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martes, 28 de mayo de 2024

Adolfo Couve era impresionante, de Jaime León

 

Jaime Oyaneder en la playa

En 1971, Jaime León, actual académico del Departamento de Artes Visuales, había decido seguir la especialidad de pintura en la entonces Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Hasta ese momento sólo sabía que le gustaba "la cosa del dibujo, de la pintura, pero no que tenía ciertas facilidades y condiciones para ello", recuerda. Durante ese primer año de especialidad, Jaime León tuvo como profesor a Adolfo Couve, artista y académico que con el tiempo se transformó no sólo en su maestro, sino también en un gran amigo.

"Adolfo me despertó todo eso que, de alguna manera, yo tenía en potencia. Mientras en el colegio era 'porro', luego de conocerlo me transformé en un lector ávido. Comencé a leer novelas, historia, estética y creo que con él sincronizamos. Fuimos grandes amigos", señala Jaime León a diez años de la muerte de Adolfo Couve. Y es que las cualidades que como académico tenía este pintor y escritor aún se recuerdan al interior de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Formador de muchas generaciones de artistas y teóricos egresados de la Casa de Bello, hoy tiene una sala que lleva su nombre.

Además, el Departamento de Artes Visuales presentará e instalará, durante el transcurso de este año, el busto de Adolfo Couve que la artista y académica de la Facultad de Artes, Patricia Vargas, donó a este departamento. Con ello, el DAV recordará a este artista, escritor y académico que estuvo ligado a la Universidad de Chile hasta el día de su muerte".

 


 

 

"Adolfo puede estar tranquilo"

Adolfo Couve nació en Valparaíso en 1940 y comenzó sus estudios artísticos en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile -donde fue discípulo de Pablo Burchard-, los que luego continuó en l'Ecole des Beaux Arts de París y en The Arts Student League en Nueva York. En 1964 inició su carrera académica en esa misma Casa de Estudios, la Universidad de Chile, comenzado primero como profesor de pintura y luego como parte del cuerpo académico del Departamento de Teoría de las Artes, a cargo de cátedras como la de Historia del Arte y de la de Estética, hasta el año de su muerte.

"Lo bonito de Adolfo es que fue una persona que, obviamente, tenía un conocimiento intelectual altísimo, pero que estaba profundamente enraizado con una experiencia personal. Entonces, no era una suerte de memorizar o saberse escolarmente las cosas. El tipo denotaba en su ademán, en sus gestos, en la inflexión de la voz que lo dicho le pertenecía. Se notaba que era una experiencia devenida de sí mismo y eso generaba mucha confianza", recuerda Jaime León, quien agrega que además "era un tipo con una sagacidad, con un humor impresionante. Es muy lindo cuando te enfrentas a una persona que está exponiendo algo que le brota desde adentro. En ese sentido las clases de Adolfo eran entretenidas porque escucharlo y verlo era una cosa muy armónica".

Pero Adolfo Couve no sólo se dedicó a la docencia. Usando como técnica principal el óleo sobre tela, este destacado artista desarrolló básicamente tres géneros en su creación pictórica: retratos, paisajes y naturalezas muertas. Pese a que Adolfo Couve jamás dejó de pintar -"hacía el ejercicio del pintor, pero no mostraba y por eso para los demás no estaba pintando", aclara Jaime León-, lo cierto es que pudo conciliar su labor como académico y su gusto por la creación pictórica con otra de sus pasiones: la literatura. Así, son varios los títulos de su autoría, entre los que se cuentan "Alamiro", de 1965; "El Picadero", de 1974; "La Lección de pintura", de 1979; "La copia de yeso", de 1989; "El cumpleaños del Sr. Belande", de 1991; y "La comedia del arte", de 1995. A ellos se suma "Cuando pienso en mi falta de cabeza", publicación póstuma aparecida dos años después de su muerte.

"Él siempre confesó que se había dedicado más bien a la literatura porque le costaba más. La pintura, en frase dicha por él, le era más fácil y por lo tanto el riesgo era menor. Como el riesgo era menor la apuesta también lo era. En cambio en la literatura tenía que entregarse más, arriesgaba más y yo creo eso le generó una dosis mayor de compromiso. Ahora, como pintor tenía una pupila impresionante. Era un tipo que ya en el matado de tela tenía configurado un cuadro", explica Jaime León.

Pero su obra pictórica no es tan conocida

Lo que pasa es que, a lo mejor, su manifestación pictórica fue contemporánea a toda una cultura de arte conceptual y él, que de alguna manera manejaba una manualidad que en ese entonces podía leerse como anacrónica, simplemente no tenía mucha injerencia. En cambio la literatura no estaba dominada por algo contra lo que él iba, pese a que se decía que estaba reposicionando a la literatura realista francesa. En la pintura primaba fuertemente la postura conceptual donde, obviamente, la manualidad estaba en retroceso. Defender esas posturas era como estar en una posición que no correspondía y no le fue fácil su posicionamiento con la pintura. Sin embargo, tenía una habilidad, una inteligencia en la mancha, que yo creo que no tuvo lectura en ese momento.

¿Y ahora?

Tiene que mediar mucho tiempo todavía. Una vez que decante lo que está aconteciendo en estos momentos se decidirá quiénes fueron y quiénes no. Lo que se hace ahora no tiene lectura aún y no se sabe muy bien cómo acomodarlo. Yo creo que lo de Adolfo, tanto en literatura como en pintura sí, y por una cosa innegable: es de calidad. Quizás en un momento dado no correspondió al código que se estaba manejando a través de los medios, pero algo bueno es algo bueno siempre. Yo creo que en ese sentido Adolfo puede estar tranquilo.

¿Es cierto que estuvo un periodo sin pintar?

Es falso eso de que estuvo sin pintar mucho tiempo. Sí estuvo mucho tiempo sin exponer, pero pintaba para callado, casi con vergüenza. Yo lo acompañaba mucho. De hecho, tengo una casa en Cartagena y salíamos a paisajear, pero él no lo mostraba. Todo el tiempo hizo el ejercicio del pintor.

¿Hay algo en común entre su obra pictórica y narrativa?

Sí. Es bastante recurrente lo que te voy a decir, pero fue dicho por él mismo. Él es pintor cuando escribe y es literato cuando pinta. De alguna manera sus narraciones tienen mucha descripción, casi como un haikú de lo que es la percepción visual. Muchas de sus descripciones ricamente literarias son fenómeno de experiencia visual, lo que es una constatación de pura presencia. La visualidad es pura presencia, puro presente. Él no tenía otra alternativa porque tenía una pupila, una cosa muy visual. En ese sentido, hay una sincronía muy fuerte.

Y a 10 años de su muerte, ¿qué es lo que más recuerda de él?

Su inteligencia y su generosidad. Para muchos es difícil entender que uno diga su generosidad porque era bastante hosco, pero esa hosquedad que tenía era también un mecanismo de defensa. Tenía una gran desconfianza hacia el afecto, cosa curiosa porque era una persona muy querida. Pero se entregaba muy poco, tenía miedo y lo que te digo fueron sus propias confesiones. Por lo tanto, era de muy pocos amigos y de una actitud muy de esconderse, pero en el fondo, era una persona de una gran generosidad, de un profundo afecto y con una gran capacidad para dar. 

Jaime León concluye: "En la Facultad, Adolfo Couve era muy respetado. Pese que a algunos les pudiese molestar que fuera tan marginal en relación a lo que se espera del perfil de un académico, no podían decirle nada porque sencillamente era genial. Te insisto, cuando uno vive la experiencia de lo que entrega, no puede hacer un alto para formalizarlo. Para mí, Adolfo tenía esa gran capacidad. Era espectacular". 

 Lunes 10 de marzo de 2008

 https://artes.uchile.cl/noticias/44751/jaime-leon-adolfo-couve-era-impresionante

 

 

sábado, 25 de junio de 2016

"Adolfo Couve: esa extraña realidad" por Natalia Babarovic

                                                                                             


                                                                        Entends, ma chère, entends la douce

                                                                        Nuit qui marche. Recueillement.

                                                                              Charles Baudelaire, Les fleurs du mal


 Después de todo lo que se ha especulado sobre Adolfo Couve, se me hace difícil recordar en qué consistió nuestra amistad. Esto se transforma en un problema cuando me piden que escriba acerca de su importancia o influencia como maestro en mi trabajo, porque, si bien yo era su alumna de Historia del Arte y Estética, no era su alumna en pintura. Incluso, se ha instalado en un circuito restringido, el mito de mi discipulaje que ya ni sé cómo empezó. La vida, la obra y las relaciones personales de Couve, han estado siempre cubiertas por una luz mítica –de fotografía familiar de los años 60, de pátinas florentinas y parisinas–, la cual él contribuyó a generar con gran talento.

 Que en un viaje a Florencia, Ana Cortés lo hizo correr por sus calles con los ojos tapados, para que se encontrara, de sopetón, con tal o cual maravilla artística. Que compró una valiosísima antigüedad egipcia a precio de huevo, en el anticuario de un judío en París y que con el valor de su venta en Santiago, pudo solventar gran parte de la construcción de su casa en Guardia Vieja. Cómo conoció a sus parientes, los Couve de Murville, cuyos ancestros fueron decapitados en la revolución francesa, mientras él se alojaba en un nido de comunistas en París. Que Rubinstein fue una vez a tocar el piano a la casa de su abuelo, ubicada donde hoy se emplaza el Edificio Couve, al costado de la plaza de Viña del Mar. Que cuando Salvador Allende, su vecino y amigo, ganó las elecciones, lo sorprendió ante una turba de periodistas y fotógrafos de prensa sacando los objetos valiosos de su casa en Guardia Vieja, entre otras cosas, un retrato del músico Palestrina, supuestamente pintado por un discípulo de Antonio Moro, por temor al saqueo del populacho. Que volvió a pintar en secreto. Que dejó la pintura para dedicarse a escribir. Que se volvió loco.

 Adolfo Couve vivía, un poco, en una especie de opereta que él había creado para reírse y para protegerse y que era un modelo, si no ajustado a la realidad, por lo menos tan errado como cualquier otro. Me imagino, también, que él tenía una experiencia de irrealidad casi permanente; me refiero a una realidad como la que plantea Wittgenstein, es decir, una realidad del lenguaje, en el cual el mundo son todos los hechos atómicos posibles. ¿No es sospechoso que dos personas relativamente cultas como él y yo, pudiéramos sentarnos en un banco de su jardín y nombrar prácticamente todas las cosas que veíamos? Y cuando cada cosa tiene un nombre, ¿no se vuelven como ilustraciones de las palabras? Nos reíamos de esa coherencia y sospechábamos. Sentados en un banco de fierro forjado, vestidos como en el siglo XIX, mirando la bahía desde la terraza de su villa italiana, finalmente decidíamos mirar el gran boquerón abierto en ese tejido que desmentía todo. Se entreveía por esa rendija el lado B de toda esta apacible objetividad que Couve atribuía a los sutiles trabajos del Maligno. Leí en un libro de psiquiatría, que uno de los signos que anticipan la psicosis es una leve sensación de irrealidad, una duda que va en aumento. Es un aura filosófica, como el aura visual que precede a la crisis epiléptica, en la cual las cosas se ven más brillantes y hermosas. En mi juventud, cuando estaba en el liceo y luego, cuando estudiaba Arte, padecía dolores de cabeza que eran anticipados por unas sensaciones semejantes, provocadas en mi caso, por el ayuno voluntario y la falta de sueño. Era una manera que consideraba muy artística de percibir las cosas. Ahora entiendo que esta experiencia consistía en forzar la percepción hasta hacerla fallar, como quien mete el dedo y perturba la tensión de la imagen en un espejo de agua; eso me sirve ahora para definir un método, para la imposible tarea de dilucidar esta realidad coherente y distinguirla de su otro lado.

 Todas estas frágiles sensaciones crepusculares y estas ideas intuidas se pueden ver, precariamente fijas, en algunas pinturas: el ángel enrollando el cielo y guardando este mundo, que pintó el Giotto en su “Juicio final” y, por supuesto, en “Las Meninas” de Velásquez, donde también se tiene la fuerte impresión de que no se está viendo una pintura, sino a un pintor trabajando que escruta la oscuridad en la que uno está parado.

 Nuestro modelo, quiero pensar, el mío y el de Couve, es una construcción, una puesta en escena de Dios o del sistema nervioso central y sobre esa imagen se producen disturbios, fallas, lapsus, lagunas. Estos lapsus no se pueden mirar directamente, pero sí se pueden representar al sesgo, rozarlos con el lenguaje, cualquier lenguaje suficientemente transparente, continuo y fluido, como para representar esas mínimas saltaduras, reparaciones, agujerillos o boquerones de sombra. El lenguaje puede encapsular, como una costurera que encandelilla un ojal, los bordes que se deshilachan del tejido de la realidad y dar forma a ese vacío o noche que hay detrás. Es el modelo, a fin de cuentas, de todos los artistas que debemos permanecer en los bordes de la realidad y mirar hacia el abismo desde los límites de la representación, mientras los demás caminan por la calle tranquilos.

 En el caso de Couve, la tragicomedia de Cartagena se desmantelaba como por un viento y una cierta sordidez, una pobreza indigna y sin santidad, que destartala la superestructura, los significantes más sublimes que se le pudieran ocurrir y que imponía sobre las historias: los traidores más paradigmáticos. En este modelo, en el lenguaje de la novela realista, para usar nuevamente una proposición de Wittgenstein: “El sentido del mundo está fuera del mundo”.



Revista Grifo, n° 12, Santiago, 2008.

martes, 19 de noviembre de 2013

Adolfo Couve el tiempo pasa, el misterio queda, por Sonia Lira









El 11 de marzo se cumple una década desde que el escritor y pintor, calificado como "único" en el panorama nacional, pusiera fin a su vida en Cartagena. Al tiempo que se anuncia la traducción de sus obras al inglés, declaraciones inéditas que hizo en su última entrevista dan pistas acerca de su trágico destino.


La casona de Adolfo Couve en Cartagena rebosaba de vitalidad. Sospechar que dos meses más tarde, el 11 de marzo de 1998, el escritor y pintor se quitaría la vida, resultaba un despropósito. Las plantas de la Villa Lucía crecían bajo sus cuidados y un pájaro parlante se pavoneaba frente a las visitas con plumas coloridas, como los quitasoles del balneario.

Couve -quien había recibido el aplauso unánime de la crítica por su novela La Comedia del Arte (1995)-, aparentemente también formaba parte del coro colorinche de bañistas que colmaba la playa.

"Mira estas suculentas. Estas plantas son unas sobrevivientes, por eso siempre están verdes", comentaba mientras mostraba con orgullo de niño el jardín y piropeaba a su loro: "Se llama Valentino porque es bello".

Claro que toda la ebullición de verdes y tornasoles de esa tarde de enero se ensombreció cuando salió el tema que le obsesionaba y que terminaría por arrancarle el último aliento: la redacción de un nuevo final para La Comedia del Arte. A pesar del éxito de crítica, Couve no se conformaba con haber dejado sin cabeza al protagonista de la novela, Camondo, el pintor realista venido a menos.

"De nuevo soñé con él (Camondo) y no puedo dormir", comentaría más tarde, por teléfono, desde Cartagena, preocupado por el destino que tendría su libro, que sería publicado de manera postuma con el títuloCuando Pienso en mi Falta de Cabeza (2000), como un texto independiente, y no como epílogo, que era lo que su autor quería.

El suicidio de Couve, a los 58 años, golpeó fuerte, tanto a sus conocidos como a la escena literaria nacional.

Cualquier atentado contra la propia vida arranca un grito de terrible sorpresa, por mucho que el suicida haya estado dando señas, dejando pistas.

Un ejemplo. La Comedia del Arte fue celebrada por el crítico Ignacio Valente por poseer lo que le faltaba a la narrativa chilena: "espíritu". Gracias a esta parodia del mundo del arte, protagonizada por vidas mínimas como las del fracasado pintor Camondo y su desvencijada modelo Marieta, el escritor había ingresado al mundo de lo arquetípico, de lo universal, a pesar de que su estilo calificaba de "anacrónico". Pues bien, en estas páginas Couve hablaba de un "destino sin futuro" y en la entrevista concedida a Qué Pasa dos meses antes de que se colgara desde la baranda del segundo piso dijo al pasar, pero sin poder esconder su perturbación: "Cuando uno se queda en un lugar (Cartagena, en su caso) es para esperar la muerte".

En el tintero se quedaron esa tarde y durante los diálogos telefónicos, muchos cabos sueltos, como su desconfianza de los antidepresivos. Incluso a quienes había conocido hace poco les recomendaba dejar los medicamentos y asumir la melancolía como el estado natural de un espíritu a contrapelo: "La fluoxetina (que un conocido tomaba) y todo eso no funcionan. Tapan lo feo, pero no dejan ver lo bello con naturalidad con realismo".

Y Couve era un "realista". Un "realista" que había interrumpido su tratamiento médico y para quien lo bello ocurre siempre "por el lado áspero (...) la belleza no va por lo lindo", como dijo en una entrevista con Cristian Warnken en el contexto de la Feria del Libro de Santiago de 1997. La misma muestra a la que prometería no volver: "La verdad es que a mí me gustaba más la Estación Mapocho con trenes (...) Esto otro es tan raro, con toda esa gente... y luego afuera el ruido de los autos". Má tarde agregaría: "aunque, ¿tú cree que no es difícil para mí estar aquí solo? A veces también hay ruido y no escuchas el mar".

Couve había elegido Cartagena como el Parnaso para sus personajes de La Comedia del Arte. Con el tiempo ese lugar, donde los dioses decidían el destino del pintor Camondo, de la modelo Marieta hasta el suyo propio, se había convertido en el Averno que aparece en la póstuma Cuando Pienso...

Puede que a diez años de su muerte, justo cuando su obra comienza a ser traducida al inglés (el relato El Gobernador Meneses Lisandro, por el editor Peter Robertson para The Yale Literary Review, la primera de una serie de traduciones) y su casona es lugar de peregrinaje para sus lectores; puede que justo ahora no resulte exagerado decir que su libro póstumo, donde su tozudez por alcanzar la perfección del lenguaje lo llevó a rozar -que es mejor que tocar, como él decía- la poesía que tanto admiraba y que lo arrastró a corregir una y otra vez los manuscritos con tinta roja y a quemarlos y a maldecirlos; puede que al fin se pueda afirmar que su arte le costó la vida.

Las editoriales le exigían más páginas, pero estas exigencias provocaron el efecto contrario. Después de dos años de escritura, el resultado de Cuando Pienso... fue de sólo 40 páginas. "No sabes lo que es todo esto, corregir y corregir manuscritos, quemarlos. Despertar a las cuatro de la mañana y volver a corregir y todo se vuelve más corto porque lo importante queda en tan pocas palabras, ¿qué más decir?", declaraba esa tarde de 1998.

En el prólogo del libro que no llegó a ver, Adriana Valdés explica cómo el artista buscó una expiación llevando al papel aquello que lo atormentaba: la locura. Perder la cabeza, como sugiere el título, sería "el tema espantoso de volverse loco". La conclusión de Valdés es muy lúcida, aunque, a una década de la madrugada en que Couve puso punto final a su vida, todavía resulte un misterio el último pensamiento que cruzó por su cabeza. Su querido loro Valentino nunca rompió el secreto.

La Tercera Cultura, sábado 1 de marzo de 2008