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sábado, 28 de marzo de 2020

El cumpleaños del señor Balande




1. 

Es una falacia bien socorrida creer que reunir a la familia para un evento conmemorativo significa apoyo mutuo, postergación de los antagonismos, solución a nuestra condición solitaria y conflictiva. 

Pero cuando se trata del cumpleaños del progenitor, no se piensa en tales cosas, y todos contribuyen a hacer feliz ese momento. Era el caso de Balande, Oscar Balande, quien aquel día cumplía cincuenta y siete años. Sus hijos, todos casados, los cuñados y cuñadas, los hermanos, incluso una que otra tía sobreviviente de la generación anterior, y la totalidad de los nietos, se dieron cita en el departamento de los “viejos” para almorzar alrededor de una torta, que apenas podía contener esa enorme cantidad de velitas sobre su embetunada superficie. 

El departamento era holgado, y a medida que los “niños” se fueron casando, los diferentes dormitorios que ocupaban adquirieron esa inutilidad, esa quietud, esa secreta aspiración a estar reservados a un hipotético retorno que nunca acontecería. Los cubrecamas estirados, los visillos corridos, la luz del sol como un manchón sobre la alfombra, el espejo del ropero duplicando a nadie. 

Era un departamento con una ubicación privilegiada, el único del edificio que tenía balcón a la calle, repleto de balaustres de cemento, sobre cuyos baldosines relucientes había dos escaños de hierro forjado, y una que otra jardinera que curiosamente nunca completaron con nada. Tal vez porque el inmueble estaba casi encima del parque Forestal y daba la sensación de que todo ese jardín exótico y centenario les pertenecía. 

Un toldo elegante a franjas blancas y amarillas impedía la resolana de la tarde, frustrando la curiosidad de los vecinos de los pisos superiores. 

A este balcón convergía el amplio salón, y separado por una puerta de correderas, el comedor. Los Balande eran demasiado tradicionales para juntar ambos ambientes, mezclando los trinches con el piano, o la amplia mesa con el sofá. Preferían, a la antigua, merendar en un sector para luego dedicarse a la cháchara en el otro. 

Amaban sobremanera sus muebles, y en general mostraban en la decoración un gusto refinado. Desde luego, se hacía notar sobre el hermoso parquet una colección de alfombras persas de las más variadas dimensiones, todas con el sello aparentemente imperfecto que da la aplicada y lenta manufactura artesanal. 

- Caminan solas, - decía Balande al referirse a ellas, y de vez en cuando se levantaba en plena noche para contarlas, indicando a su esposa en voz alta: 

- Julita, ¡a que no sabes cuántas alfombras persas tenemos! 

En realidad había en demasía, incluso estaban montadas algunas encima de las otras. Esto en cuanto al piso; respecto a los muros, el atiborramiento era similar. Marcos y oleos iban desde el cielo raso al suelo. Y como suele hacer la burguesía, para cada cuadro tenían una anécdota, ya fuera de su adquisición en una comentada subasta, o simplemente de sus autores, verdaderos parias de los que solo se admiraba lo que hacían, jamás lo que eran. Desde luego, aquella colección valiosa no se arriesgaba más allá de lo convencional, de ahí que desafortunadamente para sus dueños, el precio de compra iba desgastándose como aquellas firmas efímeras a lo largo del tiempo. Pero hacérselo entender a Balande eran palabras mayores. Presidia el salón, encima del sofá, una “escena gallega” de Fernando Álvarez de Sotomayor, pintor de factura estridente, cuya mueca dura traducía a la fuerza, por medio de empastes monótonos cuanto veía. Así, la mejilla de una aldeana tenía la consistencia del tazón de loza que intentaba alzar. Había una niña de Brujas, otra zurciendo con la aguja suspendida a perpetuidad, enormes marejadas con olas que levantaban casi a la altura del marco a barcos de vela y de vapor, cruzando el temible Cabo de Hornos, o arribando ufanos a Valparaíso. Pero aquel vaivén de transparencias se aquietaba ante otras vistas más bucólicas, como trillas a yegua, siesta bajo los sauces o rondas, entre mitológicas y folclóricas, de jovencitas atrapadas en su representación al óleo. No faltaba por allí la miniatura algo borrosa, ni el retrato de Julia, relegado a la oscuridad del vestíbulo. En traje de baile, las manos mal solucionadas, y del rostro, rescatado a la fuerza, un parecido dudoso. 

Pero el conjunto impresionaba, ya que estos óleos y tapices estaban secundados por dagobertos de terciopelo y pasamanería, cortinajes recogidos por borlas, muebles enchapados, cómodas pintadas a mano y firmadas, una que otra escultura de mármol y media docena de jarrones chinos de las dinastías más conocidas, los que mostraban su prosapia no sólo en el azul intenso de la ornamentación exterior, sino en la cantidad de uñas y garras de los dragones, que circundaban vivaces el fondo y las paredes interiores. 

Había reflejos de estas preciosas lozas y mármoles sobre las bruñidas cubiertas, y el toldo de la terraza, cual prisma de paño, filtraba la luz, cuya tonalidad suave en su paulatino avance iba destacando la urdimbre desigual de los tapices. 


2. 

Los negocios del señor Balande quedaban en la calle Herrera, cerca de San Pablo, a metros de la plaza Yungay. Un cordón de almacenes sucios, con la verdura en la vereda, las yerbas en los mostradores y los toldos desvencijados y harapientos, donde la lluvia y el sol resbalan por igual. Allí frente a las cajoneras de abarrotes, con las poruñas enterradas en el arroz y los fideos, los escaparates improvisados, las balanzas arcaicas y toda suerte de atrasos, se veía a Óscar Balande. 

Llegada la hora del cierre, cuando chirriaban las cortinas metálicas ante la extendida sombra de los árboles de la plaza, que opacaban la cantidad de pedestales vacíos, raídos cuadriláteros de pasto, Balande sacaba de la trastienda su terno impecable, se quitaba la cotona de trapo, tomaba el automóvil y enfilaba hacia el barrio alto, mezclándose en un tránsito cada vez más selecto, que lo acompañaba hasta su casa. 


3. 

En aquella ocasión, el nerviosismo de Julia era manifiesto. Desde el momento mismo en que comenzaron a ingresar los invitados se la notó alterada. Y no debido a los pormenores del almuerzo, ya que este había sido encomendado al Club, y dos garzones de impecable apariencia circulaban del repostero a la mesa. Los primeros en llegar fueron los hermanos mayores de Julia: 

Edgardo y Emita, quienes vivían juntos desde hacía muchos años. Edgardo nunca se casó y Emita, viuda recién contraídas nupcias, no soportando la soledad, decidió compartir una casa con su hermano. El tiempo los volvió una verdadera pareja, con sus mañas y avenencias, sin haber pasado por la experiencia del sexo. Exentos de aquel entrenamiento, alcanzaron, sin embargo, igual situación que la de las parejas normales. 

-Mis hermanos acaban de llegar- se le oyó decir a Julia, mientras disponía un arreglo floral. 

La sonora voz de Edgardo, quien tenía por costumbre exagerar las situaciones cotidianas, hacía enojar a su hermana, que siempre explicaba lo mismo desde otra perspectiva. Y en esta rectificación podía apreciarse el inmenso amor y orgullo que Emita sentía por él. 

-Nunca me has dicho, Oscar, la procedencia de este Helsby. ¡Qué cuadro tan bonito, qué oficio, qué colorido y qué gracia en el movimiento de este par de figuras! 

Emita, en tanto, agitaba un montón de pulseras de oro que tintineaban en su muñeca. 

-Todavía recuerdo cuando rematé el Sorolla- continuó aclarando…-. La mujer de Agustín Serrano hizo lo posible por arrebatármelo, pero fue inútil… y lo peor es que hasta con guiños me rogaba bajara la oferta. 

Este parloteo de subastas y oportunidades llenaba el recinto mientras ingresaba en él una tía abuela de Balande, del brazo de uno de los hijos. Como ésta era sorda, el muchacho narró el trayecto que efectuaron desde la casa de la anciana hasta allí. 

-Pasó a la “botica”, como ella dice, y pidió un medicamento que hace cincuenta años no se fabrica, luego volteó el monedero sobre el mostrador, y ¿creerán ustedes que había piezas del tiempo de Balmaceda? –explicaba el joven, en tanto Edgardo se volvía hacia el Álvarez de Sotomayor. 

-Don Fernado Álvarez de Sotomayor, ¡qué muchacha tan natural! 

Ya repletaban la puerta del salón varias personas de distintas edades. Se veía a don Javier Peralta, la mirada perdida, del brazo de Teresa Balande. Tío Javier tenía avanzada arterioesclerosis, y no hacía mucho había lanzado al excusado las joyas de la familia. Durante unos minutos, vagó por las Smyrnas y Bokharas, si saber dónde estaba. 

Todo palideció de pronto, y el toldo de la terraza se opacó. Se nublaba el cielo. Elvira y su esposo hablaban de los niños, y tía Tere se sentó al piano, ensayando acordes y melodías pegajosas, con mucho humor. La rodearon personas jóvenes, para quienes se preparaba una mesa aparte de la grande. Tío Javier pasó frente a una vitrina rococó, de vidrio abombado, que guardaba miniaturas y reliquias únicas, dijes, juegos de las monjas Claras y camafeos de pelo. Unos dátiles tallados era lo más preciado entre esos tesoros bajo llave. El rostro ido del tío Javier se duplicó fugazmente en el vidrio curvo y miró al interior, no comprendiendo ese encierro. 

Oscar desapareció por un instante para reingresar disfrazado con una careta rosada que le dejaba descubierto el labio inferior. Era quien más celebraba su propia jugarreta. Uno de sus hijos, Fernando, se divertía en sacar fotografías de la velada, colocando el fotómetro en todas las posturas imaginables. 

Un hombre alto, peso, panzón, bien vestido y perfumado, fumaba un habano en el balcón, en tanto otro de los hijos de Julia le narraba algo muy interesante. Se trataba del almirante Costa-Veliz, casado con una hermana de Balande, Clarita, ya de cierta edad, carente de hijos. Ambos se dedicaban a viajar todos los inviernos. Mal lo habían pasado en la última gira que efectuaron a Londres. El obeso almirante en retiro, sin darse cuenta, puso su enorme zapato en la cuna de Enrique VIII, expuesta en un museo, y fue multado en muchas libras esterlinas. Anglófilo empedernido, es posible que hasta sintiera orgullo por tal torpeza. 

Julia intentaba escabullirse de los grupos que querían retenerla. Experimentó alivio cuando los invitados pasaron a la mesa. Había tarjetas en cada puesto. Los menores ocuparon la “del pellejo”. Una jalea salada con incrustaciones de mariscos de un color nebuloso, en medio de escogidas hojas de lechuga, repletaba los platos. 

Balande trajo personalmente de la bodega una botella sucia de vino de muchos años, relacrada hacia otros tantos. 

- i A lo mejor es puro corcho! – 

- Te diré, Emita, que el Romero de Torres que tiene Oscar es casi más interesante que el nuestro. 

-El tuyo es precioso, Edgardo - acotó su hermana, haciendo una mueca ante la modestia de su conviviente. 

-Cuando estuvimos en Nueva York, lo hice expertizar en Park Bennett. 

- Prueba, prueba este mosto, paladéalo, tú sabes de esto... 

- ¡Señor almirante! 

- ¿Doctor? 

- ¿Y la torta? 

- Ah sí, se me olvidaba. 

- ¡Qué cantidad de velitas, si parece un califont! 

- A ver, miren un segundo, acá sin moverse... eso, así, no te muevas, mamá, dile a tía Mate que deje los merengues grandes. 

- i Quién trajo pasteles tan enormes ? - Yo no sabía. 

-i Angelina, como está la Blanca ? 

-Trabajando en los dulces como siempre, pero es Leonardo prácticamente el que los hace. 

- ¿Me alcanzas la copa, quieres? 

-La tía Mate es del tiempo de las máquinas de cajón... se ha comido dos pasteles de esos... 

- i A ver los niños de la mesa del pellejo! 

- ¡Tengo otro de estos vinos! ¿Sabes? 

-Cuando con Clarita fuimos al jubileo de Jorge V, Vieras que magnífico era el desfile de barcos por el Támesis. 

- Javier, Javier, ¿quieres un pedazo de torta? 

-No te entiende, dásela nomás; y pensar que la tía Mate tiene su cabeza entera. 

- ¿Y la chauchera con las monedas del tiempo de Balmaceda? 

-Bueno, son noventa años, qué quieres, pero Mala como se atreve con otro de los empolvados. 

-No debimos comer torta antes del almuerzo, ni pasteles. 

- i Qué importa! 

-Parece que Javier quiere ir al baño... 

- Por aquí, Tere... Tú sabes el camino. 

-Qué regio, todo listo del Club... Así da gusto. 

- Nosotros no nos preocupamos de nada - aclaró Balande, descorchando la segunda botella de una cosecha de antaño. 

La mesa se tranquilizó cuando Oscar sopló las cincuenta y siete velas. Las servilletas se caían, la parentela equivocaba los cubiertos y todos escanciaban el vino en copas de colores que no correspondía. 

El toldo recobro su vibración y el sol tamizado dio de lleno en el salón vacío. Flotaba humo disperso, y olor intenso a perfumes finos. Sobre los silloncitos capitonés y en el Dagoberto había cantidad de carteras. Las voces, las risas y los silencios venían ininterrumpidamente desde el comedor. 

La mesa del pellejo permanecía silenciosa. La gente joven guardaba mejor la compostura que sus mayores. Todavía les asistía el pudor y no se envalentonaban con el brindis. 

- ¿Emita, no vas a competir este año con las calas amarillas? 

-No sí, todo depende de la Juansa. 

- ¿Te inscribiste ? 

- i Es que el Happy me arruina las papas, destroza todo! 

- i Me cargan los perros! 

- Pregúntale a mi mamá que sucedió con el aeromodelo. Uno de los Balande, el más joven, era experto en la madera de balsa y el cortaplumas. 

-¿Qué paso, tía? -pregunto a Julia uno de sus sobrinos, conociendo de memoria el cuento. Julia, incomoda, desvió la mirada 

- Se sentó en el avión recién terminado, de puros palitos de fosforo y papel mantequilla. 

– i No te creo! 

-¿No saben el ultimo chiste, el de la señora que perdió el boleto...? 

- En el remate de los Azócar, presencié lo que te digo... es para no creerlo... un Rigoberto Soler grande que había pertenecido... 

Julia apretaba nerviosa una llave entre sus manos... simulaba entusiasmo... pero estaba apenada ... hacía como que se integraba, pero no escuchaba lo que decían... Nadie advertía su hondo ensimismamiento, cuando la algarabía era muy intensa fijaba su vista en un punto muy distante, más allá de los invitados. Una vez en aquellas ensoñaciones lejanas, le era casi imposible retornar a la realidad circundante. Había que mencionar muchas veces su nombre para traerla al presente. De golpe, como quien despierta sobresaltada, acogía el llamado e intentaba interesarse. Mas, en tanto se descuidaban, volvía a caer en aquella ausencia profunda. 

El racimo de globos se mecía blandamente, colgado de la lámpara de centro. 

– ¿Existen calas negras, no es cierto? 

- Nosotros hemos cultivado. 

- ¿Has obtenido premios con ellas? 

-No, solo con las amarillas... 

-Entonces, mi mama, sin fijarse, se sentó sobre el avión recién terminado. 

-¡No te creo! 

-¿Es cierto, mama? ¡Mamá! i Mamá ! i Madre! i Dónde te has metido?, eso hace mal -exclamo, agitando la mano frente a sus ojos-. ¡Madre! i Te has dormido, despierta! 

- Nosotros no teníamos idea de que allí en ese rincón estaba la cuna de Enrique VIII. 

-Me costó un mundo dar con el baño. Javier no puede solo. 

- i Ah, las calas blancas no valen la pena! 

-No creas, Emita, también sacan premio. 

Julia oprimía con tal fuerza la llave en su mano, que ésta le dañaba. Aún era demasiado pronto para saber si era alivio lo que sentía o simplemente pena. Ojalá sea lo primero, pensaba, en tanto estimulaba a los invitados a que se entendieran entre ellos, y esto le permitiera imbuirse en las imágenes y sucesos que esa mañana había vivido. Serían los últimos de esa larga historia, prolongada servidumbre, dependencia insana, ¿podría definirla así, tan fríamente? i ¿Acaso no fue aquella relación oculta la que le dio sentido a su pobre existencia? Se admiraba de haber sido capaz de cumplirla hasta el final, sin sucumbir. Esa satisfacción le restaba. Nunca sospechó que una tranquilidad tan grande comenzaría a invadirla. Tenía necesidad de estar a solas, con esas vivencias, pero al observar esa torta destrozada, repleta de velas consumidas, no le quedaba otra alternativa que el disimulo. 

El señor Balande posaba para la máquina levantando una copa de champaña. No se debe contribuir con tanta liviandad a grabar una imagen cualquiera, para que esta, luego, desde un marco, presida todo lo que viene... Ni una sola vez los esposos habían intercambiado palabra, ni siquiera una mirada. A causa, tal vez, de que ocupaban las cabeceras opuestas. Balande, advirtiendo ese detalle, se incorporó y, con la copa siempre en alto, acudió hasta el puesto de Julia, y besándola cariñoso en la frente, volvió a posar esta vez con ella. El flash los dejó en la inmovilidad. El sol afuera descoloraba otra vez el toldo. El tío Javier, solitario sentado en uno de los escaños, mostraba un rostro de inteligencia derruida, en un envoltorio corporal que marchaba por su cuenta. ¿Cuánto tardaría esa fortaleza física en alcanzar el deterioro de la mente? Ido, sin frio ni calor, menos cotizado que el más insignificante de los tapices persas, enfrentaba con su expresión impávida la caricia inútil del sol. Julia, quien en ese momento salió al balcón, advirtió su imagen encorvada y sin poder impedirlo, se sentó a su lado, tomando aquellas manos sin vida. Inofensiva presencia la de aquel hombre que había perdido para siempre la memoria, y ante este testigo inocuo, Julia observó la llave. Nunca otra vez la volvería a utilizar. Las lágrimas se la desdibujaron. El amor, tal vez no sea más que un encargo del recuerdo - pensó, resignada. 

-Tío Javier, volvamos al comedor... venga, yo lo ayudaré no se quede aquí... AI reingresar en aquella pieza, el ruido era ensordecedor. Al parecer el almirante se peleaba con Balande por un antiguo litigio de un muro divisorio. 

- Fueron cuatro ladrillos apenas los que cayeron en su sitio, almirante. 

-¿Cuatro ladrillos?, perdóneme usted, i fue la muralla entera! 

Una copa se volcó sobre el mantel bordado, dejando una extensa mancha. 

- i Póngale sal ! ¡Cuidado que no alcance a la servilleta! 

-No es nada, no te preocupes. 

- i Qué torpe he sido! i Qué torpe! 

-No importa, no es nada. 

Tía Mate se afanaba otra vez en masticar los dulces grandes y su placa subía y bajaba en abierto desencuentro con el ritmo de las mandíbulas. 

El mozo iba correctamente sirviendo por el lado que correspondía ... 

Julia definitivamente abstraída ante esa concurrencia, se parecía al tío Javier... ninguno de los dos podía reingresar al presente... sólo en eso se asemejaban. 

– i Corina ! -fue la exclamación generalizada de la mesa. El vano de la puerta enmarcó a una dama exuberante, de traje sastre negro, estola de marta y peinado a la moda. 

-Me perdonan el atraso, me fue imposible llegar antes... 

-Busquen una silla, hagan un hueco... -indico Balande, en tanto besaba en las mejillas a esa enorme criatura vestida de oscuro. Se quitó con elegancia las pieles, y se sentó entre el almirante y el tío Javier. Rehusó comer torta, sólo aceptó una copa de vino, rozando apenas el cristal con sus pintarrajeados labios. 

En un comienzo, la concurrencia guardó silencio, pero pasada la expectación, todo volvió al desorden y a las frases hechas que cruzaban la mesa. 

-Y tú Julia, ¿cómo está? 

-¿Yo? Bien, como ves... 

-Me alegro... i Salud ! - repitió y volvió a untar la boca en el licor encendido. 

- Hablábamos de aeromodelismo... 

- Aero... ¿qué? ... no comprendo - acotó Corina, haciendo un mohín de sorpresa. 

-De aviones, madrina - explico alguien. -Ah... de aviones. -De aviones de juguetes, para armar. 

– i Qué interesante! 

Julia se desentendió de ellos, para entrar en lo de los concursos de flores. Allí otra vez las calas amarillas aventajaban a las ordinarias. 

-No hay flores ordinarias - recalcó alguien, como adivinando sus pensamientos. 

La risa estridente de la recién llegada sobresalía de las restantes. 

- ¿Tu madre se sentó encima? 

- i Lo juro! 

-No te creo. 

-Tráele torta. 

– i Probarla solamente! 

-¿A que no adivinas cuántas velas tenia? – inquirió Balande, en un intento de coquetería. 

- Eso no se dice - respondió Corina, dejando caer sobre su pechera bizcocho y crema. 

Los ojillos grises, fríos como el amanecer, del dueño de casa, de pronto volvieron en sí, recorriendo rápidamente el ruedo de sus invitados. Se habían salido aquel par de bolitas del circuito convenido, y ahora registraban por su cuenta lo que a su dueño no le convenía. 

Fue así que se topó con la mirada de su mujer, que rápidamente la esquivó. ¿Había sido descubierta? Cuando lo quiso comprobar, encontró otra vez a su esposo zambullido en el merengue, los globos, los cuentos anodinos. 

Acto seguido, se produjo un prolongado y significativo silencio como si todos se hubiesen puesto de acuerdo. 

- Acaba de pasar un ángel... acotó alguien. 

Julia miró entonces en dirección a la ventana, y luego al cuadro de la niña que zurcía con la aguja suspendida a perpetuidad, y pensó para sus adentros que aún le faltaban pautas a su mapa secreto. 

Cartagena 1989-1990 

Editorial Universitaria, Santiago, 1991.








martes, 8 de julio de 2014

Un duende y una novela: sobre una obra de Adolfo Couve por Adriana Valdés, Prólogo a "El cumpleaños del señor Balande"



Adolfo Couve se aparece por la narrativa chilena como un duende. La literatura no es su lugar de origen. Su primer oficio es y era la pintura: pinta y enseña historia del arte. Para él, dice, lo que sale fácil es pintar, y escribir es oficio riesgoso, angustiante, Sus textos bien hechos, atraen la lectura. Al mismo tiempo, desde el punto de vista de la crítica, que siempre anda buscando parentescos entre las narraciones contemporáneas, crean ciertas extrañezas. Rehúsan calzar con nada. No dan facilidades para la clasificación: habría que remontarse tal vez a proyectos narrativos muy anteriores, y preguntarse qué hacen aquí y ahora, cuando los comentarios ( y las ventas) se concentran en Paraíso o en Sobredósis. Los textos de Adolfo Couve corren el riesgo de ir a parar a las notas marginales de cualquier historia literaria, porque no caben en tendencias ni movimientos, ni tampoco se definen, en realidad, por oposición a los más vigentes aquí. No hacen el gesto de entrar en un espacio de competencia literaria actual. El gesto que hacen es más bien el de la prescindencia un tanto desdeñosa, un poco al modo de los poetas malditos de comienzos de siglo. Y la paradoja es que ese gesto se hace desde narraciones en que el respeto por las convenciones realistas parece ser total, a primera vista. A primera vista.

... El libro que hoy presenta, El cumpleaños de señor Balande, tiene un título que recuerda los cuadros de circunstancia que se pintaban en Francia por miles a fines del siglo pasado. Recuerdo uno de tantos: "Les fiancailles", en que todos los personjes de una familia típica están representados, en actitudes propias de la ocasión, y rodeados de los objetos de unintérieur que define su posición social. Esta narración, como ese cuadro, presenta una galería de personajes más que reconocibles. También en ella los espacios, y los objetos de alto precio, adquieren una presencia muy particular; sobre todo las pinturas. Si este narrador describe un espacio, describe además los cuadros que contiene, y nombra los pintores -Álvarez de Sotomayor, Sorolla, Helsby- que delimitan el horizonte de la sensibilidad y de la imaginación de los personajes. Es decir, que los enmarcan: que fijan sus límites y sus marcos de referencia. Permiten al narrador también despegarse por un momento de esos límites: decir que la mejilla de la aldeana, calificada de "tan natural" por un personaje, "tenía la consistencia del tazón de loza que intentaba alzar", y distanciarse de los pintores "de factura estridente, cuya muñeca dura traducía a la fuerza, por medio de empastes monótonos, cuanto veían". Entonces, las convenciones del realismo narrativo, tan presentes a primera vista, adquieren connotaciones dudosas: por ellas ha pasado la era de la sospecha, para decirlo con el título inventado por Nathalie Sarraute, al hablar de la evolución de la novela.

... Pero sigamos con las pinturas. Son objetos de colección, como las alfombras, las porcelanas, los muebles. Hay un ensayo de Walter Benjamin en que habla de los coleccionistas, apasionada especie dentro de la cual se ubica él mismo (1). Para el coleccionista, dice, "la propiedad es la relación más íntima que se puede tener con los objetos". Y agrega que no es que los objetos vivan en el coleccionista, es al revés; él vive en ellos. Y al final, desaparece entre ellos, "como debe ser". Guardando las distancias paródicas, así sucede con el señor Balande y su familia; y esta es una de las tácticas del narrador de Couve, sobre todo al comienzo, en que no es el personaje lo presentado, sino los objetos que éste colecciona.

... El ensayo de Benjamin produce cierta apasionada afinidad con los coleccionistas, por ese capricho personal, ese gozo inexplicable, esa avidez por un determinado libro viejo, esa especie de instinto de jugador que allí se despliegan. En los personajes de Couve, el capricho personal, el gozo inexplicable, no son ni tan personales ni tan inexplicables. Se mantiene la relación íntima con el objeto, a través de la propiedad (más que del conocimiento o del aprecio); se mantiene la avidez, aparecen también las emociones tácticas de los remates; pero el horizonte no es la búsqueda propia, la curiosidad por el objet trouvé que abre la puerta a una inesperada sección de la memoria o de la fantasía. El horizonte es de un convencionalismo riguroso. No en vano los caballeros chilenos enriquecidos por el salitre, a principios de siglo, compraron en Francia pinturas académicas, cuando los impresionistas se vendían "a huevo". (Fue un error de inversión que sus descendientes lamentamos.) Eran nuevos ricos, y también en Europa los nuevos ricos buscaban seguros, valores establecidos, que los ayudaron a consolidar posiciones todavía inestables (2).

... El coleccionista desaparece dentro del espacio que él mismo ha creado. Sin embargo, hay quienes transitan por ese espacio como fantasmas. El tío Javier, que sufre de arterioesclerosis y que hace poco "echó al excusado las joyas de la familia". La mujer del coleccionista, Julia, también: apreta en la mano la llave de otro espacio, secreto, oculto. En la terraza -afuera, sin objetos colocados por nadie, extrañamente incompleta, mirando hacia la lejanía- ambos fantasmas se encuentran brevemente. Como en muchas otras novelas en que el tema es la burguesía (es la palabra que usa el narrador) se pone de manifiesto la existencia de dos tipos de espacio: en uno, los objetos hacen desaparecer la subjetividad de quien los colecciona; en otro, los sujetos se abstraen, huyen hacia la senilidad o la locura, los amores clandesinos, cuyo ámbito principalmente es mental: "el amor tal vez no sea más que un encargo del recuerdo", piensa Julia. En ambos se sustenta por igual la pervivencia del grupo. La acción de uno y la pasividad del otro; la afirmación del uno y la negación del otro, son funcionales para un particular equilibrio, que permite la continuidad y evita que se rompan los marcos de referencia. El narrador apenas si da muestras de que esos marcos de referencia son los de los personajes, y no los de la narración; hace un juego en que se puede llegar a dudar, a primera vista, si está dentro o fuera de esos marcos de referencia. Esto sucede incluso en el tratamiento sentimental de algunos personajes.

... El recuerdo de las obras anteriores de Couve -El picadero (1974), El tren de cuerda (1974),El parque (1976), La lección de pintura (1979), El pasaje y La copia de yeso (1989)- sirve para poner en guardia al lector. Es cierto que la narración se lee sin complicación alguna, y puede tomarse tal como se presenta a primera vista. Sin embargo, es posible que esta cuidada colección de personajes sea a su vez algo así como un collage de los que hacía Max Ernst: composiciones en que el dibujo más convencional está recortado, y puesto en un fondo que introduce la inquietud y el desconcierto. O como los cuidados personajes de Magritte, paseando sus trajes implecables por paisajes cuya línea de horizonte es por lo menos dudosa. Existe en las narraciones de Couve un trasfondo misterioso de incomodidades: como si el desastre fuera inminente, siempre; como si los personajes fueran en cualquier momento a salir de las perspectivas y los marcos de referencia, como si detrás de cada bibelot acechara una posible monstruosidad. Es muy conocido el texto en que Freud se refiere al terror de lo que es a la vez familiar y extraño (unheimliche), o de lo familiar y acostumbrado cuando de pronto se siente como desconocido y amenazador.

... Se me ocurre que en esta brevísima narración, aparentemente tan convencional, hay un trasfondo de juego monstruoso también en relación con el género de la novela, y con el tratamiento que ésta ha dado al tema de la burguesía. Adolfo Couve insiste en que se trata efectivamente de una novela: en sus pocas páginas, y en sus tres capítulos extremadamente cortos, se dice cuanto hay que decir. Sería ocioso polemizar con el autor. Por jugar, sugiero que se trata de una novela contrahecha, de una novela enana. La miniaturización es un recurso de caricatura, carnavalesco en relación con el género: una forma de volver mosntruoso el género de la gran novela burguesa, y sus cuadros de costumbres; una forma también de poder echársela al bolsillo. Sin olvidar que el miniaturista debe dominar el oficio hasta en sus más mínimos secretos, y que por eso muchos párrafos de este relato entregan una densidad de matices que rara vez se encuentra en la prosa narrativa. Poner dos frases, una al lado de la otra, es aquí un procedimiento tan cargado como en la poesía, o como las imágenes en secuencia en una buena película.





NOTAS

(1) Walter Benjamin, Illuminations, edited and with an introduction by Hannah Arendt, New York, Schocken Books, 1969 [5th printing 1978], pp. 59-69: "Unpacking my library: a talk about book collecting".

(2) Peter Gay, A experiencia burguesa. Da rainha Vitória a Freud, vol. I, A educacao dos sentidos, Sao Paulo, Comphania das Letras, 1990, 9. 40 (publicado originalmente en inglés, Oxford University Press, 1986)

("El cumpleaños del señor Balande", Editorial Universitaria,
Santiago, 1991, págs. 9-19)