.

Cuando pienso en mi falta de cabeza, la segunda comedia, Editorial Seix-Barral, Espa ña, 2000.

Cuarteto de la infancia, edición especial reunida, Seix-Barral, España,1996 y contiene las no velas: El Picadero,El tren de cuerda , La lección de pintura y El pasaje . Ensayos y tesis revisadas (sobre el fenómeno narrativo chileno):



1) Alonso, Nieves; Rodríguez, Mario, 1995: La crítica literaria chilena. Chile, Concepción, Editorial Aníbal Pinto.

2) Cortínez, Verónica, 2000: Albricia, la novela chilena del fin de siglo, Chile, Editorial Cuarto Propio.

3) Cánovas, Rodrigo, 1986: Lihn, Zurita, Ictus y Radrigán, literatura chilena y experiencia autoritaria, Chile, editado por FLACSO.

4) Cánovas, Rodrigo, 1997: Novela chilena, nuevas generaciones, lecturas escogidas, el abordaje de los huérfanos, Chile, Ediciones PUC. [ Links ]

5) Fouguet, Alberto; Gómez, Sergio, 1996: «Presentación del país de Mc Ondo», prólogo a la antología Mc Ondo , Barcelona, Editorial Grijalbo.

6) Hagel, Jaime, 1999 Naturaleza de la obra narrativa y «Alrededor del cuento». Ambos textos se encuentran enSaber y contar, producción de textos narrativos, Santiago, Ediciones PUC.

7) Mendoza, Plinio Apuleyo, 1982: El olor de la Guayaba. Colombia, Editorial Oveja Negra.

8) Olivárez, Carlos, 1997: Nueva narrativa Chilena, Chile, Editorial Lom.

9) Promis, José, 1993: La novela chilena del último siglo (XX). Santiago, Editorial La Noria.



10) Piña, Juan Andrés, 1991: Conversaciones con la narrativa chilena, Santiago, Editorial Los Andes.

11) Quezada, Jaime, 1997: Literatura chilena, apuntes de un tiempo, 1975-1995. Edición del Ministerio de Educación.

12) Rojo, Grínor, 2001: Diez tesis sobre la crítica, Santiago, Editorial Lom.

Referencias Críticas



1) « Juntémonos en Chile, Congreso internacional de escritores», ponencias, 1994.

2) «El Picadero», crónica, Alone, ´Diario» El Mercurio», 13-10-74, pág. 3.

3) «La vida mía se la he ofrecido al arte», Ana Larraín, Diario « El Mercurio», 20-08-89. (Suplemento).

4) «La Soledad de un artista es espantosa» Adolfo Couve. Diario « El Mercurio» de Valparaíso, 24-11-96.

5) «Couve, el autor en busca de la perfección del lenguaje». A.G. Diario « La Época». 03-11-91, pag. 32.
6) «Los relatos póstumos de Adolfo Couve», Ignacio Valente. Diario « El Mercurio», Revista de Libros N° 568, 25-03-2000.
7) «El final de un artista», Revista de «El Sábado», Diario « El Mercurio», N°11, 05-12-98.

8) «Autorretrato», Revista Paula, abril 1998.

9) «La muerte esta en mi obra, es mi gran problema», Ignacio Valente. Diario « El Mercurio», 15-03-98, E4.

10) «Pintor de la soledad»; W. Sommer; «Última entrevista a Couve», C, Warnken; «La odisea literaria», I. Valente. Diario « El Mercurio», 19-04-98.

11) « Dilemas de la creación, entre los talentos»; B. Berger. Revista de libros N° 487. Diario « El Mercurio». 05-09-98.



12) «La posición de Couve, frente al arte», entrevista de E. Aguirre. Diario « El Mercurio», 10-02-80.




(Lit. lingüíst. n.13 Santiago 2001)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

En los desórdenes de Junio (fragmento último (14) y un epílogo)



LA MUSA DE DARÍO

   1.

  Por la calle San Diego andaba errabunda y envuelta en velos una musa antigua. Suelen los siglos tener sus musas, y así Adelina, célebre en tiempos remotos, no encontraba oídos prestos a escucharla ahora. Unos la confundían con mendiga, otros con viuda. Y cuando se arrimaba a los poetas modernos, estos desoían su canto, argumentando que aquellos requiebros dulzones estaban ya escritos. Así Adelina desistió de intervenir en este siglo y se dio a vagar por las calles estrechas. Pero este deambulaje sin sentido le duro poco tiempo, al cabo del cual entró para ocupar sus horas al servicio de un taller de zurcido invisible. Le destinaron un taburete oculto entre las sombras y Adelina, sin exigir nada del mundo, remendó cuanto abrigo o casaca llegó al negocio. A veces, al ver aparecer en el umbral de la puerta a un joven enjuto, con los ojos inyectados de sueños, lo pensaba poeta y con gusto remendaba un socavón que traía en el codo.

   Como era musa y antigua, todo lo hablaba en verso y sus compañeras terminaron por creerla loca. Envejecida, Adelina se retiraba del negocio al atardecer y si encontraba la puerta del portal atascada, la cruzaba inadvertida. Temía la musa su encuentro con la noche. Fueron en otro tiempo su deleite las sombras. Conoció el vuelo nocturno y el adentrarse entre los pliegues de una cortina expuesta a los estragos de la tormenta. Experta en no ser vista, se arrimaba al poeta exhausto y a sus susurros el joven levantaba la cabeza y el corazón postergado latía de nuevo. Esos años están lejos, hoy no existen buhardillas v los poetas se reúnen en nombre de “ideales comprometidos”. Siempre están entre gente decidida y escriben sus versos con la punta del fusil en la arena. Sus voces son ajenas y están las preguntas destinadas a otros vientos.

   2.

   Don Dámaso Argobote y Cuño, célebre profesor y erudito hombre de letras, organizó un taller literario con un grupo de aficionados. Al llamado de don Dámaso acudió toda una cáfila de frustrados y mediocres que querían no tanto aprender, como dar a conocer sus últimos requiebros. De muchos cajones y archivadores se arrancaron hojas perversas de falsas rimas y sentencias fallidas. El primer día don Dámaso no sabía cómo contener a los infelices. Todos querían leer primero. Se interrumpían, se mezclaban sus alaridos al amor, al cementerio, la guerra o el olvido.

  - iBasta! - gritó Dámaso Argobote -. Orden, caballeros. Se leerá por turno. Usted comience, y los otros que esperen.

   Entonces uno que salía apenas del abrigo, cogió un fajo de sonetos mal cosidos y leyó por primera vez a otros oídos que no eran los propios. El resto no escuchaba, hurgando cada cual en sus bolsillos y carpetas, ensayando en voz baja para estar preparados cuando les tocara a ellos. Así el lector escogido leía en medio de un coro de susurros.

  En cada sesión del taller ocurría lo mismo. Todos, llegando al local, pedían leer primero y don Dámaso toma nota de sus nombres según sus gritos y los iba despachando en ese orden. Había sí una excepción. iOh milagro!, un modesto anciano que nada pedía ni tampoco levantaba la voz para inscribir su nombre. Como pasaran los meses fue haciéndose célebre por su silencio y un día don Dámaso, advirtiendo su modestia, le expresó:

  - Usted, mi amigo, ¿no quiere leer primero?

   Al comienzo se produjo un alboroto, pero algo los silenció a todos. El anciano extrajo una billetera y de esta un papel que tenía la cruz del doblez muy marcada y leyo:

   La princesa está triste... ¿Qué tendrá Ia princesa?

   Los suspiros se escapan de su boca de fresa...

   -iPlagio, plagio! -bramó la sala-. Eso es de Darío. Es la “sonatina”, de Rubén Darío. Plagio, plagio.

   El hombre con toda calma explicó: -Es mío, lo escribí yo anoche.

   Don Dámaso, para calmar a los vates hambrientos cogió, cariñoso al anciano por los hombros y queriendo salvar la situación, dijo a sus discípulos:

   -Una coincidencia, señores, una feliz coincidencia.

   Los poetas mastines se revolcaban de risa llegando algunos hasta a llorar de veras.

   El asunto no pasó de allí, y el anciano volvió a las reuniones como de costumbre. Con el correr de los meses, don Dámaso advirtió en una de las sesiones que el anciano se había inscrito de nuevo para la lectura de aquel día. Al llegar su turno, recitó con toda inocencia:

  ¡Ya viene el cortejo!

  Ya se oyen los claros clarines. iYa viene el cortejo!

   Hasta “clarines” llegó el anciano, porque don Dámaso tomándolo fuerte de las solapas, le susurró al oído:

   -Está usted poseído de una musa ajena y fuera de servicio, no la vuelva a escucha ..., es la musa de Darío.



EPÍLOGO

   ¿Cómo dices? ¿Alguien agoniza? Los montes se hacen redondear al sol y en mi agilidad reconocerán los de casa que es cuestión de volver a unir, que ha de ser el jazmín siempre en el jazmín. No pretenderán desavenir inviernos. Que si hubo en alguno de nosotros historias ocurridas fuera del alcance de las lluvias, sabrán disolverlas en sus propios sueños. Todo intacto, ni deteriorado aquello, inexistente o mutado el resto. Pero si te alejas unos metros y entrecierras los ojos no será el sol, sino una estática moneda. Aunque sientas en la cimbreante arboleda que faltan algunos desde la misma tierra serán aberturas nuevas que se mantuvieron secretas. Porque la casa paterna, vista desde la altura, en donde la quebrada tiende a continuar en brumas, es siempre el peñón cortado por manos que lo hicieron fuera de los tiempos. Después vino la siesta que dio origen a las viñas. No hubo nunca en mi comarca revoltura, pues las tierras de mi padre terminaban justo donde el mar daba rienda suelta a desordenes y orgias. Nada supieron los míos lo que en las playas cenizas se hacía a espaldas nuestras. Dicen que zozobraban barcos todos encendidos entre acantilados engañosos que se mostraban sin fondo, cobijando en sus fauces noches completas, abismos espolvoreados de sutil espuma y ruidos que al granito ensordecían. ¿Qué telegrama absurdo que dice de alguien que agoniza? ¿Quién, me pregunto, no ha tenido en su vida noche de trenes y sueños dormidos? La quebrada hecha desde antes, la bruma silenciando el mar que desde aquí es serpentín lejano y abajo el techo sagrado de la casa mía. Puedo cotizar todo lo que rodea sus muros y es la tranquilidad tan suprema que si dicen de alguno de los nuestros que está muerto, yo les probaré que se ha dormido.







Santiago, 1966-1969

En los desórdenes de junio (fragmentos 11,12 y 13)





EL MINISTRO BLUMER



La acuciosidad de Blumer y su sentido de responsabilidad terminaron por exacerbar al Parlamento. Si bien es cierto que contaba Blumer y su ministerio con la confianza de las dos ramas del Congreso, esto no les impedía odiarlo.

Sus iniciativas llenaban de estupor a los senadores, ya que estaban revestidas de tales subterfugios que descubrir la real intención del ministro, era como deshacer elástico por elástico una pelota de golf.

Algunos observadores llegaron al convencimiento de que estos proyectos engorrosos eran una medida del ministro para ganar tiempo y poder entonces meditar los nuevos.

Los hombres del gobierno, pero sobre todo la ciudadanía, aguardaban con expectación el día de la apertura del Congreso. Día solemne para la Republica en donde el primer ministro daba cuenta a la nación del estado de la hacienda pública. En otras repúblicas es este un día de justificaciones y embustes, en cambio para Blumer representaba una fiesta. Todo aquello que los senadores y diputados no habían captado en los proyectos quedaba dilucidado. Por ello la ceremonia duraba a veces hasta tres días y el público apostado en las afueras levantaba tiendas y cocinas ambulantes. A medida que Blumer explicaba sus secretos, los congresales iban quedando en vergüenza, siendo motivo de burla y hasta de agresión física por parte del público que ocupaba las galerías.

Al finalizar la cuenta, en medio de un gran silencio, abandonaba el Parlamento. Si había algo que Blumer no toleraba eran los aplausos. Dirigiéndose en una ocasión al empavonado cuerpo diplomático, les expreso: “Los aplausos, señores, son sólo ruido de las manos.” Nunca, después de esta ceremonia, invitaba a sus colaboradores a un ágape en el palacio de gobierno, porque en realidad no los tenía. Volvía directamente a su despacho, corría las pesadas cortinas y encendiendo la lamparita de noche, continuaba su trabajo. El público, reverente, Ilenaba la plaza bajo su balcón y comenzaban los vítores y las salvas. Pero como Blumer no tenía la menor intención de asomarse a retribuir esas muestras de afecto, al cabo de algunas horas le lanzaban todo tipo de cosas, quebrándole corno era habitual los vidrios del despacho. Todo el material que habían traído para las celebraciones lo ocupaban para el ataque, ubicando los fuegos artificiales en contra de la ventana. En una ocasión ocurrió que un cohete penetró en la sala, encendiendo una cortina. Sólo al amanecer la plaza estaba desierta, Blumer cerraba su enorme cartapacio, apagaba la luz y reclinándose contra el respaldo, dormitaba un momento. Después, con un gesto ausente, indicaba al señor edecán que hiciera el favor de reponer esos vidrios y despejar la plaza de panfletos, globos, carteles y desperdicios.

Con el correr del tiempo pudo apreciar el país los cambios reales y la prosperidad a que lo llevo la administración de Blumer. Hizo del gobierno la única pasión de su vida, llegando a extremos inconcebibles. Un día determino que no podía perder el tiempo en ir y venir del comedor al escritorio y ordenaba llevar el comedor a su oficina y más tarde los muebles del dormitorio.

Ni los ruegos del señor Gormaz, jefe del protocolo, su edecán, ni sus ministros, incluso miembros del Ejército y la Marina, pudieron convencerlo de que era desde todo punto de vista descortés e incorrecto recibir al Rey de Inglaterra en aquel despacho convertido en casa de remates.

Dícese que en aquella primavera cuando el Rey visitó la joven República, Blumer le invitó a su oficina y el monarca de buena gana se recostó en la cama del ministro en tanto este terminaba con el postre.

Suspendidas las recepciones oficiales, los viajes de retribución, etcétera, el palacio de gobierno perdió el esplendor de otros años. Dicto Blumer una ley de ahorros en que la fiesta nacional del 28 de marzo quedó suspendida y la gran parada se redujo a una treintena de caballos de circo que paseaban en forma sistemática durante todo aquel día por un recorrido trazado de antemano.

A comienzos del verano, después de las elecciones de alcaldes y regidores, Blumer enfermó. Su médico de cabecera, el doctor Marambio, lo prohibió todo tipo de esfuerzos, obligándolo a suspender el trabajo. Una masa oscura de curiosos repletó la plaza y permaneció a la espera de noticias. Blumer, abriendo un ojo, preguntó a la enfermera:

-Dígame, señorita, ¿hay gente bajo estas ventanas?

-Sí, señor, es impresionante.

-Lo suponía. Aunque guardan silencio, me estorban.

Hizo colocar parlantes desde los balcones para rogar al público que lo dejaran en paz. Como era habitual, esto despertó el resentimiento de los ciudadanos, que volvieron a la carga vociferando los peores insultos contra el mandatario. Entonces la guardia despejó a sablazos la plaza y todo volvió a la calma.

Blumer, al sentir la cercanía de la muerte, mandó llamar al cardenal Engola y le hizo prometer bajo juramento que lo enterrarían en el más grande secreto.

Cuando Engola se acercó para tomarle las manos, en un acto de agradecimiento y en cierto modo de despedida, el ministro reaccionó gritando:

- i No me toque usted !

Pero una súbita recuperación dejó a todos desconcertados y Blumer no falleció, sino que viviría veinte años aún.

Al saber el público de su mejoría se agolpó en la plaza para vitorear al mandatario. La plaza hervía de gente, todo padre llevaba sobre los hombros a un niño y las madres habían tejido largas trenzas de flores con sus iniciales. El Ejército levantó entarimados en donde músicos 17 comediantes desplegaron sus gracias. Se organizaron concursos, y carros alegóricos desfilaron bajo sus balcones. Una descomunal estrella fue suspendida del cielo y cada una de sus puntas mostraba cien banderas. Aviones hicieron ruedas de humo sobre los techos y la catedral echó a volar sus campanas, imitándola todas las iglesias menores. Se repartieron helados y bizcochos en grandes bandejas del Ejército y el Congreso en pleno vistió traje de gala, trayendo todos sus miembros una antorcha en la mano.

Entonces el edecán, bañado en lágrimas, rogó al ministro que acudiera a la ventana. Blumer sintió que nunca lo comprenderían. Se puso un viejo abrigo que usara incluso para dormir y bajo a la plaza. Al verlo el público en el umbral de la puerta y no en el balcón como esperaban, se produjo un gran silencio. A medida que Blumer acudía a ellos, estos se replegaban, abriéndole una ancha vía por la que el ministro caminaba. Dos niños que quedaron rezagados viéndole cerca rompieron a llorar y sus madres salieron de las filas para arrastrarlos junto a ellas. Así fue como la plaza quedó vacía y pudo Blumer acercarse a una tarima y probar con un dedo un poco de pastel de ciruela. En tanto el mandatario volvía al palacio, la plaza se pobló de nuevo y cuando estuvo dentro, el bullicio era realmente ensordecedor. Blumer entonces rogó a1 edecán que abandonara su despacho y corrió las cortinas con el desgano de quien se aísla de este mundo.




ESTERES, EL ACTOR



Esteres, el actor, de tan oficioso que era, no sabía, después de encarnar los personajes del libreto, volver al propio.

Pero las extravagancias tienen una completa explicación y es así como un día en que me dio la impresión de que el mundo no seguía, al volver la esquina tenebrosa del convento de los capuchinos, me topé cara a cara con mi antiguo compañero de colegio y hoy célebre actor, Esteres.

Tenía el cinturón cruzándole las dos puntas de un chaleco, el sombrero en la mano, un atado de guantes, gafas y bastón de nácar. No usaba zapatos, sino botines y gruesas calcetas de lana. Estaba despeinado y borracho. Pero los ojos abiertos a la más endeble melancolía. Me tomó por los hombros y aunque yo iba de urgencia, no le pude negar mi compañía. Cruzó su brazo regordete sobre el cuello de mi abrigo y así a punta de caricias y empellones me llevó calle arriba. Cruzando el arrabal, por lo del Chico Mote, donde los borrachos dejan estelas en el piso y aprovechan los mendigos de juntar el aserrín de las tiendas para ensacarlo y hacer finos colchones que aíslen de sus cuerpos la miseria.

Apoyando Esteres su báculo en el pecho de una rata ocioso, despejó la calle y entramos directamente entre las cestas del mercado hasta los mesones de azulejos bruñidos donde las cocineras ambulantes descuelgan sus presas y fríen pescado, cerdo y papas. Con un gesto versallesco, derribó un montón de curiosos y me indicó una silla. Antes de que yo la ocupara, extrajo de sus bolsillos un pañuelo de grandes flores malvas desteñidas con lágrimas, lo puso sobre el asiento, rogándome que por favor me sentara.

Cuando el anciano comediante se acomodó a mi lado, abriéndose el cuello desató el nudo de la corbata y haciendo un distinguido gesto arrancó de sus manos con desprecio ejemplar los dos guantes. La bandada de palomas regreso en puntillas y oscureció el ambiente.

Como Esteres dormitaba ya hacía mucho, pedí a un mendigo me buscara un taxi y entre ambos le condujimos al teatro. Vivía allí en un camarín destartalado, entre fotografías suyas y otras obscenas, el lavatorio y la jofaina ocultos por un biombo, las calcetas y un par de pantalones secándose al calor de una estufa. Lo acosté y me senté a su lado. Como los anteojos le habían quedado a la altura de la boca, los puse en el cajón del velador. A los pocos minutos de esta situación, un tramoyista daba gritos junto a su puerta: “Te está esperando, Esteres, tienes que entrar.”

Entonces se produjo lo milagroso. El viejo se tanteo el rostro buscando sus lentes. Cuando se los puse en las manos me los arrebató con violencia y sacándose a brincos la chaqueta, hurgó en un armario una peluca con enorme frente de seda, un chambergo y una feroz espada. Al pasar junto al peinador, sin mirar siquiera untó una esponja y se la restregó por la cara. No alcancé a levantarme de la silla cuando lejos oí su voz diciendo: “Como tenía acordado vuestra Alteza se hará.” El público al escuchar esto aplaudió cariñoso.

La joven que estaba al centro de la escena toda vestida de blanco, los dulces brazos extendidos, demostraba su amor desenfrenado al monarca y éste olvidando sus pesares, creyó en sus dulces plegarias. Inconcebible historia la de esta muchacha tan joven -aunque se enamoró de su tío desafiando un sinnúmero de pretendientes de su edad.

Y el viejo monarca terminó por creer que lo amaban, pues nada le decía lo contrario. Esta boda volvió joven al anciano y ella lo amó toda la vida.





EL JARDÍN DEL EDEN



Hay tumbas que dejaron de llamarse. Son estas superficies antes escritas como los desiertos y salares. Muy lejos del Loa, existe un extenso salar corrugado como costra de oruga y hay en aquellos parajes centenar de miles de piedras negras en ordenación inquietante, como si los demonios hubieran suspendido una tarea inútil al llamado del gran espíritu. No son otra cosa que apuros las marcas gigantes de pies y manos que estos seres han dejado incrustadas en las penas suspendidas del abismo.

En este salar, que no colinda con ninguno de los puntos cardinales, existe un pequeño oasis, llamado Oasis de la Huerta. No alcanza su superficie a ocupar cuatro cuadras Y esta todo amurallado, ya que es el recinto de un antiguo convento.

Los monjes que lo trabajan se alimentan de ello y jamás salen de sus muros. Es difícil llegar hasta el lugar, razón por la cual con ellos vive un conocido cirujano que cuida de la salud y del reposo. Este hombre fue aceptado por los monjes bajo juramento de que si algún día escuchaba la voz del Señor, tomaría los hábitos como el resto y así la comunidad no tendría ajenos. Se llamaba Samuel Hernández v era robusto y dentista también. Conocía las yerbas, sulfa y penicilina. Operaba de urgencia en un repostero embaldosado, aplicaba él mismo la

anestesia y tenía un arsenal de remedios que los aviadores amigos le dejaban caer dos veces al año en un paracaídas.

Los insecticidas y desinfectantes para plantas y flores del huerto, el los preparaba y también las dietas y regímenes alimenticios de la comunidad.

Tomó los hábitos el 14 de mayo, ocho años después de haber llegado, y confundido con los otros, se le llamo el Hermano Samuel del Valle; ya no hacía favores y todo cuanto sabía lo tenía del Señor y así de este modo fue fácil el convivir diario.

Como era riguroso, no quiso dejar las prácticas religiosas postergadas debido a sus ocupaciones, determinando que se levantaría una hora antes del alba y se recogería una también después que el resto.

Los años en el salar se pasaron como el lento rodar de una rueda de carreta. No había estaciones, sólo noches y auroras. La puerta del convento jamás se abría y el desierto se encargó de atascarla por fuera, endureciendo arena en terraplén alrededor del oasis.

Una tarde en que los monjes iban en hileras por los corredores, sintió Samuel un extremo dolor, como si alguien le provocara en el pecho un hueco. Fue de tal intensidad el vacío (como cuando el mar se recoge, dejando los bordes lejanos), que se apoyó de espaldas a un pilar y echando los brazos atrás, levantó fija la cabeza.

Los hermanos, absortos en sus rezos, pasaron a su lado sin advertir nada. Samuel volvió la cabeza al pecho, balbuceando:

-¡He perdido esta fe, la he perdido!

Como esos volantines que pierden el hilo, siguió de lejos a sus compañeros y estos, que ya estaban en la capilla, empezaron con el rezo y las respuestas. Samuel permaneció en el umbral y al mirar el Cristo de siempre, lo recorrió por fuera. Advirtió por primera vez la mala calidad de la talla, la desproporción de las partes y los ángeles rubios que lo sostenían le resultaron abominables. No pudiendo soportar tal engaño, echó a correr a su celda y sin encender la palmatoria, se recostó sobre el lecho.

Las horas llamadas por campana no lo obligaron a nada y así quedo el médico sin desvestirse ni cerrar la ventana. El avance de la noche trajo consigo a la luna que a su paso por la alcoba, escribió sobre la colcha con letra fina y de plata: “Yo soy tu diosa.” Estas extrañas letras se fueron escurriendo, llegando a teñir la mesa y los muros.

Samuel, de pie, les puso las palmas y tuvo la d, la i, o, s, t y todas por separado. Juntas sólo en el pecho cabían.

Por la mañana, decidió partir. Como las puertas se abrían hacia afuera y estaban atascadas, le fue preciso poner la escala grande de los frutales y trepar por ella. Del otro lado era fácil descender por el terraplén de desierto.

Llevaba una botella con agua y un sombrero de paja.

No había pasado una semana cuando el superior del oasis cayó gravemente enfermo de tifus y ordeno a los suyos salir en busca de Samuel. Doce monjes, con sombrero de fieltro y abundantes viandas, fueron en mulas tras las huellas del médico perdido.

Lo hallaron muerto y doblado como sobre; tenía las manos juntas y estaba de espaldas. La sequedad del desierto no pudre, así parecía un dormido.



Enajenados y todos contagiados los monjes comenzaron a fallecer y cuando el oasis estuvo en silencio, perturbó la calma un helicóptero de las Fuerzas Armadas, que pasó veloz dejando caer un enorme paquete de medicamentos en un paracaídas.

martes, 3 de diciembre de 2013

En los desórdenes de junio (fragmento 10)

"La playa"


ELÍAS, EL MAR Y CIXCILONA




“Lo que tú eres, Elías, eso cuenta... es lo que puedes”, dijo Cixcilona. Elías guardaba una historia. “¿Cuándo me hablarás del mar?”.

“Cuidar lo inexistente... no indagues.” Cómo se pulverizan las temibles y gigantescas olas en el silencio de la noche y del día. Dijo ella: “La noche es el reino del mal” y el agua negra enjuagó áspera la tierra. Escucha: existe más allá de los confines... escucha... un acantilado salino monumental y profundo en donde la costa que es desierto hunde trozos de tierra como garras en el continuo devenir ensordecedor que humedece esos muros tan altos que sólo muestran una guarda mezquina del cielo. Quiso la casualidad o la voluntad de un hombre con estrella que en medio de la playa, abajo, muy abajo, rodeada de pinos se levantara una casita de madera.



El cordón de treinta pinos oculta parte de la chimenea y casi por completo el rojo ceniza de los dos pisos y del balcón que enfrenta la tormenta. Había una vez... ipero Elías, a qué enguantar la mano! Dilo que dilo de mal y en travesura. ¿Por qué no empiezas aquí? Luego del quizás comience lo perfecto. ¿Y si se logra sin sentirlo? Más valor aún. Lo que pueden tus azules. El corazón es una u cerrada como la u de diluvio y no reemplaza al alma que en su afán de fuga, te lo repito, talla desde dentro los labios y completa la cara. Érase una vez esta historia. ¿No te advertí que al volver a esas playas, muy avanzado el invierno es cierto, la encontré devastada y cabeceando los pájaros moribundos? Escribiría Elías al alcalde: “Muy señor mío, ciudad y cementerio.” Fueron dieciocho noches sin cerrar los ojos... iNo me violentes, Cixcilona! A lo más podría hablarte del pájaro atrapado en las profundas concavidades, su canto golpeado y abajo debatirse entre la espuma silenciosa. Le siguió una tarde el arabesco de nubes sobre la cabeza y Elías dio ruedo a su manta y bailó hasta girar el mundo entero. Cixcilona, es de amor la historia, más triste que todos esos abortos. Pues estos son los crímenes de una mano contra una mano, de un ojo contra otro propio. Dilo mal, Elías, desliterado. El aborto de tu padre y el tuyo son crímenes calcados. Juzga fuerte y restriega tu dulce cara asesina contra el polvo hasta igualar la del feto inocente. Logran todas las flores abrirse, es que no son hijas de esa o aquella, son hijas las flores de todas las flores. Más triste, Cixcilona, lo que indagas, que esos abortos sobre la mesa bajo la que circulan cien gatos. Escucha.. .

domingo, 1 de diciembre de 2013

En los desórdenes de junio (fragmento 9)



EL PIRATA MARQUES PINTO

  Cruzado de piernas, bajo la leve brisa del mar, acodado en un barril de manzanas, tiene perdida la mirada don Pánfilo Marques Pinto, pirata portugués.
  "Antes -piensa - ponía yo la vista junto al mar y sobre cubierta, pero después de la ‘quebrazón’, sólo atino a desviarla buscando horizontes nuevos."
  La Fuga se ladeó en medio de una gran crujidera de mástiles, haciendo las jarcias concierto de cámara sobre la plancha del océano.
  Tenía Pánfilo tal cantidad de nombres, lugares y cicatrices que era bien probable que olvidara madre y padre. Sabía que su elegancia era en cierto modo impuesta, ya que ese cuello isabelino que le colmaba los hombros no fue escogido por él en una feria de Londres, sino que trajinado en un baúl durante un asalto. Todo, las finas botas de
gamuza, la hebilla de oro, hasta un par de gafas, fueron de un grumete que perdió la vida. Hecho todo entero de ajeno, en busca de lo ajeno se fue desocupando el espíritu de don Pánfilo, transformándose en un muñecón vacío. "Incluso el alma - replico un día, escupiendo un bollo de tabaco contra el mástil-, me gustaría tenerla de otro."
  La Fuga detuvo bruscamente la marcha. Los vientos esquivos no acudieron y pudo el mar mostrar una pasividad extrema, permitiendo descansar a esos hombres de sus acostumbrados malos tratos. El capitán Marques ladeó la cabeza y se durmió. Un sopor espeso cargó sobre el bergantín y las velas flojas colgaban como ropa tendida. Los piratas se dieron todos a la siesta. Pero los ojos azules de Pánfilo abriéronse de golpe. Ocurríale con frecuencia que el silencio lo despabilaba. Momentos extremos que ofrenda la vida, de tanta calma y de tanto recuento. No es de suponer que voces y asaltos, tizona en mano, bajo antorchas,
le vinieran a la mente. Ni su irrespetuosa entrada en los templos a caballo, ni el filo de las hojas de acero, ni la sangre entre las piedras de calabozos y lucarnas. Esta vez fue el drama de saberse cansado y Ilevado en este barco dormido. Tanto bucanero a sueldo, tanta vida a su
servicio. De un brinco estuvo en la campana, dando golpes feroces. Todo el mundo se levantó con miedo.                "¿Por que duermen, perros?" El timonel, restregándose los ojos, habló del poco viento. Marques Pinto le pateó el vientre vociferando que esta no era ocasión de sueño. Entonces hizo descender un par de chalupas y tuvo a veinte hombres remando alrededor del velero. Ordenó preparar los treinta cañones y dispararlos sin tregua, obligando a la tripulación a hacer blanco en la nada.
  Pánfilo, en el camarín, vistió traje de gala, luciendo prendas de seis gobernadores de España.
 "¿Quién es capaz de mover a La Fuga?", gritó descorazonado. Todos sus hombres bajaron la cabeza, hasta que  "El Monje", una especie de acomoda-conciencias que tenía la tripulación, fue con una botella
de ron y se la puso en los labios. Pánfilo la empinó de un sorbo,cayendo de bruces al suelo. Los vómitos ensortijaron su barba rala y la vida sólo se daba por una abertura. Giraron los mástiles, haciendo la nave viaje circular y los ruidos de la brisa le calaban las orejas. AIguien lo tomó de las axilas y le condujo al comedor, pero el capitán
dejó caer la cara en el plato. Entonces la marinería se dio a la borrachera. Pánfilo, gateando, quiso ponerse en pie, pero sólo arrastraba su pestífera cabeza.                     "¡Desnúdenme, no tolero estas ropas!" 

  "El Monje" desabotonó su justillo y el capitán semidesnudo se  aferró al mástil.
  Cuatro corbetas inglesas dibujaba el horizonte.
 "¡Barco a la vista!"
  Pero sin viento no llegarían, así es que la fiesta y las fechorías, puñadas y bofetones no fueron interrumpidos.
De súbito el austro de esos mares nuevos dio de lleno en los paños y el bergantín quieto se ladeó torpe y emprendió viaje. 

"iVistanme de rey!" gritó Marques y "El Monje" trajo una caja forrada en badana que pardaba un traje ceremonial de un rey de Escocia. Impecable y vomitando, el portugués cargó sus pistolónes de nácar: "¡Disparen, burros, tenemos al frente una escuadra!."
  Era tarde, hacía mucho que todo estaba dispuesto por la Armada. Los bucaneros, sabiéndose perdidos, pero sobre todo al sentir que su capitán estaba ebrio, enarbolaron camisas blancas a los remos, huyendo en las chalupas. "EI Monje" quiso permanecer a bordo, pero tuvo presente los desaires que recibiera de Marques Pinto y acompañó a los
desertores.
  Entonces vino el sueño. Las velas desplegadas en ordenación exacta. El capitán de bruces con casaca de reyes y el barco solo al encuentro de una Armada.
  Pero todo siguió otro curso y los ingleses al ver dos chalupas repletas de bucaneros comenzaron con ellos el combate. Cuando llegó la noche, la escuadra estaba lejos y sobre el mar desatado flotaba a duras penas una nata de cadáveres y palos.
  Al amanecer, Pánfilo Marques Pinto estaba repuesto. La mañana esplendorosa dibujaba la costa como una tajada de pan. Solo recordaba a medias el asunto del día anterior. Una carcajada sonora se llevaron las gaviotas en sus alas. El mástil crujió vigoroso y Pánfilo clavo el timón para estar libre sobre cubierta. Tuvo la maldadosa idea de enfilar a una roca y hacer pedazos su vida. Con el catalejo ubicó el peor de los acantilados y en aquella dirección dejó dispuestas las cosas. El viento aseguraba la maniobra y Pánfilo se abrazó a las jarcias de proa. Calculó que en una hora sería astillas. Aquellos desafíos eran sólo juegos. No podía dejar la vida quien la tenía prestada.
Cuatro meses más tarde lo vieron en Santo Domingo, en la taberna del " Oso que Cumple", contratando gente. Vestía de capitán de alabarderos y llevaba sobre el pecho la impecable Cruz de Santiago.

En los desórdenes de junio (fragmento 7)



GASTON DEL SEBO


  Un día, el Rey se aburría. Entonces dijo al pintor de la corte: "Hacedme, señor, un retrato ecuestre.", Para ello no sólo era necesario un caballo relleno de estopa, sino además un lacayo obediente, que posara y soportara durante largas horas el peso de las vestiduras, emblemas y condecoraciones del monarca. El Rey tan sólo posaba la cabeza. Así estos retratos se han hecho célebres por tener el corazón anónimo y plebeyo, y del Rey tan sólo el "rostro insuperable". Por ello, Gastón del Sebo, camarero y rufián a sueldo, dijo a su mujer (una partera de regular acierto) que el retrato que exhibían tenía muy poco de su señor
y en cambio de él, el cuerpo entero.
  De esto se desprende que los caballos levanten a perpetuidad sus patas delanteras y quieran voltear al impostor que ostenta una cabeza ajena.